Generación

Ana Patiño, directora de Filarmed, volvió al pueblo donde descubrió su destino

La directora titular de Filarmed llevó a la orquesta al escenario en el que ella descubrió su destino: el teatro municipal de La Unión, Antioquia.

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Periodista. Magíster en Estudios Culturales de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha escrito en diferentes medios de comunicación colombianos como VICE, Pacifista, El Espectador y El Colombiano.

18 de agosto de 2026

La primera vez que Ana María Patiño vio una orquesta fue en la universidad. Hay un concierto que recuerda siempre. La Orquesta Sinfónica Eafit tocaba la Quinta Sinfonía de Beethoven, conocida también como la Sinfonía del destino. Se sintió tan conmovida que tuvo que salirse a llorar a la mitad del concierto. No podía respirar, quería ser directora de orquesta y sentía que se iba a morir si no lo intentaba. Al día siguiente y sin consultarlo con nadie, empezó los trámites para cambiar el plan de estudios. Dejó el saxofón y empezó dirección.

—Yo creo que uno pocas veces en la vida siente esas cosas, pero son definitivas —dice Ana María, quién hace un año asumió el cargo de Directora Titular de la Orquesta Filarmónica de Medellín.

Leonard Bernstein describió ese tipo de revelación con un concepto religioso, teológico. A él le pasó a los 10 años, cuando tocó por primera vez un piano que una tía guardó en su casa. “Yo toqué el piano y supe que había tocado a Dios. O, en términos freudianos, toqué un mundo donde me sentí a salvo”, dijo en el programa The Levin Interviews, emitido en julio de 1982.

—Para mí es muy importante la gente que escucha una orquesta por primera vez, es una cosa que se queda guardada en mí, por eso quiero que cada concierto sea un acontecimiento artístico, un fenómeno, que la gente se vaya transformada, que algo la toque —dice Ana, en una sala en la sede de la orquesta, en el Poblado.

Cada concierto es siempre ese concierto que se le quedó grabado. Ayuda a otros a encontrarse con Dios, o a emprender el camino que conduce a ese mundo a salvo, que decía Bernstein.

El camino

El viernes 24 de julio la Orquesta Filarmónica de Medellín se presentó en La Unión como parte del programa Filarmed en las Comunas, que lleva los conciertos de temporada de la orquesta más allá del Teatro Metropolitano. Era la primera vez que el programa se hacía por fuera del Valle de Aburrá, la primera vez que la orquesta tocaba en La Unión, la primera vez que la mayoría de los asistentes veía una orquesta profesional y el regreso de Ana María al teatro, tras más de 15 años.

Para el municipio fue un acontecimiento trascendental. Cerraron la calle del teatro para la llegada de Ana, invitaron a tocar a la banda municipal, donde ella empezó su formación musical y la alcaldesa, Carmen Judith Valencia, le entregó un reconocimiento por su trayectoria internacional. El teatro excedía por poco su capacidad, habían más de 600 personas.

—Estoy muy agradecida, me emociona sobre todo ver a los chicos, es lo más importante para mí, siempre lo ha sido. Mi mamá todos los jueves santos me llevaba a la iglesia porque venía la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia a tocar aquí y yo me enloquecía viendo los músicos, soñaba con pararme a dirigir algún día, cosa que el profe John Jairo (Martínez) me permitió hacer cuando tenía como 12 o 13 años y siempre se lo agradeceré. Uno no sabe qué puede pasar cuando uno da un concierto porque seguro hay un montón de niños y jóvenes diciendo, yo quiero tocar ese instrumento, yo quiero estar ahí, por eso es tan importante para mí que estemos hoy aquí —dijo Ana antes de empezar el concierto.

Se dice rápido, como si ese espacio de tiempo entre la primera vez que Ana dirigió la banda municipal y su regreso a ese mismo teatro al frente de Filarmed hubiera sido un parpadeo. Pero la historia es larga, y sobre todo intensa.

Ana María Patiño Osorio nació en 1995. Es la mayor de tres hermanos que crecieron en una finca, no muy lejos del casco urbano del municipio. Alix, su mamá, es ama de casa, aunque por un tiempo administró una papelería que montó en sociedad con un sobrino de su esposo Hamer, ganadero, dueño de unas cuantas vacas lecheras que él mismo ordeñaba, y encargado de velar por las tierras de su familia.

—Ana era muy inquieta, muy inteligente, preguntaba todo y no le gustaba la casa, había que salir con ella para algún lado —recuerda Hamer, en el patio de un café en el parque de La Unión, poco antes del concierto.

