Cultura

“Vivimos en un tiempo con enorme afán cancelador”: Carlos Granés

Invitado al Hay Festival de Jericó, el ensayista Carlos Granés conversó con EL COLOMBIANO sobre El rugido de nuestro tiempo, su más reciente ensayo político.

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Periodista, Magíster en Estudios Literarios.

hace 1 hora

En El rugido de nuestro tiempo, el ensayista colombiano Carlos Granés puso la lupa en los políticos que se disfrazan de artistas y en los artistas que se convierten en activistas. Ambos fenómenos corresponden a realidades sociales y económicas que le infunden miedo a las audiencias, en particular a los jóvenes. Al menos esa es la razón que Granés encuentra para explicar el cambio de roles en los tiempos actuales.

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Para no ir muy lejos, pensemos en el presidente Gustavo Petro, que a menudo le da rienda suelta al supuesto poeta que lleva dentro y derrapa en frases que sobrepasan la cursilería. A punta de dudosa poesía –con la invocación de los jaguares y de los virus de la vida–, ha querido darle un giro a la historia colombiana. O, en el otro campo, pensemos en los activistas que le lanzaron salsas de tomate a algunos de los cuadros más relevantes de la historia del arte universal. ¿Para qué lo hicieron? Para llamar la atención sobre la deforestación y la contaminación de los océanos.

Granés conversó con EL COLOMBIANO sobre su reciente ensayo, sobre las políticas de cancelación y sobre el balance del gobierno de Gustavo Petro, que está próximo al ocaso.

Su más reciente libro, El rugido de nuestro tiempo, está dedicado a Mario Vargas Llosa. Comencemos por ahí. Hablemos del tipo de intelectual que encarnó Vargas Llosa y de su papel en las sociedades actuales.

“En efecto, sí, él es uno de los de los últimos grandes intelectuales cuya opinión se recibía con mucha atención, no solamente en su país, no solamente en su gremio, sino en prácticamente todo el mundo y más allá de la literatura. Es decir, los sectores económicos y políticos estaban muy atentos a lo que Vargas Llosa tenía que decir sobre el acontecer mundial.

Hizo parte de esa estirpe de escritores que habiendo destacado en el campo literario, sus audiencias trascendieron las fronteras disciplinares. Él consiguió esto gracias al estudio, a los viajes, al reporterismo. Así consolidó una voz potente para opinar sobre temas distintos a los de la literatura. Fue un clásico intelectual”.

Usted fue cercano a él en su última etapa...

“Sí, en los últimos 20 años, más o menos. Desde que escribí una tesis doctoral sobre él y tuve la oportunidad de entrevistarlo. En ese momento se fraguó cierta cercanía, yo no diría amistad, porque la diferencia de edad era notable. Tuvimos una relación de alumno y profesor. Creo que ha sido una de las personas que más me ha influido. Gracias a él descubrí muchas lecturas, muchos autores”.

Delirio americano, su anterior libro, es un trabajo amplio sobre la historia intelectual de América Latina. En El rugido de nuestro tiempo pasó a los temas más inmediatos. Hablemos de ese tránsito entre los estudios largos y los coyunturales...

“Me gusta asumir dos clases de retos. Unos son los libros ambiciosos, que me obligan a encerrarme en una biblioteca durante años y que hacen un recorrido amplio y me obligan a manejar una bibliografía amplísima. Esos me encantan porque me permiten observar un problema transversalmente a lo largo de la historia y ganar mayor comprensión sobre él. Pero también hay un reto que me fascina y tiene que ver más con mi labor de columnista y de observador del presente. En esos textos más cortos trato de analizar los tiempos que corren, que son muy difíciles de entender y de asimilar porque aún no tenemos distancia. Prácticamente se nos escurren entre los dedos y sin embargo nos afectan muchísimo. Es un reto intelectual que me encanta y que me he propuesto hacer cada 5 años, más o menos. Hago un alto en mis proyectos de largo aliento para sacar el bisturí que le haga una hendidura al presente”.

En esas reflexiones de coyuntura, la literatura y el arte son fundamentales. ¿Qué herramientas le da la literatura para leer fenómenos políticos actuales?

