¿Por qué ahora la rebeldía de los jóvenes está en la derecha política?
Hace poco una encuesta de la Universidad del Rosario reveló que el 58 por ciento de los jóvenes en Colombia se considera de centro y el 26 por ciento de derecha.
Comunicador social-periodista de la Universidad del Quindío y magíster en Hermenéutica Literaria de la Universidad Eafit. Sus textos han aparecido en revistas como Gatopardo, El Malpensante, Soho, Don Juan y Arcadia. Autor de los libros Volver para qué (Eafit, 2014) y La fuerza de esta voz (Tragaluz, 2022).
El joven Ignatus J. Reilly tiene treinta años vive encerrado en su habitación, donde frecuenta la literatura medieval y la filosofía —eso cree—, vive de teorías conspiranóicas y es alimentado copiosamente por su madre, a quien ama y odia en iguales proporciones, odia también la sociedad contemporánea, pues cree que le falta teología —no necesariamente dios—, es un conservador que no logra conseguir un trabajo porque su vida teórica no compagina con la vida real. Se trata del protagonista de La conjura de los necios, una novela escrita por John Kennedy Tool en los años sesenta, pero que podría reflejar muy bien a millones de jóvenes contemporáneos.
Y es que la política, al igual que la física, se enfrenta a la complejidad de los vacíos. Durante la última década, el espacio de la rebeldía juvenil —ese territorio indómito donde el “no” es la respuesta por defecto al sistema— fue ocupado por un progresismo que terminó convirtiéndose en institución. Al institucionalizarse, se volvió rígido, normativo. Hoy, el vacío de la transgresión está siendo reclamado por un sector que nadie previó: una generación Z que encuentra en la derecha no solo una opción electoral, sino un refugio para la libre expresión y una estética de combate.
Estos cambios se reflejan en la Gran Encuesta de la Universidad del Rosario, que se conoció hace algunos meses, y donde se vio como en Colombia, que hace apenas tres años parecía ser el bastión del “cambio” tras el estallido social, la temperatura política ha virado de forma drástica; la identificación de los jóvenes con la derecha ha escalado posiciones mientras el centro y la izquierda se erosionan bajo el peso de un gobierno que no ha logrado traducir su épica digital en seguridad tangible.
Según los datos revelados, el 58 por ciento de los jóvenes en Colombia se considera de centro, el 26 por ciento de derecha y un último 16 por ciento se considera de izquierda. Los datos son elocuentes: la desaprobación del presidente Gustavo Petro entre los menores de 32 años ha superado el 60% en varios segmentos urbanos. Pero más allá de la aprobación, lo que se observa es un cambio en la identidad. Mientras que en 2021 la “derecha” era un término peyorativo en las universidades públicas, hoy es una bandera que se exhibe sin disculpas.
Este fenómeno no es un accidente tropical. En España, los datos de El País y 40dB. revelan una brecha de género y de clase sin precedentes: los hombres jóvenes que se ubican en la derecha han pasado del 12% al 25% en solo cinco años. Lo más revelador es el salto hacia el extremo: quienes se sitúan en el 9 o 10 de la escala ideológica se han triplicado. Incluso en el segmento femenino, tradicionalmente más progresista, la identificación con posturas conservadoras ha subido del 10% al 24%.
Aquí es donde entra en juego la tesis del desplazamiento de la rebeldía. Durante el siglo XX, ser de izquierda era un acto de valentía frente a estados autoritarios o conservadores. Hoy, para un joven de 19 años en una facultad de ciencias sociales, el “sistema” no es el general de uniforme, sino el decano que vigila el uso del lenguaje inclusivo o el algoritmo de Instagram que censura opiniones sobre la inmigración.
Lo políticamente correcto ha creado un nuevo canon de lo “decible”. Y en esa frontera invisible, la derecha ha encontrado su mayor activo: la bandera de la libertad de expresión. La derecha ya no se vende como el partido del orden moral —aunque lo sea en el fondo—, sino como el partido que te permite decir lo que piensas.