Como padres, él y su esposa procuraron alimentar siempre la curiosidad de sus hijos. En la casa hubo música, libros, revistas, juegos, películas, series, tertulias.

Hamer insiste mucho en una idea. Dice: “yo sé que tengo unas capacidades impresionantes, que soy muy bueno, pero no sé en qué”, lo dice como si fuera un chiste, pero esa ha sido su gran preocupación,que sus hijos encuentren para lo que son buenos, que vivan de aquello que les gusta y les sale bien.

—Ana empezó jugando basquetbol, que es la frustración mía —dice Alix, sentada al lado de su esposo—, pero un día conversando con una vecina me dijo: “Alix, ¿por qué no entra a Ana María a la sinfónica?” Y justo en esos días me encontré al maestro John Jairo, el director, y le hablé de Ana y me dijo “listo, llévemela el sábado, que son los semilleros”.

Ana tenía cinco años. Desde entonces no ha dejado de estudiar música. Empezó tocando el saxofón, no por nada en especial, era lo que había, la dotación de la banda. Cuando tenía más o menos 10 o 11 años la adelantaron y empezó a tocar con los más grandes, ya entonces sabía que se iba a dedicar a la música, por eso, cuando estaba en el colegio se presentó a la Universidad de Antioquia. Quería empezar el pregrado aún sin terminar el bachillerato, pero no pasó. El día del examen de admisión se le olvidó llevar el saxofón. Le prestaron uno, pasó la prueba del instrumento, pero perdió la otra.

—Esa fue la primera vez que me sentí frustrada con la música. Uno se puede sentir muy frustrado en esta profesión. Hay muchos no. Pero me acuerdo que me puse muy juiciosa a estudiar más y más. Al tiempo salió el concurso de la Banda Sinfónica Nacional Juvenil, pasé, estuve un par de semanas en Bogotá, hicimos conciertos, conocí un montón de músicos, me fue muy bien, y pensé sí, por aquí es. Aunque también me veía como directora, pensaba en eso todo el tiempo con cierta nostalgia —recuerda.

Después de la frustración vino la suerte. Una amiga le sugirió estudiar en Eafit, se presentó, pasó, pero necesitaba una beca. Y como un milagro, un día cualquiera llegó a su casa un primo, que estaba montando en bicicleta, lo cogió el agua y estaba aterido. No lo veían hace años, y resultó que su esposa trabajaba en Eafit. Ana fue con ella a la universidad, se cruzaron con Juan Luis Mejía, entonces rector, y él le dijo a Ana: “tiene un minuto para contarme porque quiere estudiar aquí”. Lo convenció y con eso se ganó una de las becas de rectoría. Así entró a estudiar música con énfasis en saxofón.

Hizo cuatro semestres, fue al concierto, escuchó a la orquesta, Beethoven, el destino, se cambió de carrera. Empezó a estudiar dirección, primero con la maestra Cecilia Espinosa, luego con el maestro Alejandro Posada.

—Era la mujer más feliz del mundo. Estudiaba horas y horas, me consagré. A veces, cuando estoy abrumada con el trabajo y el futuro, intento volver a esa sensación primigenia de por qué empecé a estudiar dirección y me tranquiliza mucho —dice Ana.

Todo rápido. El maestro le insistió que se pusiera al día, a la par de sus compañeros de dirección que le llevaban cuatro semestres de ventaja y la única manera de hacerlo era presentando un examen, es decir, un concierto que sería calificado por jurados. Casi nadie en la facultad estaba de acuerdo, parecía una locura, pero lo hizo: convocó amigos de Eafit, de la Universidad de Antioquia, armó una orquesta y presentó la Sinfonía Nº 1 de Malher. Pasó. Al año se graduó. Con una beca de Iberacademy se fue a hacer la maestría en Dirección Orquestal de la Escuela Superior de las Artes de Zúrich con el maestro Johannes Schlaefli. Dan dos cupos al año, Ana se quedó con uno.

Parecía un sueño, pero terminó siendo una pesadilla. Zurich es una de las ciudades más caras del mundo, la plata era poquita, vivía lejos de la universidad, sufrió el primer invierno, tenía que cuidar una huerta enorme y un paciente con Alzheimer en la casa donde vivía. Otra vez la frustración, la angustia. Al año volvió, estuvo un mes de vacaciones, los dedicó a recuperarse, estaba exhausta.

Volvió a Zúrich, a otra casa, en otras condiciones, todo parecía mejorar.

