Generación

¡Hippocalipsis!, en el país de los hipopótamos

En el libro ¡Hippocalipsis!, el historiador Santiago Rueda analiza cómo los hipopótamos del Magdalena Medio, símbolo del exceso y del narcotráfico, terminaron colonizando el imaginario colectivo del país.

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hace 2 horas

Una vez más el drama de la presencia de hipopótamos en el país gira sobre sí mismo y se muerde la cola. El recién posesionado ministro de Ambiente, Fabio Arjona, anunció que su cartera prepara un nuevo plan de acción para el manejo de la especie declarada invasora, que al parecer desconoce el que había dejado el gobierno anterior con una ruta que incluía esterilización, traslocación y eutanasia de los cerca de 200 ejemplares que se estima habitan hoy el Magdalena medio.

Un giro dramático que devuelve este conflicto socioambiental a un punto muerto. La inacción que aguarda indolente el desastre anunciado. Quizás sea esa tozuda forma de dar vueltas lo que ha hecho que el destino de estos animales vaya adquiriendo las características de una fábula, el carácter de un mito y los visos de una leyenda. Formas de un naciente símbolo nacional con el que un creciente grupo de artistas se ha fascinado, y que se están encargando de narrar y descifrar, como si fueran una especie de juglares actuales de un bestiario mítico de un solo animal.

Santiago Rueda, historiador, crítico de arte y curador, conocido por su trabajo sobre las relaciones entre sustancias ilícitas y el arte y la cultura, fue el encargado de hacer un primer rastreo de este particular grupo de artistas, y de convocarlo a una improbable exposición que llamó “Microdosis para domar al hipopótamo interior”, realizada en Bogotá el año pasado.

“Después ya no hubo forma de parar”, dice Rueda sobre la génesis del libro ¡Hippocalipsis!, que describe y analiza obras de una docena de artistas hipopótamo-fascinados, entre ellos Carlos Castro, Manuel Barón, Alberto Baraya, Nadín Ospina, José Manco, Camilo Restrepo, Andrés Villa, Divino Maik, Harold Ortiz, Iván Navarro, X Andrade y los fotógrafos Édgar Jiménez, Stephen Ferry y Zoraida Díaz. “Cada uno explora una faceta distinta de esta criatura que parece desplazarse continuamente entre la fábula y la realidad”, porque “los invasores anfibios no solo colonizaron un territorio. También colonizaron el imaginario colectivo”, dice el autor.

¿Cuándo descubrió un interés emergente en los artistas colombianos por la figura del hipopótamo?

El hipopótamo apareció como un capítulo más de una investigación que llevo haciendo desde hace casi veinte años alrededor del arte, la guerra contra las drogas y las economías ilegales. No fue exactamente que un día me levantara y dijera: “Voy a investigar hipopótamos”. A estas alturas, después de cuatro libros y varias exposiciones sobre el tema en Colombia y otros países de América del Sur, uno ya sabe que cuando empieza a escarbar en el asunto puede encontrarse cualquier cosa. Incluso un hipopótamo. En 2025 estaba curando la exposición Todo lo sólido se desvanece en el espacio, de Nadín Ospina, y escogimos unos de sus Bizarros gourmet, de 1993: una cerámica que copia una pieza arqueológica tairona, pero que representa, nada menos, que un hipopótamo. Un hipopótamo tairona. Algo bastante improbable incluso para Colombia. Y ahí el hipopótamo comenzó a aparecer con una insistencia sospechosa.

Hasta convertirse en exposición...

Poco después me invitaron a hacer una exposición alrededor de las sustancias ilícitas y decidí trabajar sobre esa figura ya emblemática del gigante africano, titulándola Microdosis para domar al hipopótamo interior. Lo interesante es que mientras más buscaba, más atrás aparecía la figura. Encontré, por ejemplo, que Osuna ya había dibujado hipopótamos en sus caricaturas de 1983, y allí el animal aparece como la conciencia moral en el escándalo y caída del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla. El paquidermo ya estaba circulando en el imaginario artístico mucho antes que se convirtieran en el problema ambiental que conocemos hoy. El hipopótamo terminó siendo una figura particularmente potente porque condensa el exceso, el poder, la violencia, el paisaje, la transformación de la naturaleza y esa capacidad tan colombiana de convertir una economía ilegal en una cultura que termina filtrándose por todas partes.

