Generación

¿Cómo hacer que la industria del cine sea sostenible en Medellín?

La productora Laura Franco analiza los retos de hacer cine en el país y el impacto de las leyes que profesionalizaron el sector técnico.

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Productora y fundadora de Clover Studios.

19 de mayo de 2026

Era solo una niña. Seis o siete años se reflejaban en mi cuerpo, en mi curiosidad y en mi inocencia. En mi memoria me veo saltando de un lado a otro, haciendo bromas y dejándome sorprender por todo lo que esos años traían.

Era la primera vez que mis papás salían solos, sin sus hijos, sin mi hermano y sin mí. El mayor quedó a cargo de la casa y del cuidado de la menor: yo. Esa noche parecía que iba a ser increíble, o al menos eso creía. Dos niños solos en casa, haciendo lo que quisieran, sin la vigilancia de los padres.

Mi hermano, como buen hermano mayor, decidió qué íbamos a hacer y qué íbamos a ver en el televisor. Para esa noche eligió Terminator 2: El juicio final. Mientras veíamos la película, acostados en la cama de mis papás, con las luces apagadas, el miedo empezó a meterse en mi cuerpo. Sin duda no era una película para una niña tan pequeña.

A medida que avanzaban las escenas, mi hermano se quedó dormido. En medio del susto intenté despertarlo varias veces, pero no lo logré. Mientras su sueño se hacía cada vez más profundo, yo empezaba a escuchar ruidos extraños en la casa. Veía las sombras de los árboles moverse como si fueran a entrar, como si el mismísimo Terminator fuera a meterse a la casa.

Como mecanismo de defensa, decidí llenarme de valor y tomar el bate de aluminio de mi hermano, varios centímetros más grande que yo y, sin duda, muchos kilos más pesado. Agarré el bate y salí en búsqueda de los sonidos que me asustaban. Era como si ese objeto me llenara de valentía para enfrentar cualquier situación.

Recorrí la casa. No vi nada extraño. Tomé una silla y me senté junto a la puerta, lista para atacar a cualquier intruso que intentara entrar a la casa. Pasaron los minutos. Nadie entró. Silencio absoluto. Mis ojos comenzaron a sentirse pesados. Traté de resistirme al sueño, pero me venció. Me quedé dormida ahí, detrás de la puerta, en una pequeña silla, abrazando el bate.

Ese momento marcó mi vida. Me hizo entender cómo el cine puede generar emociones intensas y llevarnos a recorrer lugares inimaginables. Lo que nunca pensé fue que, muchos años después, terminaría trabajando en cine.

Yo soy Laura Franco Franco. Soy productora de cine y llevo más de dieciocho años trabajando en la industria cinematográfica y audiovisual de nuestro país.

Muchas veces, al presentarme ante personas nuevas o de sectores distintos al mío, la curiosidad aparece de inmediato. No tardan en surgir las preguntas: ¿cine?, ¿cómo es hacer cine en Colombia?, ¿se puede vivir de eso? Y esas mismas preguntas, junto con muchas otras, también me las hice yo durante mucho tiempo.

Hacer cine en Colombia nunca ha sido sencillo. Y eso que nos sobran historias poderosas que merecen llegar a la pantalla grande. Nuestro cine ha pasado por muchos estados, pero su crecimiento se potenció cuando, desde lo público y lo privado, comenzamos a entenderlo como una industria sostenible en el tiempo, una industria con alto impacto en distintos sectores económicos, que genera empleo bien remunerado y una derrama económica tan significativa que llevó a crear estrategias para posicionar al país como un destino con capacidades logísticas y técnicas para recibir grandes producciones.

Nada de esto es gratuito. Ha sido el resultado de una estrategia sostenida, incentivos fiscales que promueven la producción local y otros que buscan atraer inversión extranjera, fortaleciendo la industria desde distintos frentes.

Aunque hoy es parte de mi cotidianidad, a veces, cuando salgo de esta realidad y miro hacia atrás, me sigue pareciendo increíble todo lo que hemos hecho: las producciones realizadas, los rincones de Colombia que hemos recorrido, los actores, directores, productores y equipos con los que hemos trabajado. Hemos tenido la fortuna de conocer gente profundamente talentosa y de aprender tanto de lo bueno como de lo no tan bueno.