—Fuimos con mi maestro a Meiningen, Alemania, que es un ciudad muy importante, porque allá estrenó Brahms todas sus sinfonías, es como un centro histórico. Iba a dirigir Carmen de Bizet con la ópera de allá. Me acuerdo que había un letrero grandísimo que lo anunciaba, yo lo veía y pensaba, no puede ser, se me va a abrir el camino —dice Ana.

Pero llegó la pandemia y Ana tuvo que devolverse a La Unión, terminó la maestría de forma virtual, se graduó con honores y mandó montones de correos a orquestas del país para dirigir, pero nadie le respondió. Quiso ir a un concurso en Alemania, tenía todo listo, llegó al aeropuerto pero la aerolínea no la dejó viajar por el Covid-19. Entonces pensó en renunciar, pero se abrió una convocatoria para ser Director Asistente de la Suisse Romande. Era la primera vez que se abría el cargo en esa orquesta, su mamá le insistió en participar, era la última oportunidad que Ana pensaba darse como directora. Ganó. Ana es la primera persona –no sólo la primera mujer o colombiana– en el mundo en asumir el cargo de Director Asistente de la Suisse Romande, una de las orquestas más importantes del mundo. Estuvo dos años. Todo cambió.

En 2024 participó en el Concurso Malko, celebrado en Copenhague, Dinamarca y se quedó con el segundo lugar, el Premio del Público y el Premio del Jurado Joven. En 2025 asumió la dirección titular de la Orquesta Filarmónica de Medellín, y en la temporada 25/26 dirigió conciertos en Colombia, España, Noruega, Dinamarca, Alemania y Polonia.

—¿Qué hace a Ana una buena directora?

—Es muy difícil describir exactamente qué es. De alguna manera es como cocinar, hace falta tener unos ingredientes y ella los tiene, pero además es una persona muy disciplinada y yo valoro eso un montón en los estudiantes, porque talento hay mucho, pero disciplina no, y la disciplina es el reflejo de que realmente se lo está tomando en serio. Otra cosa es que ella asume la profesión desde la humanidad, y un director no está allí necesariamente para demostrar cuánto sabe y qué tan preparado está, sino para despertar la creatividad y las ganas de tocar de los músicos, que lo hagan con emoción. Porque ellos pasan por procesos de estudio y selección muy difíciles y necesitan tener al frente una persona que los inspire, que los centre y eso es lo que hace Ana –dice Alejandro Posada, su maestro.

De Mozart a Mercedes Sosa

El Teatro Municipal de La Unión parece construido en dos tiempos. A la entrada hay una puerta metálica, de garaje, un pasillo de paredes blancas y piso de cemento, frío y casi lúgubre. Es como un túnel. Al fondo, el auditorio de sillas rojas divididas por el pasillo que se extiende hasta el escenario iluminado con luces azules. El teatro ha sido cine, sede de ensayo de la banda sinfónica y del concierto de Filarmed.

—Para mí fue bonito ser parte de ese regreso. Estos conciertos recuerdan que la música sinfónica no pertenece únicamente a las ciudades o a los teatros. Fue muy lindo. Más allá del concierto, sentí que fuimos a compartir una experiencia con una comunidad. La emoción del público, ver cómo acompañaban a Ana en un momento tan especial tiene un significado aún más profundo. La llegada de la maestra a la orquesta ha sido una experiencia muy positiva para todos, desde el principio ha demostrado una gran preparación musical y eso genera confianza y permite también que el trabajo fluya de una manera muy natural. Es una persona muy amorosa, muy cálida y esta muy encaminada a llevar a la orquesta al mayor nivel posible —dice David Merchan, violista de Filarmed.

La orquesta tocó la Sinfonía n.º 41 de Mozart, una de las obras más conocidas y celebradas del compositor, las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss, en la voz de Julieth Lozano, una de las sopranos colombianas más importantes del mundo. Y al final una sorpresa, la Canción de las simples cosas, de Mercedes Sosa, la canción que escucha Hamer siempre que Ana se va.

Uno vuelve siempre/A los viejos sitios/Donde amó la vida/Y entonces comprende/Como están de ausentes/Las cosas queridas/Por eso, muchacho, no partas ahora/Soñando el regreso/Que el amor es simple/Y a las cosas simples/Las devora el tiempo...

Nadie sabía. Hamer lo contó ese día, al finalizar el concierto, entre lágrimas. Es sensible, llora fácil y se dejar ver llorar. Pero cuando Ana se va, él no llora, no en el aeropuerto, sino en la casa cuando escucha esa canción y nadie lo ve.

Ana tiene una premisa: se puede hacer la mejor música del mundo desde la humanidad, con tranquilidad y calidez. Con dulzura, como una forma radical de habitar sin herir.