¿Por qué un animal exótico, sin arraigo cultural o identitario en el país, como sí lo tienen el cóndor, el jaguar o el oso de anteojos, por ejemplo, captura la atención y despierta fascinación entre un grupo de artistas muy diversos?

Creo que justamente porque no tiene arraigo. El hipopótamo llega a Colombia sin historia, sin mitología local, sin aparecer en el escudo nacional y, sobre todo, sin que nadie lo haya invitado. Y eso lo vuelve tremendamente atractivo para los artistas. Colombia ya tiene un zoológico simbólico bastante completo. Tenemos prácticamente un animal para cada situación de la vida nacional. El cóndor, por ejemplo, tiene el cargo de representar la patria desde el escudo. Es un animal solemne, republicano, de grandes alturas. El cóndor en una oficina pública no desentona. El jaguar ya viene con una hoja de vida mucho más antigua: aparece en las cosmologías indígenas, asociado con el poder, la noche, la selva, la transformación. No necesita que un artista le explique quién es. El jaguar ya sabe perfectamente quién es. El oso de anteojos me parece extraordinario, porque el nombre ya lo humanizó completamente. No es simplemente un oso: es un oso que usa anteojos. Uno inmediatamente imagina que lee, que tiene una biblioteca, que trabaja en una universidad y que está ligeramente preocupado por la situación del país. Es muy difícil no sentir simpatía por un animal al que le hemos puesto gafas.

El delfín rosado del Amazonas parece un personaje de literatura infantil o alguien que decidió cambiar de profesión y dedicarse a la vida acuática. El chigüiro tiene uno de los nombres más colombianos posibles, parece más un vecino del pueblo que un roedor gigantesco. El armadillo viene equipado con su propia arquitectura. El oso hormiguero tiene un oficio incorporado al nombre. Y podríamos seguir: la rana de cristal parece inventada por un artista conceptual; la tortuga charapa, trae un nombre que parece de personaje de novela; la guacamaya, el tucán, el caimán, el manatí, la danta, el puma, el venado, el mono aullador... Colombia tiene una fauna que parece haber sido bautizada por un grupo de escritores con bastante tiempo libre. Es decir, ya teníamos armado un bestiario nacional, y además bastante humanizado. Tenemos animales que representan la patria, la selva, la montaña, la Amazonía, la conservación, la sabiduría, la resistencia, la astucia. Cada uno parece tener un personaje asignado.

Y, sin embargo, aparece el hipopótamo...

No tiene gafas, no tiene un nombre cariñoso, no es de aquí, no aparece en ninguna mitología colombiana y tampoco tiene un papel histórico que cumplir. Llega de África, directamente a una finca de Pablo Escobar, y se instala en el Magdalena Medio. Es un animal enorme, pesado, semiacuático y, digámoslo claramente, bastante difícil de ignorar. Y ahí empieza lo interesante. Porque el hipopótamo no llega a un paisaje vacío. Llega a un país que ya tiene una idea muy elaborada de cuáles son sus animales y qué significa que un animal pertenezca aquí. El hipopótamo obliga a mirar nuevamente el paisaje. Nos hace preguntarnos qué significa pertenecer a un territorio, quién decide qué pertenece y qué no, cuánto de la naturaleza que llamamos “colombiana” es realmente natural y cuánto es producto de decisiones humanas. En ese sentido, el hipopótamo es casi un extranjero que llegó sin papeles, se quedó treinta años, tuvo hijos, nietos y ahora participa activamente en la discusión sobre quién tiene derecho a vivir aquí. La diferencia con cualquier inmigrante es que este pesa toneladas, tiene colmillos y vive en el río.

¿Qué características ha encontrado en esos artistas, en términos de técnicas, miradas, procedencias?

