Camine conmigo: Travesía El Retiro–Fredonia, cuando caminar se vuelve medicina
Cuarenta kilómetros en un solo día, más de catorce horas caminando y un descenso continuo entre bosques de niebla, caminos arrieros y veredas antiguas. Así es la travesía El Retiro–Fredonia, una ruta exigente que no solo pone a prueba el cuerpo, sino la manera en la que habitamos el dolor, la paciencia y el silencio.
Analista SEO Senior en El Colombiano. Comunicadora Social y Fotógrafa de la Universidad Católica Luis Amigó, con diplomado en Neuromarketing y Marketing Digital de la Universidad EAFIT. Su enfoque profesional combina el análisis de datos con estrategias educomunicativas orientadas a la transformación social. Senderista de alta montaña, traslada la disciplina de las cumbres a su labor digital. Es la creadora de Camine Conmigo, donde ejerce como periodista de viajes y cultura, disciplinas que nutre a través de su pasión por la poesía y las artes.
Hay preguntas que solo aparecen cuando el cuerpo está cansado. ¿Por qué hacer esto? ¿A son de qué recorrer 40 kilómetros en un solo día atravesando montañas? ¿Audacia o locura? Venga, le cuento. Y si no camina, igual quédese: este relato también es para quienes recorren el mundo desde una silla, un bus o una herida reciente.
La travesía de El Retiro hasta Fredonia, en Antioquia, es una ruta exigente de aproximadamente 40 kilómetros, con un tiempo promedio de 14 horas, que conecta el Oriente antioqueño con el Suroeste a través de bosques de niebla, potreros abiertos, cuchillas embarradas y caminos arrieros que existen desde antes de que alguien pensara en llamar progreso al cemento.
Se parte desde los 2.150 metros sobre el nivel del mar en El Retiro y se desciende hasta los 1.600 m s. n. m. en Fredonia. Pero la verdadera bajada no es geográfica: es interna.
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Esta vez madrugamos más de lo esperado. A las cinco de la mañana ya estábamos dentro del bus de Almas Nómadas, con mochilas infladas, capas de ropa y una certeza incómoda: iba a ser duro. Frío de madrugada, caras medio dormidas, ese silencio previo que solo tienen los días importantes.
Para mí, no era solo una travesía más. Era un acto íntimo. Un duelo en movimiento. La muerte de mi abuelo había abierto una grieta espiritual difícil de nombrar. La muerte —cuando llega por primera vez— desarma la fantasía de permanencia, te deja frágil, quieta, viendo cómo el mundo sigue mientras una parte tuya se queda atrás. Caminar, en ese momento, fue una forma de medicina. De silencio. De volver al cuerpo.
El círculo, el ritual y el primer ascenso
Llegamos a El Retiro cerca de las seis de la mañana. Para Almas Nómadas, el ritual importa: nos reunimos en círculo, hablamos de lo que viene, estiramos, agradecemos estar ahí. Éramos 27 personas, guiadas por Víctor Garzón y Jeyner Cano. Nos entregaron el pasaporte nómada, ese pequeño documento simbólico donde uno registra las rutas recorridas, como quien le deja constancia a la vida de que sí, que estuvo ahí.
Arrancamos por la vía El Guarzo. El ascenso comenzó suave, casi engañoso. Bosques infinitos cubiertos de neblina, clima frío y amable. Gunneras —las llamadas sombrillas de pobre—, pinos y eucaliptos altos, serenos, como guardianes antiguos. Caminé lento, casi ceremonial. Mirando cómo los ciempiés cruzaban el sendero, chocando con mariquitas, siguiendo con la mirada a los colibríes. Cuando el dolor es grande, el mundo se vuelve más visible.
Tras dos horas de caminata hicimos la primera pausa, en la sede de la Junta de Acción Comunal. Compartimos desayunos, chocolate caliente sin leche y esa sensación falsa de “vamos bien”. Ese ascenso había sido apenas el calentamiento: el Alto de San Miguel aún nos esperaba.
Seguimos avanzando entre verdes y cafés, hasta entrar en un canalón embarrado por la cuchilla de San Antonio. Ahí entendimos que salir limpios ya no era una opción. El barro se pega al cuerpo como se pega la memoria.