“Sí, yo soy un ensayista pura sangre. Es decir, yo utilizo la escritura, no para construir mundos ficticios, no para imaginar, no para fantasear, sino para pensar. No tengo esa habilidad de los profesores que pueden ir pensando mientras hablan. Yo pienso mientras escribo. Antes de sentarme a escribir, no sé exactamente qué pienso sobre un dilema. Mientras escribo, descubro qué pienso sobre el acontecer mundial.

Esa es la labor de los ensayistas. Utilizamos los recursos de la literatura, las imágenes, las metáforas, la prosa, para ayudar a que el pensamiento fluya con claridad y finalmente obtener comprensión sobre alguna pregunta o alguna irritación. El primer beneficiado es el propio escritor. Un ensayista escribe para entender. El ensayista quiere entenderse a sí mismo y entender el mundo en el que habita”.

En El rugido de nuestro tiempo usted plantea que el arte se ha vuelto conservador y que la política es el espacio de la transgresión. ¿Cómo se manifiesta esto?

“Sí, es fácil verlo en el campo de la política. Sobre todo por la irrupción del fenómeno trumpista y de las nuevas derechas. Las gente llama a estas derechas conservadoras, pero no lo son. Las llama neoliberales, pero no lo son. Las llama fascistas, pero no creo que lo sean. Son una especie de reaccionarios revolucionarios. Es decir, están cambiando las reglas de juego y con Trump es muy fácil comprobarlo. Él está deshaciendo el orden mundial de la posguerra, el multilateralismo, para dividir al mundo en zonas de influencia. La nuestra es la zona de él, aquella que llama el hemisferio occidental.

Bueno, pues este tipo de políticos para conquistar a sus electorados emplearon una cantidad de estrategias muy extrañas y muy novedosas dentro del campo político, al menos de los últimos 80 años. Acudieron a la transgresión, la incorrección política. Se burlaron de los valores que se habían legitimado después de mayo del 68.

Bolsonaro es un ejemplo de este procedimiento. En el 2016, durante el impeachment de Dilma Rousseff, él hizo algo que lo sacó de la penumbra. Introdujo su voto en nombre de Brilhante Ustra, un militar de la dictadura brasileña que había dirigido las torturas. ¿Qué estaba haciendo Bolsonaro? Estaba rompiendo el consenso moral con el que funcionaban todas las sociedades latinoamericanas, que repudiaron la época dictatorial. Bolsonaro reivindicó esa época oscura. En otra circunstancia, eso le hubiera conducido a la absoluta marginalidad, no le hubiera reportado ningún voto. Sin embargo, en este contexto se hizo popular y al poco tiempo lo teníamos en la presidencia. Y no es el único caso. En España, Vox, el partido de ultra derecha, también empezó a hacer este tipo de gestos performáticos para llamar la atención. Uno de sus miembros, por ejemplo, traspasó las fronteras de Gibraltar, entró de forma ilegal a a Gibraltar, que es una colonia británica y puso una bandera de España como gesto de reivindicación patriotera. Esto es básicamente una performance artística, que si la hace un artista, lo estaríamos aplaudiendo.

En Colombia tenemos a Daniel Quintero. Lo vimos hace no mucho en el Congreso de la Andi burlar la seguridad, subir a la tarima con una bandera de Palestina durante un conversatorio en el que no estaba invitado. Así saboteó el acto.

Este tipo de estrategias las está usando especialmente la derecha, pero no exclusivamente, con el ánimo de llamar la atención, de competir efectivamente en esta economía de la atención en la que estamos inmersos. Es una de las paradojas de nuestro tiempo. Esto en otros tiempos hubiera sido sancionado por el electorado”.

Al tiempo pareciera que el arte se está convirtiendo en un sucedáneo del activismo...

“La política era el espacio de la responsabilidad y el arte era el espacio de la libertad.

En el arte se podía experimentar con todo, se podían crear valores, se podían transgredir las normas. Se podía hacer cualquier cosa. Se podían abordar los temas más escabrosos. Todo aquello que en el campo de lo público está prohibido, se puede convertir en una obra de arte, no solamente legítima, sino provechosa para el público”.

