Fútbol

Jorge Eliécer Campuzano: “Es preferible irse a tiempo y no que la gente te empiece a mirar con lástima”

La voz que acompañó a generaciones enteras decidió decir adiós. Jorge Eliécer Campuzano repasa su vida, sus dolores, sus frases eternas y su amor por la radio.

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Comunicador Social-Periodista bilingüe (inglés y español). He trabajado en Radio Bolivariana, RCN y Telemundo. Hago parte de EL COLOMBIANO. Recibí premios Ovations de la NBC. Lideré el sitio web hispano de NBCOlympics.com para los Olímpicos de Beijing 2008, edité y establecí el contenido de video original para la programación en web de la Selección Mexicana en Medios Digitales de Telemundo. Responsable de la gestión editorial de la portada de yahootelemundo.com. Enviado especial al Mundial de Rusia 2018, la Copa América en Chile 2015, los partidos de clasificación al Mundial de la Selección Colombia, la Asamblea General de la ONU en 2009, y el rescate de los 33 mineros en Chile.

Editor del área Deportes con más de 30 años de experiencia en el cubrimiento de fútbol y todas las disciplinas olímpicas. Comunicador social-periodista egresado de la Universidad de Antioquia. Premios colectivos con EL COLOMBIANO Simón Bolívar (Deportes) y Rey de España (Conflicto urbano).

hace 3 horas

Durante más de seis décadas, la voz de Jorge Eliécer Campuzano fue sinónimo de fútbol, emoción y memoria colectiva. Pionero de la narración deportiva en Colombia, referente para varias generaciones y creador de frases que quedaron tatuadas en el ADN del balompié nacional, Campuzano decidió cerrar el micrófono cuando todavía conserva su sello intacto.

En conversación con Línea de Gol, el pódcast deportivo de EL COLOMBIANO, el histórico narrador habla de su retiro, de los momentos más duros y más gloriosos de su carrera, de su amor por Antioquia y del legado que deja una voz que ya es archivo vivo del deporte colombiano.

¿Cómo está hoy y cómo tomó su familia la decisión de dejar la narración deportiva?

“Por fortuna mi familia está bien. En mi caso, la familia ha sido como mi refugio. Esta decisión no ha sido fácil de asimilar. Llevo desde el 17 de diciembre tratando de entenderla del todo, incluso antes de esa fecha ya lo venía pensando. Hice como un ensayo en mi vida: cómo era estar sin fútbol. Me fui a Estados Unidos a compartir con mis hijos y mis nietos, y allá me tocó un partido clásico. Eso me mortificó mucho, pero también me confirmó que tenía que tomar la determinación. La familia fue clave. Mi esposa, mis hijos, todos coincidieron en que ya estaba bien. Hemos hecho tantas cosas durante tantos años que lo que hicimos ya no nos lo van a quitar”.

¿Por qué tomar la decisión cuando la voz todavía estaba intacta?

“Porque es preferible salir y no que lo ‘salgan’. Lo más difícil no es retirarse, lo más difícil es llegar a un punto en el que ya no tengas las condiciones necesarias, especialmente la voz, que para nosotros es todo. Gracias a Dios, durante 61 años me cuidé muchísimo y nunca sentí que la voz me dijera ‘basta’. Justamente por eso quise irme así, sin que la gente empezara a mirarlo a uno con lástima. Me duele no estar, me duele no ir al estadio, me duele saber que hay transmisión y no hacerla. Todo eso duele, pero era una decisión necesaria”.

Mirando hacia atrás, ¿qué representa Medellín y Antioquia en su vida?

“Todo. Yo llegué en 1969 siendo un muchacho de 21 años desde Buga. Para mí Medellín era el otro lado del mundo. Y esta tierra fue maravillosamente buena conmigo, muy generosa. Uno no se olvida nunca de eso. Aprendí incluso a medir la audiencia de una manera muy particular: entrando a los baños del estadio Atanasio Girardot. Ahí la gente tenía los radios prendidos y uno escuchaba a quién oían. Primero era Jaime Tobón de la Roche, luego, con el tiempo, me escuchaban a mí. Ahí empecé a entender que estaba pasando algo importante”.

¿Cuál fue el momento más difícil de tu carrera?

