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Ximena Restrepo: la Gacela de Bronce que aprendió a leer el viento para abrazar la gloria olímpica

En 1992, mientras Colombia se hundía en el apagón y el miedo social, una mujer con una zancada impresionante desafió a las diosas del atletismo mundial para darle la primera medalla olímpica en atletismo al país.

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11 de enero de 2026

Existe en el inventario de lo invisible un capítulo dedicado a los seres que habitan el umbral del dolor. No son dioses, aunque su voluntad lo sugiera, ni son bestias, aunque su resistencia sea inhumana. Son aquellas que, como Ximena Restrepo Gaviria, nacieron con el don de la zancada eterna. Antes de ser bautizada por la historia como la Gacela de Bronce, Ximena fue una niña que aprendió a leer el viento en los palos de mango y guayaba de Envigado.

En aquel entonces, el mundo no era una pista de tartán, sino un reino de tierra y libertad donde la única ley era llegar primero al árbol más alto. Su infancia fue un preludio de felicidad absoluta, un tiempo donde sus pies no conocían el cronómetro y su única preocupación era que el llamado de su madre no interrumpiera el juego en las calles destapadas de una Antioquia que aún olía a campo. Nació en el 69, una época donde Medellín no se sentía convulsionada para una niña que crecía en una casa finca, corriendo todo el día bajo el sol.

Hija del sol y de la montaña, nada la frena, nada la empaña. Antes de ser flecha, fue solo brisa que entre los mangos vuela de prisa... A los ocho años, su vida dio un giro hacia el azul del Caribe cuando se mudó a Curazao, pues su padre, Carlos Restrepo, piloto de profesión, se fue a trabajar con una aerolínea holandesa. Para ella, esos años fueron idílicos; una vida de niña sin problemas. Sin embargo, el regreso a Medellín a los doce años marcó el fin de la burbuja, enfrentándola a una realidad nacional que empezaba a resquebrajarse.

Al entrar al colegio Marymount, la violencia del país empezó a tener nombres y apellidos conocidos. Ximena recuerda que a los quince años la realidad del narcotráfico golpeó su entorno cuando asesinaron al padre de una de sus compañeras de clase. Era una época compleja cuando los jóvenes apenas empezaban a entender la magnitud de lo que ocurría en Colombia.

Un refugio en la turbulencia

Búscala donde la hierba se agita, donde el miedo no la debilita. Si el trueno asusta a los demás, ¿quién es la que corre un paso más? Su primer contacto con el atletismo fue a través de Amparo Duque, su profesora de educación física, a quien cariñosamente llamaba Amparito. Pero en esos años, Ximena le tenía un poco de pereza a la pista. Prefería el baloncesto o la equitación, deportes que sentía más entretenidos y menos áridos que el rigor solitario de correr. El atletismo no era un juego; era un rito de exigencia psicológica que a veces le resultaba distante.

Ximena no era solitaria, disfrutaba de la competencia y de la diversión que le proporcionaban los deportes de conjunto como el baloncesto o el voleibol, como ella misma lo relata: “Uno dice: vamos a jugar voleibol o vamos a jugar baloncesto, pero jamás dice vamos a jugar atletismo”.

Los primeros rasgos

Nadie le enseña la fuerza del salto, ni a poner siempre el listón en lo alto. Nace con un fuego en la planta del pie, ¿qué criatura vuela y nadie aún la ve? Ximena era tan buena, que era imposible de ignorar, incluso para los mejores de la época, como Rodrigo Arboleda, atleta y entrenador insigne en Antioquia.

En la Liga Antioqueña de Atletismo, Arboleda fue de los primeros en quedar hechizado por la velocidad de Ximena. Aunque insiste que no importaba la disciplina, ella era buena y ganaba donde la pusieran. Para Arboleda el camino al éxito de Restrepo era inevitable, de cualquier manera siempre resaltaría.

Con simpatía, Rodrigo recuerda que al finalizar las pruebas de entrenamiento, Ximena terminaba como si nada, y con esa sonrisa que siempre la caracteriza preguntaba con inocencia: “¿esto es todo? ¿ya terminé?” Mientras los demás luchaban con su vida para tratar siquiera de terminar la prueba.

Luego de estos primeros rasgos de lo que sería Ximena, aparece Emperatriz González, quien sería la entrenadora eterna de la Gacela de Bronce.

El dúo dinámico

Dos siluetas bajo el mismo sol, un solo instinto, un solo control. Si una vigila, la otra avanza, ¿quiénes se unen en esta alianza? Entrenar con una mujer en aquel entonces era algo extraño, una anomalía en un mundo de entrenadores hombres que las miraban con recelo.

