Final inesperado de una cita inolvidable
Más de 44.000 hinchas disfrutaron anoche del duelo Nacional-River en el Atanasio. Emociones a granel.
Editor del área Deportes con más de 30 años de experiencia en el cubrimiento de fútbol y todas las disciplinas olímpicas. Comunicador social-periodista egresado de la Universidad de Antioquia. Premios colectivos con EL COLOMBIANO Simón Bolívar (Deportes) y Rey de España (Conflicto urbano).
Tenía puesto un sombrero blanco, un poncho verde y la camiseta de Nacional. Solo le faltaba el carriel para hacer notar más su figura entre la multitud de hinchas que llegaron ayer al estadio Atanasio Girardot a presenciar el primer partido de la final de la Copa Suramericana.
Los ojos de Felipe Jaramillo, un hombre cincuentón y de cachetes colorados, brillaban antes de entrar al estadio. Lo hacía por primera vez, a pesar de que, confesó, vive a cuatro cuadras del escenario. Adentro, en occidental baja, lo esperaban sus seis hijos que había “madrugado” a disfrutar el espectáculo.
Ni las últimas finales de los verdolagas en la Liga y Copa Postobón y tampoco la presencia de los equipos brasileños (Vitória, Sao Paulo) que recientemente jugaron en la ciudad lo habían motivado para ir al Atanasio. Pero esta vez no aguantó la tentación.
Tener casi en el patio de la casa al River Plate, “uno de los mejores equipos del mundo” y dejar de disfrutar de su fútbol, “sería imperdonable”. Por eso se programó como los 44.412 hinchas que coparon los tribunas y presenciaron uno de los mejores espectáculos de los últimos años en la ciudad.
El papel picado, las bengalas de colores, los juegos pirotécnicos en el momento de la salida de los dos equipos a la cancha, las sombrillas y banderas ondeando en el Atanasio durante todo el compromiso, los cánticos alusivos el verde y el grito de gol a los 33 minutos para acompañar a Orlando Berrío en el 1-0 parcial, colmaron de emoción a Felipe.
Ni siquiera el gol de Leonardo Pisculichi, a los 65 minutos, para el empate 1-1 de River pudo borrar su sonrisa, aunque con un poco agridulce. Había disfrutado de una jornada inolvidable, de esas que la capital de la montaña no vivía desde la final de la Suramericana de 2002 y todo gracias a Nacional y River, dos colosos del continente. Felipe y su familia vivirán para contarla.