¿Por qué se ha impuesto la idea de que el artista debe sacrificar la idea de la libertad creativa para defender causas biempensantes?

“Bueno, es un síntoma de nuestra época. Es un síntoma de lo vulnerable que se siente el progresismo ante los avances de esta nueva derecha. Es un síntoma de cierto desapego de los jóvenes hacia el presente y sobre todo hacia el futuro. Tienen la idea de que el futuro no va a ser mejor del que tuvieron sus padres, que van a vivir peor. Tienen pánico a la crisis climática, sienten que por delante no hay campo para las utopías, sino para las distopías. Y este miedo al futuro fomenta mentalidades conservadoras. Piensan que hay que proteger lo que hay. Creen que hay que salvar las pocas conquistas de la izquierda. Entonces, se cierran, se vuelven canceladores de todo aquello que amenace esas pequeñas conquistas.

Y el arte, por supuesto, tiene que ser la punta de lanza de esta defensa. Todo artista tiene que comprometerse con proteger estas causas benéficas para la humanidad. Esto, digamos, que no siendo intrínsecamente malo, le hace un daño tremendo a la cultura, la hace totalmente predecible, la hace reiterativa, la hace ñoña, poco sexy, poco seductora. La convierte en un cliché biempensante. Tenemos a pequeños curitas que sermonean desde la cultura en lugar de animar a los jóvenes a experimentar y a buscar la libertad”.

¿Ese afán cancelador atraviesa hoy tanto a la derecha como a la izquierda?

“Exactamente. Sí, hay un afán cancelador en estos tiempos. En el campo cultural y en el campo político se están olvidando los valores liberales de la pluralidad. Se está exigiendo que la sociedad sea absolutamente unánime o que haya una división en trincheras muy clara. Entonces estamos en una situación binaria de blanco y negro que alimenta el espíritu cancelador de una forma brutal tanto en la derecha como en la izquierda. Por un lado, en La Florida, Ron DeSantis está purgando las bibliotecas de libros que encuentra perversos para la familia, para la patria y demás. Desde la izquierda se hace exactamente lo mismo. Hay libros que resultan intolerables para las nuevas sensibilidad feminista o para la transexual. El caso es que todo aquello que no nos gusta tiene que desaparecer, tiene que ser cancelado”.

Hay también un asunto coyuntural relacionado con el final del gobierno de Gustavo Petro. Usted ha hecho varias lecturas culturales sobre su figura...

“Sí, hay políticos que se piensan a sí mismos como artistas. Es más, Petro lo dijo, yo lo vi en directo una vez en congreso en Cartagena. Él dijo que el político era un artista que tenía que estar atento a su época, los cambios de su época y ser sensible a ellos. En su autobiografía se ve la mentalidad artística de Petro. Allí se compara directamente con García Márquez.

García Márquez, dice Petro, era un genio con la palabra escrita mientras él es un genio con la palabra hablada, porque su palabra es vendaval y es energía que tiene un poder creador. ¿Qué crea? Multitud, crea pueblo, es decir, consigue que aquellas personas que se piensan como individuos o como átomos, de pronto se vean representadas por una misma persona, por una misma voz, por unas mismas palabras. Él se cree un creador de pueblos, pero no solamente es un creador de pueblos, también es un creador de naciones. El problema es que el artista trabaja con palabras y con colores. El político trabaja con nosotros y eso cambia las cosas muchísimo.

Un artista puede negar la realidad, puede falsearla, puede tergiversarla, puede arrancar de cero y crear un mundo a imagen y semejanza de sus deseos, filias y fobias. El político que hace eso nos obliga a nosotros a plegarnos a su visión de las cosas. Es alguien que no tiene respeto por la realidad, por las cosas como son, por los deseos, por la pluralidad de las sociedades.

El político artista no tiene en cuenta eso y simplemente quiere que todo el mundo encaje en su visión. Y quien no encaja es el antipueblo, es la oligarquía esclavista, es el antipatria, es el fascista. Es una manera muy mala de abordar la labor de gobierno. Un presidente de verdad tiene que ser más pragmático. Tiene que tener los pies en la tierra”.