Creo que lo más interesante es que no existe un “perfil del artista hipopótamo”. Hay artistas de distintas generaciones, procedencias y maneras de trabajar, y utilizan pintura, escultura, fotografía, dibujo, grabado, textil, instalación, archivo, investigación. Es decir, el hipopótamo se ha metido en prácticamente todo el zoológico de las artes. Y sin pedir permiso. También las miradas son muy distintas. Para algunos aparece como una especie de fósil contemporáneo; para otros, como un animal exótico, una anomalía del paisaje, un personaje casi cómico o una consecuencia bastante concreta de la historia del narcotráfico. Hay quienes lo utilizan para hablar del territorio, del poder, del gusto, de la naturaleza, de la memoria o de nuestra relación bastante problemática con lo que llamamos “natural”. El hipopótamo no funciona como un símbolo cerrado. Cada artista parece encontrar en él una cosa distinta. Uno puede verlo como un animal, otro como una ruina, otro como una mercancía, otro como una amenaza y otro, sencillamente, como un personaje que llegó a Colombia y decidió quedarse. El hipopótamo tiene esa virtud: se deja interpretar con una generosidad admirable.

En esa diversidad, todos comparten cierta fascinación...

Hay algo que sí comparten: ninguno se conforma con decir “hay un hipopótamo”. Eso sería demasiado fácil. El artista necesita preguntarse por qué hay un hipopótamo, quién lo puso ahí, qué significa que esté ahí y qué nos dice de nosotros mismos. Por eso no me interesaba hacer una especie de catálogo de “artistas que trabajan con hipopótamos”, sino mostrar cómo un mismo animal puede activar preocupaciones completamente diferentes. Al final, el hipopótamo termina siendo una especie de espejo. Cada artista lo mira y, de alguna manera, termina hablando de sus propias obsesiones. El pobre animal carga con todo eso sin haberlo solicitado.

Con Bizarros gourmet de 1993 -el año de la muerte de Escobar-, Nadín Ospina funda un mito prehistórico...

Sí, y me parece muy significativo que lo haya hecho eso en 1993, porque tomó un animal que no tenía ninguna tradición en nuestro imaginario y decidió tratarlo como si llevara aquí cinco mil años. En Bizarros gourmet convierte al hipopótamo en una pieza arqueológica, como si algún día los arqueólogos fueran a encontrarlo y dijeran: “Mire usted, los taironas también tenían hipopótamos”. Ahí hay algo muy propio del trabajo de Ospina: esa capacidad para inventar una historia que parece verdadera, pero que, cuando uno la mira un poco más, empieza a hacer agua. Y en este caso el hipopótamo aparece como una especie de antigüedad colombiana que nunca existió. Es una operación de contrabando histórico: mete a un animal africano en la arqueología prehispánica y consigue que, por un momento, uno se lo crea. Lo interesante es que el hipopótamo llegó en unas circunstancias muy distintas, pero Ospina se adelantó a esa historia desde la ficción. Fundó, por así decirlo, una pequeña mitología prehistórica del hipopótamo colombiano. Y eso es bastante gracioso: el animal todavía no sabía que iba a convertirse en un problema ambiental y ya tenía su pasado arqueológico.

Así encontramos también tapices tejidos a la manera de los gobelinos europeos, como La gran narco arca (2022) de Carlos Castro o instalaciones con boñiga de hipopótamo donde Camilo Restrepo cultiva hongos Hippopotamensis (2025), que podrían usarse en terapias contra adicciones...

Ahí es cuando la historia empieza a ponerse interesante. Carlos Castro toma la figura del hipopótamo y la lleva al terreno del gobelino, ese objeto tradicionalmente asociado con palacios, batallas y santos. Y aparece La gran narco arca con un hipopótamo metido en esa tradición. Es como si la historia del arte europeo hubiera decidido hacer turismo por el Magdalena Medio. Y después está Camilo Restrepo, que decide bajar todavía un poco más: hasta el estiércol. Cerca de la Hacienda Nápoles encuentra unos hongos mágicos, que bautiza Hippopotamensis, y que tienen una conexión bastante curiosa con la historia de la región. En el río La Miel, los hippies de los años sesenta los buscaban y comenzaban a inaugurar la tradición psicodélica en Colombia. Es decir, que unos hippies fueron al río a buscar hongos y, varias décadas después, un hipopótamo termina produciéndolos. Lo interesante es que aquí se cruzan cosas que normalmente mantenemos en compartimentos separados: narcotráfico, naturaleza, ciencia, psicodelia, medicina, exotismo y humor.

