Un pesebre con la Madre Laura, la Llorona, el Beato Jesús Aníbal Gómez y la Madremonte: ese es el costumbrista de Venecia, Antioquia
2.950 habitantes y 20 relatos componen esta obra monumental. Conozca los detalles.
Podría decirse que por primera vez en la historia se van a cruzar en un mismo escenario la santa madre Laura Montoya, el Beato Jesús Aníbal Gómez, la Madremonte y hasta la temida Llorona.
Ese encuentro imposible solo ocurre en el tradicional pesebre costumbrista de Venecia, que el Guinness World Records reconoce como el más grande del mundo en su categoría: una obra única, sin otro ejemplar de su clase. Este mide 365 metros cuadrados y estará iluminado con 2.133 bombillos, una invención genuina que espera atraer a 200.000 personas en esta temporada.
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Y es que fácilmente puede alcanzar esa meta de visitantes por lo particular de sus escenas. La Madre Laura está retratada en medio de un resguardo con los indígenas como sus fieles compañeros, a los que tanto ayudó con fervor en las selvas de Chocó y Antioquia; La Llorona está pintada con su rostro característico de tristeza y aún está buscando a sus hijos perdidos, caminando desolada por el bosque con su vestimenta blanca fantasmal; el Beato Jesús Aníbal Gómez suplica por su vida mientras los milicianos españoles le apuntan con sus rifles antes de su fusilamiento en 1936 en medio de la guerra civil por ser cura y proclamar la palabra de Dios; La Madremonte, entre ramas y maleza, protege la naturaleza de aquellos desobedientes que poco les importa cuidarla.
Sin duda es un paisaje mixto de acontecimientos, que incluso tiene cabida para maravillas antiguas como los Jardines Colgantes de Babilonia y el Faro de Alejandría, monumentos de reconocimiento internacional que intencionalmente están en medio de carnicerías, peluquerías, supermercados y hasta galleras en el pesebre más variado y multicolor que puede existir.
Detrás de la creación de cada escena está Luis Fernando Betancur Merino, arquitecto de 62 años, graduado de la Universidad Pontificia Bolivariana, y el artífice de poner en el mapa al municipio de Venecia todos los diciembres.
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El primer pesebre lo hizo cuando tenía 15 años. Recuerda que fue un trabajo en cartulina, sencillo según él, pero ese fue el trazado inicial de sus demás proyectos. El primero que donó a la iglesia de Venecia fue un poco más grande, sin embargo, este no sería ni la sombra de las creaciones futuras que iban a poder disfrutar miles de personas.
A medida que pasaban las navidades el pesebre se hacía más y más grande, con más escenas, mejores mecanismos y una cantidad de detalles que representaban la imagen viva del pueblo y sus tradiciones.
Hoy, después de más de 20 años, es una creación de 20 relatos bíblicos, literarios e infantiles, que constan de 2.950 muñequitos elaborados en madera, tela y plastilina, 480 edificaciones que requirieron 2.300 metros lineales de tabla de madera balsa, 200.000 tejitas de barro traídas desde Ubaté, Cundinamarca, y más de media tonelada de guijarros provenientes de Caucasia. Estos y más materiales son los que permiten que su pesebre costumbrista sea tan admirado y diverso.
“Los mecanismos de los movimientos yo mismo los elaboro. Son básicos porque no soy ingeniero mecánico ni electrónico, pero me quedan bien. Entre movimientos mecánicos y de agua hay cerca de 200. Hay dos kilómetros de cable eléctrico, hago las conexiones que son unas 600, en las que no puede haber ni un solo error porque habría un corto circuito y es peligroso”, contó ayer Betancur Merino, mientras con sus herramientas de trabajo pegaba algunos muñequitos en diferentes puntos del pesebre.
La inversión también hace parte del éxito. Luis, anualmente, se gasta entre $20 y $25 millones añadiendo cosas nuevas al pesebre, y en costos de montaje unos $10 millones. Él asume el costo año tras año sin recibir ni un centavo a cambio.
“No me interesa recibir dinero porque es mi obra navideña, lo que quiero es que vengan, entre más personas lo conozcan más me va a alegrar. Debo decirlo: los que ven este pesebre salen con una sonrisa de oreja a oreja y eso vale oro, y más en esta época tan linda de Navidad”.
Si bien Luis es quien, desde cero, ideó y realizó todo con sus manos, está Ana María Valderrama, su esposa, quien siempre lo acompaña. “Luis Fernando invierte todo su tiempo libre en esto. Cuando termina de trabajar se dedica completamente al pesebre: hace sus muñequitos, piensa en cosas nuevas que pueda agregar, experimenta paisajes y escenas diferentes. Es una experiencia muy linda, me emociono al ver el amor con el que hace las cosas”.
Expectativas para esta versión
Propios y extraños admiran la belleza de esta obra monumental, por lo que no se pierden de su exhibición en el Santuario San José.
La versión número 20 tuvo más de 160.000 visitantes; la meta en esta edición es llegar a 200.000 durante los dos meses que estará disponible al público.
Si bien el pesebre no se ha abierto oficialmente, aquellas personas que entran a la iglesia del pueblo pueden visualizarlo casi en su totalidad. Aurelio Alberto Ramírez viajó desde Medellín exclusivamente para ver la obra, pues varios allegados le confirmaron que era de otro mundo.
“Se ha dicho y se ha comentado que es una maravilla, y verlo así, con tantas escenas, colores y personajes, hace que me acuerde de mi juventud y los pesebres de aquella época, que bueno, nada que ver con esta maravilla”, contó.
Cenelia Castro también estuvo en las inmediaciones de la iglesia detallando el pesebre, y nunca en su vida, según su testimonio, había visto algo tan extraño. “Es que a lo que uno está acostumbrada es al pesebre con el burrito, María, José, el niño Jesús y los Reyes Magos, pero esto ya es una obra que supera cualquier barrera de la imaginación. Uno ver en una parte una señora lavando la ropa y extendiéndola, en otra ver a los bomberos apagando un incendio, un funeral con féretro y todo. Es impresionante, la verdad que me quedo sin palabras”, dijo la mujer mientras seguía con la mirada otras de las escenas.
A los asistentes solo se les cobra $2.000 por el ingreso, o bueno, más que un cobro es una ofrenda para recolectar fondos y apoyar a la iglesia municipal.
“La tarifa es la misma desde hace más de cinco años, un precio que hasta ahora ninguno ha reprochado. Yo he ido a muchas exposiciones y obras en países de Europa y te cobran cinco o diez euros, entonces imagínate revirar por un costo tan bajo”, ultimó el arquitecto, sudoroso y cansado, ante su labor y el calor que hacía dentro del Santuario de San José.
Después de todo, Luis Fernando cumplió la promesa que hizo en su grado de bachiller: no olvidarse del pueblo, un compromiso permanente que, más que una obligación, es el fruto puro de su esfuerzo donado con amor y sin ánimo de lucro.