Las penas del hospital San Francisco de Asís
El hospital San Francisco es el único de segundo nivel de Chocó. Sus problemas llevan años y aunque la Corte puso los ojos en él, sigue estancado. Lo recorrimos.
Soy periodista y magíster en Humanidades. Me gusta el periodismo que se hace caminando. El Chocó, la infraestructura y el vallenato son mi ruta.
En el área materna del hospital San Francisco de Asís no hay solución salina. La enfermera jefe, Gina Núñez, siente pena al confesarlo, pero esta mañana no hay existencias y ella no sabe por qué. Pero eso no es tan preocupante, en últimas, quien necesite una solución salina va a la farmacia y la compra.
Aquí, en el principal hospital de Chocó, el drama son las goteras, las camas oxidadas, los techos a punto de desplomarse, la humedad que mancha las paredes, una deuda de 18.000 millones de pesos, 450 trabajadores que mes a mes imploran que les paguen y tres incubadoras que se reparten entre los 6.000 niños que nacen anualmente.
Sin embargo, es como si este pequeño edificio, ubicado a orillas del río Atrato fuera invisible. Imaginario. Ni los llamados de la Corte Constitucional ni de la Defensoría del Pueblo ni de la Superintendencia de Salud han logrado nada. Las necesidades del centro medico son gritos de un instante, noticias de un día, una queja que ya todos saben y por eso es rutina la angustia de la enfermera Gina, que esta mañana no tiene suero. No tener solución salina, caramba, es como si en una papelería no hubiera papel.
De Urgencias a Pediatría
Es el mediodía y en Urgencias del hospital San Francisco sólo hay una urgencia. Un niño que se abrió, literalmente, la frente en dos y que llora tan fuerte, tanto tanto, que fastidia. Más allá de la habitación en la que le hacen la curación, hay camillas desocupadas, enfermeras conversando sobre alguna pena de amor, una indígena que duerme en el suelo sosegadamente, una señora que grita que le duele la cabeza. Son cuatro grandes salones, de baldosines blancos, que dan la sensación de limpieza. Es más, no huelen a medicamentos ni a orines ni a humedad. No hay olor. Está limpio, te puedes dormir junto a la indígena y soñar.
Al lado de urgencias hay un moderno salón de Rayos X que parece estar ubicado en otro hospital de otra región. Demasiado moderno. Una máquina potente que toma muestras en menos de cinco minutos. Es un salón cinco estrellas de 10 metros cuadrados que son únicos en el hospital, no hay otro espacio que funcione mejor. De aquí en adelante, sin duda, es otro hospital, la cara amarga de un centro médico que se desploma. Es aquí donde aparece la enfermera Núñez.
En el puesto de enfermeras hay un enorme tablero blanco en el que están las listas de las habitaciones. Justo al frente de la gran mayoría se lee: gotera, gotera, sin cama, sin colchón, gotera, sin cama. La capacidad de atención es de 31 maternas. Ni una más.
“Nuestra realidad se ve en ese tablero”, dice la mujer mientras señala la pared. Luego explica que por lo menos 18 habitaciones no se pueden usar o por falta de camas o porque no hay colchones o porque los baños están malos.
En el recorrido por su área, la enfermera Núñez abre la puerta de la habitación marcada con el número 11, y la abre, cual caricia, como quien sabe que ese pedazo de tabla se puede caer. Cuando la tabla se corre aparecen los esqueletos de dos camas sin colchón, invadidas de óxido. “No sabemos por qué no arreglan eso, no sabemos dónde van a parar los recursos. Imagínese uno qué puede decirle a las maternas cuando ven una habitación con humedad, dígame qué les digo, qué explicación les doy”, se interpela ella misma y ella misma se responde: “Yo generalmente les digo que cumplo con darles mi servicio y que se me sale de las manos poderles brindar un lugar más cómodo y limpio. La gente ya sabe que nuestro hospital no es el mejor en infraestructura y dotación de materiales. Es más, en este momento no tenemos solución salina”.
Los pacientes dicen que soportar vómitos o transfusiones de sangre, una fiebre alta o simplemente almorzar, aquí se hace más difícil. Es tener que soportar dos males al mismo tiempo. La escena es sencilla: que tengas diarrea y que el único baño cerca no funcione.
Loida Quinto es una paciente que lleva un mes en el hospital. Tiene la hemoglobina bajita. Dice que está más enferma, que ha sido más “enfermador” quedarse. Y repite lo ya dicho: que la mata el olor a humedad, que a veces una gotera no la deja dormir porque cae justo en su cara, que le dan nauseas ver como el techo se cae encima centímetro a centímetro y que ha tenido que soportar el calor porque el ventilador no funciona y el aire acondicionado es un lujo jamás contemplado. En el cuarto vecino está Antonio Mena, hijo de la paciente que a esta hora duerme. Su mamá tiene un derrame pulmonar. “Perdóneme, periodista, pero de la infraestructura del hospital no hay nada qué decir, es palpable. Qué lastima, me duele, me duele Chocó. Me duele que mi mamá esté en esta situación y nos toque pasar estos días en un sitio en el que no hay cómo vivir”.
¡Ay, los niños!
En el área de pediatría hay 25 niños, de los cuales 20 tienen desnutrición y la mayoría son indígenas. Muchos de los pequeños corren por los pasillos, en los cuartos hace un calorcito pegotudo y huele a tierra.
La enfermera Indira Orejuela dice que quiere que todo el mundo se entere —el mundo entero, carajo— que sus niños la están pasando mal. “Mire, las instalaciones están pésimas, muy malas, malas. Yo siempre vivo diciendo que están pitando allá afuera y aquí tenemos habitaciones con ventanas sin vidrios, no hay vidrios, en habitaciones con niños y no hay vidrios”. Y mientras dice, “y no hay vidrios” va hasta la ventana y alza una toalla y vuelve a repetir: “¡No hay vidrios!”.