Ximena recuerda que en la Liga les hacían la guerra; les negaban las vallas o los balones medicinales bajo el pretexto de que no entrenaban con los técnicos oficiales. Sin embargo, ella decidió responder con rendimiento, demostrando que su talento no dependía del permiso de nadie, sino de su propia determinación.

En el colegio, era una estudiante curiosa y aplicada, pero sobre todo inquieta. Se autodenomina como una niña “necia” que estaba todo el día en la calle midiendo su fuerza con sus vecinitos hombres. Esa competitividad, que mantiene hasta el día de hoy, fue el motor que la impulsó a querer ganarle siempre al que estuviera al lado, una característica que ella considera vital si se sabe manejar con disciplina.

Su vida escolar fue una danza de equilibrio entre los libros y el entrenamiento. Al entrar al bachillerato, se volvió sumamente juiciosa porque entendió que su tiempo era limitado. “Yo quería poner atención en clase para tener la cosa ya aprendida y no dedicarle tiempo después”, confiesa. Esa eficiencia le permitió destacar académicamente mientras sus piernas se volvían cada vez más rápidas.

El Marymount: su primera pista

No entiende de química ni de pinceles, prefiere el viento que los anaqueles. ¿Qué rastro de arena queda en el salón cuando el instinto gana la lección? Los profesores del Marymount fueron sus grandes cómplices. Ximena recuerda con especial cariño a Jairo, su profesor de arte, quien con una honestidad brutal le dijo un día: “Ximena, usted para el arte no sirve, no pierda el tiempo”. Jairo le regalaba sus dos horas de clase semanal para que ella se fuera a entrenar a la pista de arena del colegio, permitiendo que Emperatriz le pasara las notas de rendimiento deportivo para validarlas en su materia.

Incluso el rigor de la química orgánica se doblegó ante su talento. En su último año de bachillerato, cuando los viajes por competencias la tenían sumamente atrasada, el profesor de química decidió cerrarle el semestre con la nota que llevaba. “Tranquila, no se preocupe más, yo le ayudo”, le dijo, reconociendo que lo que ella estaba logrando fuera de las aulas era una lección de orgullo.

Tras graduarse, empezó a estudiar Comunicación Social en la Universidad Pontificia Bolivariana, pero el sistema colombiano no estaba, ni está hecho para atletas de alto rendimiento. Los trabajos en equipo y las exigencias académicas empezaron a chocar con sus horarios de entrenamiento. Fue entonces cuando apareció la oportunidad de una beca deportiva en la Universidad de Nebraska, un cambio que le abrió los ojos y le demostró que realmente tenía el talento para estar en la élite.

Un nuevo horizonte en EE. UU.

Abandona el nido, busca otro suelo donde el águila sea el juez de su vuelo. ¿A qué horizonte viaja el instinto? donde ser veloz no se siente distinto... En Estados Unidos encontró un sistema diseñado para que el atleta pudiera estudiar y entrenar sin fricciones. Fue allí donde su confianza se disparó al ganar el Campeonato Nacional Universitario, derrotando a las mejores corredoras gringas de su edad. “Si les gano a ellas, puedo ser de las mejores del mundo”, se dijo a sí misma, iniciando un ciclo que la llevaría a mundiales en Japón y a los Panamericanos.

A pesar de ser una de las mejores del mundo, mantenía un pudor casi infantil en sus inicios. En sus primeras carreras en el estadio, le daba pena usar las camisetas de sisa típicas del atletismo. Corría con la pesada camiseta tipo polo de su uniforme de baloncesto, con cuello y manga corta, a ella misma le hace gracia lo pesado de su indumentaria, nada apto para la competencia. Fue solo con el tiempo que aceptó usar los petos profesionales, transformándose de la niña recatada a la guerrera que desafiaba al viento casi desnuda.

Y sin importar la confianza que fue ganando en las pistas y la seguridad que le daba ser siempre la mejor en todas las competencias, Ximena llevó consigo durante toda su vida un terror que jamás pudo superar. La misma prueba que la ponía a probar las mieles de la gloría también le revolvía las vísceras, y la hacía pasar los peores segundos de su vida.

400 metros: una prueba infernal

Ácido en las venas, el paso se pierde, la gloria termina en un vómito verde. Una vuelta completa de puro tormento, ¿qué prueba es la que te roba el aliento? La geografía del dolor de los 400 metros es un territorio que pocos se atreven habitar. Ximena confiesa que le tenía miedo a la prueba. Cada vez que se ponía en los tacos, sentía un pánico que la hacía preguntarse por qué no estaba en su casa tranquila.

