Generación

Débora Arango en el Museo de Antioquia: una casa para la guerrera

La familia de la maestra envigadeña “prestó” piezas de la colección personal que la maestra dejó en herencia y ahora hacen parte de una sala íntima que tendrá de manera permanente el Museo de Antioquia.

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hace 24 minutos

Habíamos olvidado que Débora, la guerrera, tenía una casa donde dormía, crecía, esperaba. Allí se fortalecía antes de salir a incendiar el país. Allí se atrincheraba durante las escaramuzas y apagaba la vigilancia de maestros, políticos, periodistas y curas. Allí era bendecida por las manos de sus padres, y revoloteaba ligera como una más de sus seis hermanas, entre hilos, sábanas, vajillas y recetas. Allí, desnuda, mientras se miraba en un espejo en su cuarto oscurecido por cortinas verdes, rumiaba lo que había hecho y se encendía pensando en lo que iba a hacer. Allí escuchaba el rumor de la radio que trastocaba la calidez del refugio con la temperatura inclemente del mundo exterior. Entonces tenía pesadillas con batracios y murciélagos oscuros, con palomas y mujeres desventradas, de las que se curaba pintando, pero también regando las matas del frondoso jardín del patio interior.

Es que, para entender a Débora Arango, hay que verla no solo afuera con su ráfaga de pinturas desafiando la ciudad, sino que también hay que observarla adentro de las puertas de su búnker doméstico. Hoy, por fortuna, la esencia de aquella casa ha llegado al Museo de Antioquia. Esa casa mayor que convoca todas nuestras imágenes y en la que, hasta el momento, Débora inexplicablemente solo era una ausencia, un hueco en su narración de la región.

Por supuesto, no han llegado los muros blancos que se quedaron como guardianes mudos en Envigado, pero sí aterrizaron aquí sus fantasmas, insistencias, dudas, sonrisas. Todo lo que guardó la artista con celo hasta el momento de su muerte. Es que se trata de la colección personal de la maestra, de la que no se desprendió cuando hizo su gran donación al Museo de Arte Moderno y a la historia en la década de los años 80, y que luego permanecería bajo la custodia de su familia.

La procedencia de esta selección da la clave de su importancia. Pues las obras que aquí se reúnen son las de su entraña, las que eran el bajo continuo de sus días: los retratos de su círculo íntimo, las epifanías en el momento preciso de emerger, las bromas pícaras, algunas cerámicas enloquecidas, pero también, a veces, simplemente los silencios que se le quedaban varados en las esquinas vacías del papel. Es decir, nos adentramos aquí en la cocina íntima de su pintura, trazada con lápiz, tinta, tiza y acuarelas. Ella se nos ofrece siguiendo un ritmo sereno, pero seguro e insistente, a lo largo de esta sala que recrea la gravedad de la habitación privada donde la artista se reconstruía a sí misma cada instante, cada día.

Una política “apolítica”

Esta es sin duda otra visión de Débora. Va más allá del incendio de sus óleos, sus testimonios radicales, sus atrevimientos descarnados. No hallaremos aquí muchos de esas pinturas, ya iconos del arte nacional y latinoamericano. Al contrario, la curaduría “Débora Arango (1907-2005). El mundo en primera persona”, realizada por Camilo Castaño, tiene otro norte: tejer la fundamental trama de sus orígenes, escuchar sus balbuceos íntimos y revelar sutilmente la emergencia de un alma. Asistimos entonces a la mirada curiosa de la joven Débora y escuchamos sus murmullos poéticos, sus plegarias profundas, sus conmociones. Nos contagiamos de la doméstica alegría de vivir de sus bodegones, pero también de la urbana alegría de pintar cuando iba a El Bosque de la Independencia, a la elegante y entonces verde avenida de La Playa, a la efervescente plaza de mercado de una ciudad que, como ella, apenas despertaba.

No son estas solo unas obras colgadas al lado de otras, sino la brújula de acceso a la monumental montaña en la que se convertiría después Débora. Pues aquí todo lo que sería después sólido todavía tiene la levedad de las apariciones, los ensayos, las intuiciones. Las imágenes vuelan, se atraviesan, se traspapelan, se posan en la misma hoja, a veces incluso quedan boca abajo, con la espontaneidad y libertad de las ideas cuando aún no se han concretado.

Y, por esta ruta emergen, las grandes pasiones en las que se enmarcaría el resto de la vida de la artista: el devenir político y social del país, y el cuerpo de las mujeres. La exposición está punteada muy acertadamente por la voz de Débora quien hace su propio relato. En estos testimonios sin ambages aparecen la sorpresa de que la artista más política de Colombia se considerara a sí misma ¡apolítica! Obviamente lo dice en el sentido de que no se adscribió nunca al tóxico bipartidismo de su época, contra el que tanto se fue de frente. Sin embargo, la política está presente en cada respiración de Débora, en cada pincelada porque a ella nada de lo humano le era indiferente.

La vemos entonces buscar la gramática esencial, el vocabulario gráfico básico, de sus grandes cuadros políticos en breves y concisos dibujos de policías y militares, con sus uniformes, poses envaradas, actitudes déspotas. También es posible rastrear la aparición de los cuerpos vociferantes que construirían las grandes masas que retrató en el siglo de las movilizaciones populares. En varios bocetos, se dedica con esmero a sintetizar uno a uno a los individuos con los que saturará después sus composiciones épicas. Esta búsqueda formal de los vilipendiados poderosos llegará en la muestra a dos figuras reconocibles: Berta de Ospina y Belisario Betancur en sus hombros, en un apunte sarcástico y provisional, hecho con tiza sobre una superficie negra, donde se muestra la capacidad de Débora para captar personajes con trazos y gestos mínimos.

