Generación

“El que cocina es capaz de hacerte abrazar la memoria”: Natalia Jaramillo, poeta

Remedios para enfermedades incurables (Angosta Editores, 2026), el nuevo poemario de la envigadeña Natalia Jaramillo, usa la cocina antioqueña como espacio para hablar del duelo, el erotismo y la memoria.

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hace 4 horas

Como a las señoras de su poemario, a Natalia Jaramillo no le gusta que le digan cómo hacer sus frisoles. Tampoco que la ayuden mientras está en la cocina. Le gusta, en cambio, concentrarse en la receta, en los distintos procesos, cuidar la sazón. Le gusta tejer, viajar en moto y escribir versos con un lenguaje cercano para recordar que en todos los caminos y en cada plato habitan la sensibilidad y el dolor, la intimidad y el barrio, las familias numerosas y sus historias, la ciudad y el país que ha recorrido por años.

Versos como los que entretejen su más reciente publicación, Remedios para enfermedades incurables (2026), uno de los lanzamientos de la editorial antioqueña Angosta Editores en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Un poemario que explora la gastronomía local y familiar como espacio poético para pensar lo íntimo, desde los duelos hasta el erotismo, y también para resolver en las recetas algún dolor, alguna ausencia, pero también para conjurar un país. Porque el poemario es al mismo tiempo un viaje por Colombia, por el Valle y las montañas de las tres cordilleras, por el Llano bajo el sol de los venados, por las veredas de la memoria colectiva.

Natalia es literata de la Universidad de Antioquia, magíster en escrituras creativas de la Eafit, dieciocho años profesora, nueve años copy creativa en una agencia y ante todo, poeta. Ha publicado los poemarios Poemas para matar a un hombre (1999), Poecitas (2013), Golosinas para comer con las manos sucias (2016), Toda la sangre que nos queda (2019) y Colección de piedras robadas (2022). Esta escritora nacida, criada y actualmente radicada en su natal Envigado, de hecho, se acomoda hoy frente a su biblioteca en la misma casa que la vio crecer para recapitular sobre su vida, su obra y sus caminos.

¿Cómo comenzó el camino hacia la literatura?

“Crecí en una familia muy normal, con papás que no eran académicos: mi papá era transportador, tenía buses, y mi mamá fue ama de casa. Fui una niña común y corriente, pero eso sí, necia, muy muy necia: horrible. Cargaba con ese lastre de la que llegaba a las casas y dañaba las matas, quebraba alguna porcelana. Mi mamá sufrió mucho y me decía: ‘Es que a usted nadie la entendía’. De hecho, luego me diagnosticaron con hiperactividad, pero nunca fui medicada. Por ahí en algún punto descubrí los libros”.

¿Qué leías?

“Cuando yo era chiquita, no había libros infantiles. O sí había, pero no teníamos ese acceso como hoy; de pronto estaban Julio Verne, Stevenson, esas novelas un poco más de aventuras, pero algo en mí pasó que descubrí que me gustaba y me era fácil escribir. Así, en el colegio, ponele que yo tuviera 13 años. Uno tenía unas agendas que forraba en paquetes de dulces extranjeros, y ahí me encantaba escribir pensamientos, frasecitas, pues pendejaditas, pero un profesor de español se dio cuenta de ese gusto por la escritura y la lectura y, me defendía porque a veces no entraba a clase por andar leyendo, no escuchaba el timbre de lo concentrada [risas].

Por esa época mi hermana mayor sí leía mucho. Digamos que la biblioteca de mi casa era la de ella, estaba suscrita a Círculo de lectores y con ellos se compraban los libros. Y de ahí empecé a leer mucho y empecé a escribir como esas cositas que te digo. Yo estudiaba en Sabaneta en un colegio que era medio rural, y por allá en décimo el profesor de español me dijo que ahí cerca estaba la Casa de la Cultura y que estaban armando un taller de escritura. Y te digo, Jorge, que eso fue como el día y la noche, me cambió la vida.

¿Por qué?