María Sánchez es la mamá de un pequeño que corre por el pasillo. Vienen del Alto Baudó y ella, a diferencia de todos, da gracias a todos sus dioses porque a su hijo lo han atendido bien. “Para mí el servicio está bien. Han sido muy amables. Yo veo todo aquí muy bien, bien, aunque hay algo de humedad. La humedad pues sí es grave, pero y qué hago, qué puedo hacer, aquí está mi hijo y me lo están tratando bien y se está recuperando”. Su hijo, a diferencia del resto, no tiene desnutrición. Le cuesta respirar y se asfixia. Ya llevan ocho días tratando de aliviarlo. Al menos hoy está sin fiebre.
Mientras María habla, otra mamá, Ana Francisca Chaverra, la interroga con vehemencia: “¿dígame ‘seño’, en su casa hay humedad? Mire en el estado en el que está el hospital, mi hija se puede enfermar más. La traje porque recayó, pero le dije a la pediatra que no me la dejará aquí, que los medicamentos se los daba en la casa. Yo en mi casa tengo una cama digna, mi cama está limpia, huele rico, el baño funciona, la comida esta calientica, en cambio aquí todo es lo opuesto. Entonces, para mí no está bien, no lo está”. Le dice con fuerza a María, casi que con rabia.
El otro drama de pediatría es el lenguaje, sí, el comunicarse. La enfermera Indira necesita saber la procedencia de una indígena que amamanta. Pero ella no sabe español y la enfermera no sabe embera. “¿De dónde viene, dígame su pueblo?”, le dice Indira. La indígena le responde en su dialecto. La enfermera le repite: “¡su pueblo!”. La indígena ya no responde y vuelve su mirada al niño. Indira no se da por vencida y le dice: “¿Usted vive cerca de dónde?, señora, necesito saber usted dónde vive, dónde vive”. No lo logra. La indígena solo sonríe. Yo —que tampoco sé embera— me arrodillo y le digo a la mujer: “su pueblo, su pueblo”. Tampoco. Es más, ni levanta la cabeza, no me mira. La enfermera no insiste, pero intuye que la jovencita viene del Alto Baudó. Una zona afectada seriamente por la desnutrición. La tarea para la indígena puede parecer sencilla, pero no lo es: aprender la rutina de lactar y tomar bienestarina.
La cirugía final
La ultima área es la de cirugía en donde hay 13 camas habilitadas. Igual que en el resto del hospital, las cosas no funcionan del todo. Mara Pérez es la enfermera jefe. Manifiesta que a diferencia de la otra parte del edificio, en este sector no hay goteras. ¡Aleluya!.
“Nos han dicho que estamos en un proceso de remodelacion y nos toca trabajar con lo que tenemos. El problema es que los pacientes salen de cirugía y llegan a la habitación y se sienten impactados. Por eso debemos entrar a sensibilizarlos y decirles que la calidad del personal que tenemos es distinta al de nuestras instalaciones y tratamos de que se sientan a gusto”.
Y aunque aquí no hay problema de medicamentos esta mañana, la enfermera Mara también lo tiene claro: “cuando se acaban los implementos, lo que nos toca hacer es pedirle la colaboración a los familiares para que los compren”.
José Omar Niño es el agente interventor del hospital San Francisco de Asís. Lleva 15 meses tratando de sanear las cuentas y tapando goteras. Dice que el reto es grande y más, cuando nadie quiere operar el hospital.
“Nos encontramos en un proceso de intervención por parte de la Superintendencia de Salud, con el fin de resolver problemas financieros y de calidad. En la actualidad el hospital está prestando servicios y facturando por encima de los 3.000 millones de pesos mensuales y además estamos prestando servicios de mediana capacidad en Chocó”.
El funcionario explica que el impacto negativo de las finanzas ha sido básicamente por Caprecom, ya que les dejó un hueco fiscal de alrededor de 4.000 millones de pesos. “Durante los cinco años en los que estuvo como operador no le hizo mejoras al hospital ni tampoco pagó lo que estaba estipulado en el contrato. A eso le agregamos el problema de Saludcoop y por eso nuestra cartera es muy, alrededor de 18.000 millones de pesos, de los cuales 6.000 millones son de difícil recaudo”.
De otro lado, señala que están haciendo un saneamiento de la infraestructura con el apoyo del Ministerio que giró 1.388 millones de pesos para mejorarla.
“Obviamente se necesita muchísimo más, al menos tres veces más de lo que nos dieron, para poder poner en buenas condiciones el hospital. En este momento estamos optimizando áreas como la cubierta que tenía problemas y provocando goteras, se están arreglando las áreas de hospitalización, cirugía y pediatría y se ha hecho una remodelación de quirófanos”.
¿Y el operador? Según Niño ya van tres procesos de convocatoria para buscarlo. En 2012 hubo uno y se declaró desierto, el año pasado hubo otro y también se declaró desierto y aunque hubo varios interesados, ninguno quiso asumir la operación. “Ahora tenemos otro proceso, pero no hay ninguna propuesta. Hay varias alternativas: que un operador público o privado presente una oferta y la otra es que el departamento también presente una iniciativa alternativa para que se lo devuelvan, en todo caso tiene que haber financiación por un lado o por el otro”.
Mientras Niño trata de tapar las goteras, las enfermeras siguen con su tarea, agachando la cabeza para pedirle suero a los pacientes y esperando un milagro para que les paguen. Hace dos meses no lo reciben .