La prueba es una agonía que termina en mareos y vómitos verdes debido a la acumulación de ácido láctico, pero ese disparo inicial borraba cualquier duda y la lanzaba a una carrera frenética.

Su preparación para Barcelona 92 fue un acto de soledad y rigor. Se mudó a Chile tras casarse con el lanzador de peso Gert Weil en enero de ese año, pero siguió bajo las órdenes de Emperatriz. Su vida era monótona y limitada: entrenar, comer, dormir y visitar al médico. No había masajistas ni fisioterapeutas constantes; era una carrera artesanal donde el descanso de diez horas era su única medicina.

El camino al podio

A su lado corren sombras de leyenda, gigantes que buscan que ella se detenga. Si el carril arde y el mundo se asombra, ¿contra qué reinas luchó bajo su sombra? Ximena llegó a los Juegos Olímpicos financiada exclusivamente por Postobón. Con ese dinero pagó sus concentraciones en Europa, moviéndose con Emperatriz por hoteles modestos, compartiendo habitación y cuidando cada peso. Era una empresa de dos mujeres decididas a demostrar que Antioquia podía ganar a través del orden y la planificación.

El 5 de agosto de 1992, la pista del Estadio de Montjuïc ardía a 40 grados. Ximena ocupaba el carril seis. A su lado estaba la favorita Marie-José Pérec (Francia) y la poderosa Olga Bryzgina (U. Soviética).

Siguiendo el plan que siempre le había funcionado, Ximena hizo unos primeros 150 metros explosivos para posicionarse, mantuvo la rotación en la curva y guardó su potente remate para los últimos 100 metros, donde se jugó la gloria.

El final fue de infarto. Cruzó la meta casi a la par de la estadounidense Sandra Farmer-Patrick. Nadie en el estadio estaba seguro de quién se llevaba el bronce. Fueron los 49.64 segundos registrados por el photo-finish los que le dieron a Colombia su primera medalla olímpica en atletismo. El periodista Iván Mejía Álvarez fue el encargado de narrar ese momento eterno para un país que olvidó por unos minutos la sombra del conflicto.

El recibimiento en Colombia fue apoteósico. El presidente César Gaviria la recibió en Palacio y le entregó la Cruz de Boyacá. Ella guarda esos recuerdos como un tesoro, incluso más que la propia medalla. Con ojos brillantes, Ximena narra que nunca había sentido tanto orgullo de ser colombiana, como en el momento en que se dio cuenta que había paralizado un país entero por 49 segundos, y que en medio de la tensión y la desesperanza de una nación sumida en la violencia, su medalla había llegado como una luz de salvación.

El sacrificio de la gloria

Ayer era rayo, hoy es rastro de arena, el destino es ingrato y el recuerdo una pena. Cuando el podio se borra y la herida no sana, ¿en qué gran lección se convierte el mañana? Un año después, en el Mundial de Stuttgart 1993, llegó como la gran favorita tras su marca en Mónaco. Las grandes potencias no estaban presentes y el oro parecía destinado para ella. Sin embargo, una lesión atroz en la espalda la dejó fuera de combate. “Esa lesión me mató”, afirma, marcando el inicio de un declive físico que nunca pudo revertir del todo. Intentó volver para los Juegos de Atlanta 1996, pero su cuerpo ya no era el mismo. Se desgarró en los tacos de salida de los Panamericanos de Mar del Plata y llegó a los Olímpicos arrastrando dolores que no la dejaban entrenar como antes. La frustración de no poder defender su nivel la llevó a sentir que su carrera tuvo un final abrupto e incompleto, quedándose con la espina de no haber escuchado el himno nacional en un podio mundial.

Tras el retiro, Ximena enfrentó el vacío de la vida normal. En Chile, tuvo que buscar trabajo desde cero a los 30 años. Trabajó en un canal de televisión, pero le costaba adaptarse a un medio donde la gente llegaba a las diez de la mañana, chocando con su estructura mental de atleta madrugadora. Sin embargo, como no le dio miedo jamás salir a correr aunque supiera que vomitaría hasta el alma, tampoco le dio miedo comenzar de cero. Esa humildad y capacidad de trabajo duro la llevaron a ser entrenadora en el Club Universidad Católica por diez años, transmitiendo su experiencia a jóvenes atletas, antes de dar el salto a la dirigencia deportiva internacional que hoy ocupa como vicepresidenta del World Athletics. Aunque inicialmente dudaba de presentarse como vicepresidenta por no haber estado antes en el consejo, aceptó el reto impulsada por sus colegas. Hoy es una de las mujeres más poderosas del atletismo mundial, demostrando que su inteligencia y liderazgo son tan potentes como lo fueron sus piernas en la recta final de Barcelona.