Los maestros del bosque
En ese tramo aparecieron los verdaderos maestros: los hongos. Amanita caesarea, oronjas, setas diminutas y enormes. Para mí, los hongos siempre me devuelven a mi abuelo. Con él aprendí que no son solo plantas: son sabiduría, regeneración, medicina. De niña me decía que ahí vivían las hadas. De adulta, sigo creyéndole.
También aparecieron ranas pequeñas —las que anuncian lluvia—, gusanos, aves invisibles que se oían más de lo que se veían. La montaña no grita: susurra. Y si uno no va corriendo, alcanza a escuchar.
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Llegamos a los límites del Alto de Minas, con riachuelos y pequeñas cascadas que se colaban entre la piedra. Allí hicimos el segundo descanso. Sobre el pasto, una pareja de escarabajos rinoceronte parecía ajena al esfuerzo humano. Descansamos, comimos, recargamos. Esa era apenas la primera parte del recorrido.
La paciencia como forma de avanzar
Seguimos por la vereda Las Peñas, rumbo al cerro Uvital. Eran cerca de las cinco de la tarde y el tiempo empezaba a correr distinto. Caminar, ascender, esforzarte... es una cura de paciencia.
El trekking no se trata de velocidad. La vida va a seguir igual si corres o no. Si intentás ir al ritmo de otros, perdés el tuyo. Si mirás solo lo que los demás miran, te perdés tu paisaje. El reto es mental tanto como físico: marcar pequeñas metas, negociar con la cabeza cuando las piernas aún responden o cuando ya no quieren.
Atardecer sobre el Suroeste
Pasamos por casas rurales, perros que siempre salen felices a saludar a los caminantes. Luego la vereda La Fonda nos regaló uno de los momentos más bellos: el atardecer naranja cayendo sobre el Suroeste antioqueño. A lo lejos, imponentes, aparecían Cerro Tusa, Cerro Bravo y hasta los Farallones de Citará.
Uno entiende ahí que Antioquia no se mira: se contempla.
Cuando la noche alcanza
Entramos a la vereda Uvital. Las nubes parecían estar al alcance de la mano. Seis de la tarde. Siete. Las piernas ya sabían. El cuerpo pregunta por qué, la mente miente: “en 30 minutos llegamos”.
—Cris, ¿a cuánto estamos? —En 30 minutos.
Cuarenta minutos después: —¿Y ahora? —En 30 minutos.
Reímos. Reír también es una forma de avanzar. Nos sentamos en el barro, miramos el cielo. Compartimos chocolatinas derretidas, anécdotas, silencio. Las estrellas aparecen cuando uno se detiene.
A las 8:30 de la noche, sin fuerzas pero con impulso mental, ascendimos la última falda y entramos a Fredonia. Rendidos. Alegres. Transformados.
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Lo que la montaña devuelve
Más que una ruta, fue un desafío mental, un duelo en movimiento, una resignificación personal. Quien alguna vez ha calzado botas de montaña lo sabe: la montaña exige, pero devuelve. Devuelve presencia. Devuelve cuerpo. Devuelve raíz.
Caminar senderos antiguos es volver a los ancestros. Es dejar que el viento, el musgo, la humedad y la luz hagan su trabajo. Los insectos enseñan que no hay meta, solo tránsito. Y así, en silencio, la psique se acomoda, como raíz que recuerda su tierra.
Recomendaciones antes de hacer la travesía El Retiro a Fredonia
No subestime la distancia: esta travesía no es para improvisar.
Entrené resistencia y mente.
Lleve linterna frontal: la noche llega sin avisar.
Comida energética y fácil de consumir.
Bastones, impermeable y ropa de cambio.
Respete el territorio y a sus habitantes.
Se recomienda hacerlo con guías locales como Almas Nómadas, expertos en alta montaña.
Ficha técnica – Travesía El Retiro a Fredonia
Ubicación: Antioquia, Colombia
Municipios: El Retiro – Fredonia
Distancia aproximada: 40 km
Duración: 14 horas
Altura máxima: 2.150 m s. n. m.
Altura mínima: 1.600 m s. n. m.
Desnivel positivo: Alto
Desnivel negativo: Prolongado
Nivel de dificultad: 5 / 5 – Alto extremo
Clima: Frío en la mañana, templado a cálido en el descenso
Temperatura promedio: 10 °C – 22 °C