En universidades como Northwestern y Michigan, las entrevistas confidenciales revelaron un panorama desolador para la academia tradicional: el 88% de los estudiantes admite mentir o fingir posturas progresistas para evitar sanciones sociales o académicas. Es un fenómeno de “cripto-derechismo”. Cuando la libertad de expresión se percibe como una concesión y no como un derecho, el acto de desafiar esa concesión se vuelve heroico. Para el joven contemporáneo, la incorrección política es el nuevo punk.
Este cambio de piel ha tenido traductores eficaces. Donald Trump en Estados Unidos y Javier Milei en Argentina no ganaron a pesar de su agresividad verbal, sino gracias a ella. Ellos validaron el derecho de sus seguidores a estar enojados y, sobre todo, a expresar ese enojo sin los filtros de la élite educada.
Trump personificó la ruptura con el lenguaje de Washington, ese dialecto que el joven desempleado del cinturón industrial percibe como una burla. Milei, con su motosierra y su estética de estrella de rock decadente, capturó el voto joven argentino (donde la derecha libertaria barrió en los segmentos de menos de 30 años) no solo con promesas económicas, sino con la promesa de “quemar” un Banco Central y una casta política que les robó el futuro.
El éxito de estas figuras radica en que convirtieron la política en una experiencia de “pertenencia prohibida”. Votar por Trump o Milei es, para un joven, un acto de soberanía individual frente a un colectivo que le dicta cómo debe sentir y hablar. Es la respuesta visceral al nihilismo: si el sistema dice que todo está bien bajo estas nuevas reglas, y mi realidad dice El prototipo de este nuevo conservador ha sido diseñado por figuras como Charlie Kirk. Él entendió que la derecha universitaria no podía seguir siendo un club de debate para jóvenes con traje y corbata. Kirk transformó el activismo en un “lifestyle”. Turning Point USA no vende ideología; vende la idea de que ser conservador es ser popular, exitoso y, sobre todo, masculino.
Esta estética apela a una juventud que se siente desorientada en un mundo donde las categorías tradicionales de género y éxito han sido puestas en duda. Al ofrecer una narrativa de “normalidad” y “sentido común”, Kirk y sus acólitos ofrecen un ancla en medio de la tormenta digital. Es una respuesta al nihilismo puro —aquel que solo quiere ver arder el mundo— proponiendo una reconstrucción basada en valores que el progresismo descartó: familia, fe y propiedad.
Pero no todo es teoría. Hay una base material que alimenta este incendio. Los datos de España muestran que el 30% de los jóvenes sitúa la vivienda como su principal preocupación. Cuando el precio de los alquileres sube un 50% mientras los salarios se estancan bajo el mando de gobiernos que se autodenominan “del cambio”, la decepción se traduce en giro a la derecha.
La inmigración, por su parte, se ha convertido en el pararrayos del malestar social. En San Javier, Murcia, los jóvenes ven una tasa de criminalidad estable pero una percepción de inseguridad disparada. El 53% de los jóvenes españoles asocia la inmigración con el aumento de la delincuencia. No importa si los datos macroeconómicos dicen que los inmigrantes son necesarios para sostener las pensiones; la micro-experiencia del joven que siente que compite por ayudas estatales o que no reconoce su barrio a las siete de la tarde pesa más que cualquier informe de la OCDE.
Volviendo a Colombia, el fenómeno del “jaguar” de inteligencia artificial de Gustavo Petro es la metáfora perfecta del error de cálculo de la izquierda institucional. Petro intentó usar la estética de la IA para vender una rebelión desde el poder, una contradicción en los términos. Mientras él jugaba a ser un superhéroe del yagé en X, el jaguar real estaba en la calle, joven, decepcionado por el costo de la canasta básica y refugiándose en cuentas de TikTok que le hablan de seguridad y libertad individual.
Estamos ante una generación que ha descubierto que el mayor acto de rebeldía en 2026 no es marchar con el gobierno, sino contra sus consensos culturales. El refugio en la derecha no es necesariamente un retorno al conservadurismo de los abuelos, sino una huida de la vigilancia del presente.