Ahí empecé a descubrir qué era la poesía. No tengo recuerdos de reconocer algo como poesía hasta ese momento. El poeta que coordinaba el taller nos llevaba poemas de Juan Manuel Roca, Giovanni Quessep, Meira del Mar, mucha poesía colombiana y latinoamericana, hacíamos ejercicios... Imagínate desde ahí comencé a ir a recitales, al Festival de Poesía, muchas cosas distintas en la vida de una adolescente en los 90 con una Medellín de mucho voltaje. Fue muy bonito porque me di cuenta que había otra gente haciendo lo que yo hacía, con intereses y emociones similares. Estuve muchos años y ahí nació Poemas para matar a un hombre.

Poemas para matar a un hombre fue publicado cuando ganó uno de los Premios de Arte Joven en Antioquia en 1999. Una segunda edición vio la luz en 2013 y una nueva edición está en el horizonte próximo. ¿Cómo ves la poesía de esa primera Natalia hoy cuando reeditas y relees su poesía?

No recuerdo quién es el que dice que todos los poetas deberían quemar su primer poemario, pues por obvias razones [risas]. Ay, yo tenía, ¿cuántos años? 20, 22 años cuando se publicó ese libro y obviamente contiene la escritura de una mujer de esa edad y poemas que traía desde los 18, 19... Pero ese poemario yo lo quiero mucho, porque me abrió muchas puertas.

Tiempo después estudiaste una maestría en escritura creativa en Eafit donde nació Colección de piedras robadas, ¿cómo fue ese proceso?

Universo Centro había planteado un ejercicio de escritura del centro, en el que yo hice parte. A mí me encanta la crónica periodística, es de mis géneros favoritos, pero pues yo no soy una buena narradora ni nada. Entonces dije, voy a hacer lo que yo sé hacer: retratos del centro, como si fueran perfiles, pero en poemas. Tendría unos doce poemas, cuando comenzó la pandemia.

A medida que pasaron los meses, yo decía, ya qué, y pensaba no seguir escribiendo ese libro. Por consejo de un profesor de la maestría que estaba haciendo por esa época, comencé a volver cuentos esos poemas como proyecto final de la maestría. Y eso me hizo me animó a seguir con los poemas. Entonces, cuando le presenté los dos, mi asesor me dijo, “Los cuentos no están mal, pero yo siento que les falta trabajo. En cambio, este poemario está listo. Gradúese con el poemario”. Y ahora pienso que, de hecho, con Piedras robadas llegó como el momento de la madurez.

En tu poesía, la veta más introspectiva y lírica, tiene un lugar importante, hay un rumiar lo vivido que me hace pensar en el silencio de quien teje, y a ti te encanta tejer. ¿Qué piensas de este espacio de introspección que ofrece el poema?

Qué belleza eso que dices. Y sí, mira, mientras escribía Colección de piedras robadas, como que yo quería que fuera todo calle. Pero en la pandemia el mundo se nos entró muy profundo a las casas. Yo no tuve muertos en la pandemia, ni tuve enfermos, pero todo era como muy fatídico, muy incierto. Y me dediqué a tejer y bordar mucho. Vivía en una casita chiquitica y me salía al techo a coser y a mirar los otros techos porque me sentía muy encerrada. La pandemia fue muy silenciosa. Eso fue impresionante y me gustaba. Fue un tiempo muy de eso, de pensarse, de silenciarse. Y la cocina también es un poco eso. Vos estás cocinando y por más que haya sonido afuera, vos estás ahí. Es lo mismo que tejer: cuando las manos lo vuelven mecánico, el cerebro como que descansa, está como tranquilo pensando en otras cosas, y aparecen los poemas.

Como que en el acto de entregarse a la acción, ¿se piensa mejor?

Yo no sé si a vos te pasa, pero lavando los platos, los poemas que llegan a la mente son lo máximo. Yo muchas veces digo, “Bueno, voy a parar y voy a anotar, porque esto se me va a olvidar.” Y si no los escribo se me olvida. Lo mismo en la moto. Nosotros con mi marido viajamos mucho. Hay momentos en medio de esos paisajes en los que le digo, “Espérate un momentico y me mando un audio para acordarme de algo importante”.. Muchos de los poemas de Remedios los escribí o nacieron ahí como con el regusto del viaje, ¿sabes?, recordando el sabor de algo.