Entonces, ¿cómo es hacer cine en Colombia?

Hacer cine es una labor titánica en cualquier país. El reto siempre es el mismo: hacer realidad la visión creativa del director dentro de una realidad financiera y de producción que muchas veces no está en la misma sintonía. Y, aun así, lograr una película que conecte, con una historia potente, actuaciones que conmuevan y escenarios verosímiles.

Ahí aparece el papel del productor: armar el rompecabezas perfecto, lograr que todas las piezas encajen y conformar el equipo ideal que cargará sobre sus hombros el rodaje, con un único objetivo, llevar a la pantalla una película de excelente factura.

Hacer cine requiere una maquinaria enorme. Pueden ser cientos de personas. Siempre hay una voz creativa que lidera, el director; un ojo afinado que encuentra el mejor ángulo, el director de fotografía; un diseñador de producción o director de arte que construye el universo de la película; productores, vestuaristas, maquilladores, equipos de cámara y luces, transporte, alimentación y muchos más. El cine es interdependencia pura. Es, quizá, la mejor escuela para aprender a trabajar en equipo, algo que, por nuestra naturaleza, a los colombianos se nos da muy bien. Hacer cine es asumir grandes retos y vivir enormes satisfacciones, muchas veces sin que nadie se entere.

Y entonces vuelve la pregunta: ¿cine?, ¿Colombia?, ¿qué tiene para ofrecer Colombia?, ¿qué tiene para ofrecer Medellín?

Tal vez nunca imaginamos que la diversidad colombiana funcionara tan bien para hacer grandes producciones como American Made, My Neighbor Adolf, Mile 22, UNO, Gemini Man, o series como Cien años de soledad, Estado de fuga 1986 o la serie documental de James Rodríguez. Todas realizadas por empresas colombianas, bajo los más altos estándares de calidad, sin nada que envidiarle a ningún otro país.

Colombia puede mostrarse como Colombia: playas paradisíacas, selvas densas, páramos majestuosos. Pero también puede transformarse en cualquier otro lugar del mundo. Podemos recrear arquitecturas modernas o coloniales, construir sets desde cero y ofrecer una variedad de locaciones tan amplia que, a veces, elegir una se vuelve una tarea difícil porque la siguiente parece aún mejor.

Sí, en Colombia se puede hacer cine. Hoy existe un crecimiento sostenido de la industria, la posibilidad de participar en festivales internacionales de gran prestigio y la capacidad de atraer grandes producciones extranjeras que, además de generar empleo, propician una transferencia invaluable de conocimiento.

Todo esto responde a una política pública clara y a la creación de dos leyes de cine con una visión complementaria. Por un lado, la Ley 814 de 2003, que fomenta la producción de cine colombiano y hace posible que nuestro cine exista, incentivando nuevas voces y protegiendo la diversidad creativa. Por otro, la Ley 1556 de 2012, que fortalece el cine como industria, profesionaliza los equipos, genera empleo y posiciona a Colombia como un foco clave de producción cinematográfica en Latinoamérica.

A este esquema de incentivos se suma un beneficio adicional: el de la Comisión Fílmica de Medellín, que ofrece un cash rebate o devolución en efectivo a las producciones que contraten empresas y personal de la ciudad. Este incentivo se ha convertido, poco a poco, en un factor decisivo para que muchos productores elijan Colombia y Medellín como destino para sus proyectos.

Hacer cine depende de muchos factores. Sin duda, Colombia y Medellín cuentan con gran parte de ellos. Hemos ido adquiriendo experiencia y conocimiento, seguimos enfrentando retos para mejorar nuestra competitividad, pero hay algo que siempre queda claro al final de cada producción: el crew colombiano es diferente.

Es diferente porque es recursivo, porque es amable y proactivo, porque sin perder el profesionalismo disfruta el rodaje. Y eso hace que quienes vienen a filmar a Colombia se vayan enamorados, con ganas de volver.

Tal vez toda esta historia que les cuento, sobre el cine colombiano y sobre mi propia experiencia empezó esa noche, cuando una niña se quedó dormida abrazando un bate de baseball. Sin saberlo, ya estaba aprendiendo que el cine también es miedo y valentía. Y cada vez que empiezo un nuevo proyecto, un documental, un videoclip, una película o una serie, vuelvo a ser esa niña que creyó que todo era posible.