Niños adictos a las drogas: Incrementó consumo en Bogotá y otras ciudades
Cifras oficiales muestran un incremento sostenido en el consumo de marihuana que superan el 150 % en los últimos dos años.
Comunicadora social y periodista de la Universidad del Quindío, con más de 13 años de experiencia en cubrimientos judiciales y de orden público. Trabajó en Colmundo Radio, Colprensa y Caracol Radio Bogotá, cubriendo la Procuraduría, Altas Cortes, juzgados y la Defensoría, entre otros temas. También trabajó en Caracol Radio Medellín y como coordinadora de comunicaciones en la Alcaldía de Medellín (2021-2023). Actualmente hace parte del equipo de periodistas en la sección de actualidad de El Colombiano.
Videos de niños y adolescentes consumiendo drogas en plena calle se han convertido en tendencia en TikTok e Instagram. En muchos de ellos, un creador de contenido se acerca, conversa con los menores y les propone ingresar a un centro de rehabilitación. Las imágenes, crudas y sin filtro, muestran a menores inhalando sustancias, relatando cómo llegaron a vivir en la calle y describiendo entornos marcados por abandono, violencia y adicción.
El formato genera impacto inmediato. Se comparte, se comenta y acumula millones de reproducciones. Pero más allá del alcance digital y del debate ético, lo que revelan esos videos es una realidad que ya se refleja en el aumento del consumo de estupefacientes entre niños y adolescentes en varias ciudades del país.
En Bogotá, según un informe de la concejal Diana Diago basado en información oficial de la Secretaria de Salud, entre 2023 y 2025 los casos identificados de menores consumidores de marihuana aumentaron 156 %, al pasar de 677 a 1.739. La marihuana se consolida como la sustancia de mayor consumo en población infantil y juvenil.
Las cifras muestran un panorama aún más inquietante cuando se desagregan por edades. Durante 2024 se reportaron 10 casos de consumo de marihuana en niños entre los 6 y 11 años. En el grupo de adolescentes, entre los 12 y 18 años, los registros alcanzaron 1.729 casos en ese mismo periodo.
El fenómeno no se limita a la marihuana. El consumo de tusi entre menores también presentó un incremento significativo. Pasó de 792 casos en 2023 a 1.568 en 2025, lo que representa un aumento cercano al 98 %, según el informe debatido en el Concejo.
Para la concejal Diago, el crecimiento de los casos evidencia una exposición cada vez mayor de los menores al microtráfico en espacios públicos como parques y entornos escolares. A su juicio, las medidas adoptadas hasta ahora no han sido suficientes para contener la expansión del consumo.
Advirtió que, más allá del debate político, los números revelan un patrón preocupante y es que los menores no solo están consumiendo más, sino que lo están haciendo a edades cada vez más tempranas. Los videos virales muestran el rostro visible del problema; las estadísticas confirman que no se trata de episodios aislados, sino de una tendencia sostenida.
La alerta es generalizada en todo el país. Recientemente, un informe del Hospital Carisma reveló que la edad en la que los niños se están iniciando en el consumo de drogas en Antioquia ya llegó a un promedio de 12,5 años.
En ese contexto, César Hernández, médico especialista en farmacodependencia y subdirector científico de Carisma, explicó que las alertas con las que se cerró el año pasado no son nuevas y aparecen en un contexto que viene haciéndose más complejo con el paso de los años.
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En la mayor parte de los casos, Hernández señala que el inicio del consumo suele enmarcarse en dos escenarios principales: los accidentales o los inducidos.
El consumo accidental consiste en un fenómeno denominado aprendizaje modelado, que suele presentarse, por ejemplo, cuando los niños están en sus casas y ven a sus padres o cuidadores en una fiesta, contentos y tomando licor.
Bajo este contexto, un niño que tome de la sala de su casa una copa que se quedó servida y la consuma por curiosidad aplicaría para una iniciación accidental, que también puede presentarse con cualquier otra sustancia más pesada.
La discusión, entonces, va más allá del impacto de las redes sociales. Lo que está en juego es la capacidad institucional para prevenir, intervenir y ofrecer rutas efectivas de protección antes de que la calle y la adicción se conviertan en el destino permanente de cientos de niños y adolescentes.