Cine

Soñé su nombre, el documental nacido de un sueño que está en salas de cine en Colombia

Esta es la primera película de una cineasta afrodescendiente que se estrena en cine en Colombia. En Soñé su nombre, Ángela Carabalí cuenta cómo un sueño la llevó a buscar a su padre desaparecido. EL COLOMBIANO habló con ella.

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Periodista de la Universidad de Antioquia. He trabajado como fact-checker en La Silla Vacía y ahora hago parte de la sección de Tendencias de El Colombiano.

hace 48 minutos

En 2016, Esaú Carabalí Brand, un campesino afrodescendiente, llevaba ya 30 años desaparecido. Fue entonces cuando, en la noche, en medio de un sueño, le pidió a Ángela, su hija, que lo encontrara. Aunque en ese momento no lo tuvo muy claro, la cineasta cuenta que sí hubo algo adentro, una chispita o una vocecita que le decía que ese debía ser su próximo proyecto.

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Soñé su nombre es el documental que ahora está en salas de cine colombianas, en el que la cineasta afrodescendiente –la primera en estrenar una película en cines nacionales– cuenta cómo fue el camino que tuvo que recorrer junto a su hermana Juliana, desde ese sueño, y desde Medellín hasta Cauca, en búsqueda de su padre, una de las 132.877 personas desaparecidas antes del 1 de diciembre de 2016, según datos de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas.

La cinta de 86 minutos ha recibido varios reconocimientos nacionales e internacionales: fue el Mejor Largometraje Nacional en el FICCALI 2025, ganó el Premio Especial del Jurado en Hot Docs 2025 en Canadá, y el de Mejor Largometraje en el Festival Internacional de Cine Documental de Buenos Aires.

EL COLOMBIANO conversó con Carabalí sobre cómo fue compartir con el mundo una historia familiar y personal, sobre la manera en que la desaparición forzada se ha mostrado en el cine colombiano y sobre lo que aún falta por representar.

¿En qué momento decide que esta película sería sobre su historia familiar?

“En 2016 tuve un sueño con mi padre. Hasta ese momento había estado desaparecido por 30 años. Y resulta que en ese sueño él me pide que lo encuentre.

Ese momento marca un punto crucial en mi carrera y en mi vida, porque yo había estado dedicada a proyectos que tenían que ver con el patrimonio cultural inmaterial: fotografía, video; había hecho varios trabajos, incluso un documental interactivo. Y ese sueño me hace un llamado a mi historia más dolorosa, más personal, que yo tenía guardada, pero que se conecta con un problema, con un drama colectivo, que es la desaparición forzada, que en Colombia es un crimen de lesa humanidad”.

En su caso, el inicio de la película también marca el comienzo de una búsqueda. ¿Cuáles fueron los primeros pasos?

“Para cuando iniciamos este proyecto, lo primero fue hablar con la familia, contarles del sueño y comunicarles que yo sentía que esto iba a ser mi próximo proyecto. Yo no lo tenía tan claro, pero había algo que me impulsaba a hacerlo. Luego empecé a leer sobre la desaparición forzada. En ese momento, el Centro Nacional de Memoria Histórica tenía un capítulo destinado a ello, y fue como entender una dimensión muy amplia de este delito en Colombia.

A partir de ahí, lo que creímos en un principio con mi hermana Juliana era que íbamos a construir una historia en voz coral, con los relatos de muchas otras personas que han sido desaparecidas. Pero lo que sucedió con nosotras fue que, poco a poco, la historia empezó a pedir que fuera mucho más personal, más familiar. Yo, en realidad, me negaba a eso.

Hasta que hubo un momento en el que se dio otra revelación: la historia estaba muy clara y era el viaje que haríamos mi hermana y yo desde Medellín hacia el resguardo indígena de López Adentro, en el norte del Cauca, en busca de nuestro padre. Ahí fue donde se estructura la película desde esta perspectiva familiar, siempre conectada con lo colectivo”.

Para continuar haciendo Soñé su nombre tuvo que hacerle frente a esa negación que tuvo al principio. ¿Qué otros retos afrontó en el proceso?

“Hubo retos de muchos tipos para hacer esta película. Uno de ellos fue el emocional, el reto personal de, primero, reconocer que era una víctima. Luego sentí vergüenza por no saber que lo era, por no haber hecho nada al respecto; me sentí culpable de haber olvidado a mi padre. Cuando entendí toda la dimensión que esto implicaba, surgieron muchas dudas y también muchas reflexiones.