El hipopótamo pasa de ser una imagen a convertirse en un objeto...

Primero lo vemos representado; después aparece en el paisaje; finalmente terminamos estudiando lo que produce. Es una evolución bastante completa del personaje. Y ahí está también la gracia del trabajo de Camilo: uno comienza hablando de un animal africano introducido en Colombia y termina hablando de los hippies, los hongos sagrados y las posibles terapias contra las adicciones. En algún momento uno tiene que preguntarse si esto es historia del arte, historia cultural o simplemente que el hipopótamo nos está llevando de paseo. Si esto fuera una novela, el editor pediría que le bajáramos un poco a la imaginación. Pero ocurrió.

¿A qué se refiere el término ¡Hippocalipsis! y cómo conversa el libro con la situación actual -política y ambiental- de estos animales en el Magdalena medio?

¡Hippocalipsis! empezó es un juego de palabras, de títulos, ríos y monstruos. Está, por supuesto, Apocalypse Now, Coppola, la guerra de Vietnam, el anticomunismo, la selva, el río y esa expedición río arriba en busca de un monstruo. Y está El corazón de las tinieblas, de Josep Conrad, que está detrás de la película: otro río, otra selva, otra expedición hacia el corazón de algo bastante oscuro. Cambiamos el Congo por el Magdalena y, de pronto, la cosa empieza a ponerse peligrosamente colombiana. Porque aquí también tenemos un río, una selva, una guerra, drogas, un monstruo y una historia de intervenciones y guerras que, por caminos bastante sinuosos, termina conectándose con el origen de la guerra contra las drogas. Entonces el viaje río arriba ya no es hacia Kurtz: es hacia los hipopótamos. Y ahí entra el apocalipsis: los jinetes, la catástrofe ambiental, la sensación de que una historia que comenzó como extravagancia terminó convirtiéndose en problema. Solo que nuestro jinete no viene a caballo. Viene el caballo. Y no cualquier caballo: un hipopótamo, literalmente un “caballo de río”, de varias toneladas y con una dentadura que no parece diseñada para la diplomacia. Me gusta que todas esas referencias queden dando vueltas sin necesidad de explicarlas demasiado. Es un juego de palabras que se fue poniendo serio. Y al final queda ¡Hippocalipsis!: el apocalipsis del caballo de río, un hipopótamo en el papel de Kurtz. Solo que este Kurtz no habla. Come pasto.

¿Podemos hablar de unos efectos culturales de la guerra contra las drogas? ¿Qué consecuencias tienen en la sociedad?

El narcotráfico no se quedó en el narcotráfico. Se volvió cultura. Pasó de las organizaciones criminales a las telenovelas, de las telenovelas a la moda, de la moda a la arquitectura, de la arquitectura al lenguaje y del lenguaje a nuestra manera de contar la historia reciente. Incluso cuando intentamos representar o condenar ese mundo, seguimos produciendo imágenes alrededor de él. El arte ha sido particularmente importante porque permite mirar esas transformaciones sin reducirlas a una explicación moral. Un artista puede tomar una piscina, un hipopótamo, una finca, un billete o una fotografía familiar y preguntarse qué hay detrás de ese objeto, qué deseos representa y qué historia de violencia hizo posible que estuviera ahí. Por eso me interesa tanto el hipopótamo. Es casi una consecuencia cultural con patas. Uno puede seguir su genealogía y encontrar al mismo tiempo a Pablo Escobar, la Hacienda Nápoles, la transformación del paisaje, la discusión ambiental, el turismo, los medios de comunicación, el Estado y ahora incluso el arte. El animal terminó convirtiéndose en una especie de archivo viviente de esa historia.

Y creo que esa es quizá la consecuencia más profunda de la guerra contra las drogas: que después de tantas décadas resulta imposible pensar que terminó simplemente cuando terminó una operación, murió un capo o se incautó una carga. Las guerras también dejan imaginarios. Dejan maneras de desear, de temer, de consumir y de representar el mundo.