Mujeres paganas

La búsqueda del cuerpo de la mujer fue otro de sus motores. En la exposición hay una ruta plástica y potente que se extiende entre la mirada clara de su madre, las manos torcidas de las matronas, los moños enormes de las niñas, los gorros almidonados de las monjas, la seducción bajo el sombrero de una dama, los senos desafiantes bajo blusas ajustadas y el único desnudo al óleo de la exposición. Más que mujeres, éstas son sus máscaras, su puesta en escena, su teatralización. Y Débora quiso diseccionarlas sin respetar límites ni conveniencias.

Como lo recuerda otro de sus testimonios, ella pensaba que en el fondo toda mujer tenía algo que ocultar. A ese no sé qué salido del guion de la camándula y de los manuales de urbanidad, le ponía el provocador nombre de “paganismo”. Y la artista buscó siempre escudriñarlo en las estudiantes, las actrices retiradas, las mujeres opulentas de Guayaquil, las que parían en la cárcel, las que sepultaban sus cuerpos con hábitos, las que tomaban el sol en la piscina del club, las que besaban los anillos de los obispos. Todas eran un misterio. Y ella reconocía en cada una su lucha por esconderlo detrás del disfraz correcto en un mundo que no les ofrecía otra opción. A Débora también le enseñaron a usarlo, solo que se lo ponía y se lo quitaba a su antojo.

Cuando pintar se convirtió en un vicio, empezó a robarse la imagen de las mujeres de su casa. Y aquí las vemos. Es que ellas siempre estaban ahí, dispuestas, en sus labores eternas, mientras los hombres iban y venían. Qué paisajes no encontró en el cuello arrugado de una anciana tomando chocolate, en la línea de las espaldas volcadas sobre la costura, en las piernas cruzadas como última defensa, en la sensualidad explotando debajo de tocados de flores. Sobre papeles, cartones, empaques de medias veladas representaba esos cuerpos en escena. Pero su disección la fue llevando hasta el grado de quitarles los gorros, las faldas, las perlas, incluso la ropa interior. Solo quería la verdad. Entonces se encerraba con ellas en un cuarto semioscuro de la casona a interrogarlas con su mirada y sus pinceles. Sin embargo, debajo de los vestidos, solo había pieles rosadas que seguían ocultando lo que quería ver: su secreto.

La sala exhibe este despojamiento, desde dibujos preparatorios donde buscaba maniáticamente los resortes de la gramática anatómica, pero también la de la sensualidad, hasta el espléndido desnudo, tendido al lado de un gabán y una pipa. Este es un cuerpo pleno, sinuoso, vivo, deseante, que contradice en cada poro al desnudo de Francisco Antonio Cano (muy acertadamente puesto al lado en el montaje), donde las mujeres aparecen acorraladas, sin voluntad ni rostro, apenas un pedazo de carne caído en el pecado o la desgracia de los altares lúbricos masculinos. Es que Débora fue la primera artista en la tradición nacional en nombrar a esa inédita mujer que gozaba autónomamente y sin remordimiento su propio cuerpo.

Nunca sabremos a ciencia cierta cuál era el secreto que la misma artista guardaba. No solía hablar en primera persona y fue reacia a hacerse autorretratos. El que hay en la sala es el único que realizó en un gran formato, pero allí aparece de espaldas, con el rostro hundido, apenas una sombra sin peso, a los pies de su padre enfermo. No tenemos su imagen, pero, sin embargo, podríamos decir que quizás la artista no hizo más que retratarse a sí misma a través de todas las máscaras de una logia de mujeres convocadas con complicidad alrededor de su particular secreto innombrable.

Otra certeza que nos deja esta exposición es ese borde poroso entre lo personal, lo social y lo político que atravesó en todo momento la mirada de Débora. En este sentido, una obra fundamental es “El Promesero”, alrededor del cual los habitantes de Casablanca se reunían a rezar el rosario. Es decir, ésta era una figura hecha para los ritos católicos. Sin embargo, Débora incluyó a los pies de Jesús, una familia de descastados y hambrientos colombianos, cuyo padre tenía la misma cara herida del Cristo. La religión tampoco estaba aparte de su conciencia social.

Es otra la historia del uso de los animales en su recinto privado. Si sapos, ratas, buitres se convirtieron en la estrategia alegórica que le permitió a la artista retratar la ruidosa clase política del país en muchas célebres pinturas, en su casa esta fauna se aliviana de su carga moralizante. Aquí lagartijas, peces, patos mezclan su forma con la practicidad de la boca o la oreja de una jarra, una bandeja, un plato, de sus cerámicas surrealistas y retadoras. Es que en su hogar mandaban los dioses lares, y ella, sumisa, se acogía a la gran ley doméstica más allá de su explosiva actividad iconoclasta en el espacio público.

Este altar a la casa, las mujeres, los inicios, la privacidad, que se acaba de construir en el Museo de Antioquia, cambia todo el guion de esta institución, que hasta ahora giraba en torno a los grandes maestros masculinos de Antioquia. Un relato donde el arte de las mujeres era apenas una curiosidad en un tono menor y periférico. Pero, por otro lado, también cambia el guion de Débora en la ciudad, donde no había un lugar estable que contara su historia desde el principio. Un Museo que se remueve, una colección que respira, la imparable Débora sigue haciendo de las suyas.