Ese fue el primer reto: el reconocimiento, el nombrar lo que a veces nos cuesta, y entender que es un paso importante para poder sanar y seguir adelante.

Luego vino otro desafío, ya a nivel de guion, de investigación y de estructura: cuál debía ser la estructura narrativa que hilara todo este sentir. Después de varios ejercicios y de pensar cómo contarnos a través de otros relatos, entendimos que el viaje entre mi hermana y yo, por carretera hacia el norte del Cauca, era la ruta clara para narrar la película.

Otro elemento complejo fue la financiación. Siempre es un desafío en las producciones independientes de cine colombiano y, en nuestro caso, cuando la premisa es que un sueño te invita a buscar a alguien, puede ser difícil que algunas personas lo entiendan o lo consideren lo suficientemente contundente. Pero esa era nuestra apuesta. Decidimos narrar arraigadas a nuestra cultura, a nuestras tradiciones, a esa espiritualidad proveniente de las comunidades étnicas, y a partir de ahí dijimos: vamos a apostarle.

Encontramos los primeros recursos en Medellín, en una beca de estímulos para el arte y la cultura. Luego, a nivel internacional, fue donde hallamos más apoyo. Se fueron sumando personas increíbles a través de mercados, laboratorios y espacios de industria cinematográfica; conseguimos aliados fundamentales y conformamos un equipo muy hermoso, tanto humano como técnico, que permitió que esta historia saliera adelante”.

¿Qué certezas obtuvo sobre la desaparición de su padre durante la realización de la película y qué continúa siendo un misterio?

“La certeza principal es que toda búsqueda es sagrada y que ninguna persona debe ser desaparecida, ninguna.

Y cuando estos actos suceden, hay que evitar pensar: ‘Algo habrá hecho’. Existe un nivel de estigmatización muy grande alrededor de estos crímenes.

También considero que toda búsqueda es sagrada porque hay muchas maneras de buscar y muchas maneras de encontrar al que no está. A veces hay personas que asumen liderazgos; otras prefieren callar; otras hacen poesía o se expresan a través del arte. Es entender que la dimensión es muy amplia y que se puede buscar desde lo espiritual o también desde el mundo más concreto.

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Esa es una certeza que me queda al hacer esta película y al seguir esa necesidad de mi padre de ser encontrado.

¿Dudas? Siempre hay dudas: si se están haciendo bien las cosas, si esto realmente está permitiendo que muchas personas puedan sanar. Pero esas dudas se han ido convirtiendo en certezas, porque evitamos hacer una película triste. No queríamos que la gente dijera: ‘La vida ya es muy dura y voy a ir al cine a ver algo peor’.

Es imposible ocultar el dolor que hay detrás de la desaparición forzada de un familiar, y más sabiendo que es solo un rostro entre más de 135.000 personas dadas por desaparecidas en nuestro país. Pero esa duda se ha ido transformando en certeza en la medida en que la gente siente alivio.

Hace poco estuvimos en una tertulia en Cali proyectando la película, y una mujer que tiene a su hermano desaparecido decía: ‘He visto la película tres veces y siento alivio al verla, me siento mejor’. Eso, la verdad, se ha ido convirtiendo también en una fortaleza para nosotras, en la idea de seguir adelante y convocar a más personas a ver la película: ya sea a quienes han vivido una afectación de este tipo, para ayudar a sanar un poco ese dolor, o a quienes no la han tenido, para sembrar semillas de empatía en su corazón.”

El conflicto armado y la desaparición han sido temas frecuentes en el cine colombiano. ¿Cómo cree que han sido narrados y qué perspectivas faltan por contar?

“Yo veo que en Colombia hemos pasado por varios momentos: algunos de denuncia, otros de reflexión. Y siento que, desde los creadores, todavía existe una necesidad muy grande de expresar esos dolores que nos ha dejado el conflicto interno y las violencias que hemos experimentado durante tantos años, muchas de ellas heredadas de otras generaciones.

Entonces, siento que aún hay una tendencia fuerte a expresar todo eso. A veces se cree que ya ha sido suficiente, pero lo que yo encuentro es que todavía hay una necesidad urgente de compartir y de poner sobre la mesa temas que muchas veces son complejos.

Lo que ha pasado en el cine es que esas complejidades que hemos vivido en el país se han mostrado desde otras perspectivas. En mi caso, por ejemplo, desde una mirada familiar, poética, simbólica, que se da libertades con el sonido, con la imagen, con el montaje, para conectar emocionalmente con la audiencia, y no tanto desde las cifras, la información o la noticia”.