“Sin duda el 5 de noviembre de 1984. Ese día, en un accidente provocado por una persona en estado de embriaguez, murió mi madre. Ella vivía conmigo y todo el año hacía cobijas para niños pobres. Ese fue el dolor más grande de mi vida. Nueve días después, el 14 de noviembre, pedí transmitir un partido Medellín–Unión Magdalena. Tenía tres costillas fracturadas y estaba fajado con esparadrapo. El médico me dejó con la condición de narrar de pie. Cada palabra era un chuzón, un dolor terrible. Pero ese día se dio la famosa jugada de la malasqueña. Yo siempre he dicho que ese gol lo narré con el dolor del cuerpo y con el alma, y que mi madre me acompañó desde el cielo”.

¿Y los momentos más felices o emotivos?

“Son muchos. Narrar los Juegos Olímpicos de Múnich 72 fue algo inmenso, especialmente la carrera en la que Valery Borzov derrotó al poder negro estadounidense. Esa narración la recuerdo con un cariño enorme. En Colombia, el gol del Rifle Andrade en el Preolímpico de 1971 ante Argentina, que nos clasificó a los Olímpicos del 72, fue de los momentos más emocionantes. Y, claro, las Copas Libertadores, los grandes partidos locales. Pero el más especial de todos fue el primero: mi debut como narrador en Buga. Transmití un Boyacá–Huila y no me sabía un solo nombre. Me equivoqué todo el partido. Lo bautizaron ‘el partido del perdón’. Ese día comenzó todo”.

Su nombre está ligado para siempre al “¡espectacular!”. ¿Cómo nació esa frase?

“Nació de manera espontánea. No fue planeada. Alargué la palabra no para hacer un efecto, sino porque mientras la decía estaba pensando qué iba a decir después. Me estaba dando tiempo mental. A la gente le gustó, empezaron a llamar a pedir que repitieran el gol y la palabra se quedó para siempre. Una vez incluso decidí dejar de decirla. Cuando llegué a Caracol pensé que ya llevaba muchos años con eso. Dejé de decirla... y me llamó el gerente con una carta de una oyente que decía que yo no era el verdadero narrador porque no decía “espectacular”. Ahí entendí que esas frases ya no eran mías, eran de la gente”.

También dejó frases como “Gracias a Dios hay fútbol” y varios apodos históricos...

“Sí, esa frase salió en Tokio, en una final intercontinental llena de problemas técnicos. Cuando por fin salió la transmisión, lo primero que me nació decir fue “Gracias a Dios hay fútbol. Los apodos siempre traté de que fueran decentes y respetuosos: el Toro Tamayo, el Panadero Álvarez, Puntilla Muñoz. Nunca me gustaron los dobles sentidos. El apodo debe sumar, no ridiculizar”.

¿Cómo ve hoy la radio y el periodismo deportivo?

“Con mucha nostalgia. Antes transmitíamos 10 o 12 emisoras desde el Atanasio Girardot. Hoy, con suerte, dos. Los costos, las cabinas, todo cambió. Y me preocupa la falta de preparación. Hoy creen que con apretar una tecla ya está todo. No investigan, no leen, no buscan en los libros. El periodismo no se hace solo con Google”.

¿Qué mensaje le deja a las nuevas generaciones de periodistas y narradores?

“Que se preparen. Que lean. Que investiguen. Que respeten el oficio. Los grandes referentes que tenemos hoy —Weimar Muñoz, Carlos Antonio Vélez, Hernán Peláez— todos estudian, todos se preparan. Y a los narradores, que cuiden la voz. Yo me cuidé toda la vida: no tragos, no cigarrillo, no desorden. Quería retirarme con mi herramienta principal intacta, y así fue”.

¿Y sobre la narración actual, donde muchos se atacan entre colegas?

“Eso me mortifica. Perdimos el estilo colombiano, nos argentinizamos. Antes los narradores colombianos eran referencia en América Latina. Hoy nos atacamos entre nosotros, hacemos daño dentro del mismo gremio. Eso es acabar con nuestros propios compañeros. Cada quien tiene derecho a su estilo. No hay que destruir al otro para sobresalir”.

Su despedida fue grabada, no en vivo. ¿Por qué?

“Porque no fui capaz de leerla al aire. Me senté a escribirla con calma, agradeciendo a todos sin mencionar nombres, para no caer en el olvido de alguien que un día me dio la mano. Ese fue el punto final de mi carrera”.

Finalmente, ¿con qué frase se queda para cerrar esta etapa?

“Con una que me dijeron varios compañeros y que hago mía: ‘Lo hecho, hecho está’. Y creo que, gracias a Dios y a la gente, estuvo bien hecho”.