En el libro por lo menos la mitad o más de los poemas, exploran la cocina, y la gastronomía cotidiana antioqueña, colombiana. Y concretamente el uso de la receta y la instrucción es transversal al estilo del poemario.

Yo venía con ganas de escribir un libro que tuviera que ver con la cocina, y comencé a escribirlo hace quince años por lo menos, mucho antes de Colección de piedras robadas. Quería contar cómo es mi cocina a través de poemas, o cómo las hacía mi mamá o mis tías, que fuera una especie de recetario sentimental, el plato unido a lo que genera en uno. Eso me viene quizás de mi mamá que cocinaba muy bueno y era muy juguetona con la cocina. Mi mamá tuvo catorce hermanos y nueve fueron mujeres. El gentío en la casa de la abuelita era impresionante. Recuerdo la cocina era gigante con un mesón de baldosín donde uno se sentaba y ahí ocurría la magia. Todo era como en esas típicas familias antioqueñas, siempre estaban ellas cocinando porque eran esos gentíos.

Pero también me interesan las contradicciones, no quería quedarme corto con una mirada ingenua. Cuando trabajé en la agencia, recuerdo que una empresa tenía la idea de volver a lanzar el molino de maíz manual. Y entonces cogieron a un grupo de señoras, un focus group, para preguntarles cómo les parecía. Ellas odiaron la propuesta [risas]. Es que la cocina también ha sido un sitio de esclavitud, de represión. Muchas hemos podido resignificar ese espacio, pero decime, yo pienso en mi abuelita cocinando toda la vida, todos los días para 14 muchachos. No creo que tuviera el gusto de mi mamá y el mío por la cocina.

Quizás la palabra que más se repite a través del libro es memoria y lo vemos surgir en poemas que van de temas muy variados. ¿Qué hay en esa relación entre cocina y memoria?

El que cocina es capaz de hacerte abrazar la memoria. Ahora que no tengo a mi papá y a mi mamá, creo que hay una necesidad más fuerte de no dejar escapar esa memoria, porque ya no hay quien esté recordando. Hay mucho de eso en los poemas del libro. Creo que era una manera también de traerlos a ellos.

En tus poemarios, pero especialmente en este a mi parecer, es notoria la casi invisibilidad de los hombres, mientras las mujeres son un montón, tienen cuerpo, lugar, amplias referencias a su hacer, sentir... ¿Dirías que es una apuesta de tu poética?

El mundo ha cambiado mucho Y es inevitable que en estos dos últimos poemarios, la visión de la mujer sea protagónica, Esa nueva mirada que también se ha vuelto en la mirada de una. A mí me encanta lo que está pasando, que la mujer esté viviendo otro momento y qué bueno hablar de eso. Es que si vos estás en medio de una guerra y escribís un poema de amor, seguramente en ese poema de amor van a quedar esquirlas.

El poemario instala una intimidad muy particular, una que se siente muchas veces resignada y otras mucho más segura, reivindicativa, particularmente entre esos personajes femeninos...

Como un montón de mujeres hablando en una cocina y uno parando bolas de qué es todo eso que hablan. Pues fíjate que “Para mis mujeres” es un poema del libro muy así, muy reivindicativo del paso del tiempo y de la vejez. Ese lo disfruté mucho por eso. Me soñaba como leyéndoselo a mis amigas y a mis hermanas, dedicándoselo a ellas.

Otro de tus grandes amores es viajar en moto. Aparte de los poemas que cosechas en el camino, qué otra cosa te has llevado de alguno de esos lugares a donde has ido.

Hemos ido a Pasto, Tumaco, Cúcuta, la Guajira, el Chocó, a los Llanos, Boyacá, Cundinamarca... Viajar en moto es muy bonito porque vos te movés con el paisaje. La lluvia, la neblina, el calor, el viento, la arena, la tierra, las piedras, el humo, están ahí en contacto y vos llegás con todo eso por dentro. Toca enfrentarse a muchas cosas pero entonces descubrís que la gente es buena en todas partes, que está dispuesta a ayudar.,. Descubrir la vida en otras partes te permite ver que no somos el ombligo del mundo.