Moisés Melo, el editor de Oveja Negra, la editorial que llevó la lectura a los hogares de Colombia en los años setenta
El fundador de La Oveja Negra y luego gerente de Literatura y Ensayo de Editorial Norma habló sobre los orígenes de esa editorial en el Medellín de 1968, su relación con Gabriel García Márquez y Carmen Balcells, y las razones por las que considera que el mercado del libro en Colombia se ha ido contrayendo desde los años ochenta.
Comunicador social-periodista de la Universidad del Quindío y magíster en Hermenéutica Literaria de la Universidad Eafit. Sus textos han aparecido en revistas como Gatopardo, El Malpensante, Soho, Don Juan y Arcadia. Autor de los libros Volver para qué (Eafit, 2014) y La fuerza de esta voz (Tragaluz, 2022).
Moisés Melo González, fundador de la editorial La Oveja Negra en Medellín en 1968 y luego gerente de Literatura y Ensayo de Editorial Norma, donde publicó los últimos libros de Gabriel García Márquez, habló con Daniel Rivera Marín sobre sus inicios como lector, la fundación y la crisis de La Oveja Negra, su llegada a Norma de la mano de Carmen Balcells, y las causas que él identifica detrás de la contracción del mercado del libro en Colombia.
¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
Julio Verne, y de ahí salté tal vez a Bertolt Brecht. También leí cantidades de libros de Emilio Salgari, un autor muy de la infancia: las aventuras de Sandokan, “El Tigre de la Malasia”. Yo jugaba a hacer de tigre de la Malasia, siendo muy joven, muy niño.
Tenías catorce años cuando Gonzalo Arango te publicó un texto y te metió dentro de los nadaístas. ¿Cómo fue eso?
Yo había entrado a estudiar bachillerato en el seminario y me salí en tercer año porque me volví ateo; se me complicó seguir ahí. Salí y me dediqué a leer mucho: Kafka, Borges. A los nadaístas los conocía porque mi hermano, Jorge Orlando, andaba en esa barra; hacían exposiciones de poemas en Junín, pegados en las vitrinas de los almacenes, sin que hubiera todavía divisiones dentro del grupo. Un día Gonzalo Arango me preguntó si yo también escribía. Le dije que sí, que estaba tratando de aprender y que tenía un cuadernito con ejercicios. Yo nunca se lo llevé, pero él escribió una carta apócrifa a un periódico —no voy a decir cuál— diciendo que era yo, un enfermero de quince años, que quería que le publicaran porque estaba escribiendo cosas muy importantes. El periódico le creyó el cuento a Gonzalo y lo publicó, y eso terminó con mi vocación de escritor: apenas vi publicado algo que para mí eran solo ejercicios, me dio mucha vergüenza. Yo era un lector joven pero con cierta formación, había leído veinte o treinta autores, y supe que lo mío no estaba a la altura, que no significaba nada. Me dio mucha rabia, compré todos los ejemplares que pude y los destruí. Ahí paró mi vocación de escritor.
En 1968 fundaste, con otras personas, La Oveja Negra. Pero antes de eso, ¿cuáles fueron los pasos previos?
Terminé el bachillerato en 1960 y me fui a Bogotá a estudiar Sociología en la Universidad Nacional, porque esa carrera solo existía allá y eso me ponía a trescientos kilómetros de mi casa. Resultó una carrera interesante, con gente como Camilo Torres y Orlando Fals Borda, en un clima político donde surgían las disidencias del Partido Comunista; una de ellas era el Partido de la Revolución Socialista, que armaron los Zuleta, Mario Arrubla, mi hermano Jorge Orlando, Alberto Llanos y varios profesores universitarios y activistas de vieja tradición, como Mario Vélez. Ese partido publicaba una revista, “Estrategia”, y para financiarla crearon una librería en Bogotá, La Tertulia, en la calle diecinueve, que en ese momento era una avenida enorme sin apenas circulación de carros. Cada vez que había una manifestación o disturbios en la ciudad, ahí estacionaban los camiones del Ejército y la Policía, porque pensaban que la gente iba hacia la librería de esos comunistas; eso nos daba cierta visibilidad política.
Además de esos “shows” políticos y de la revista, se decidió publicar un libro, “El problema del método”, y a mí me pusieron a corregir pruebas, porque como lector se suponía que sabía algo de gramática y ortografía. Acompañaba a Estanislao Zuleta a la imprenta, y ahí no fueron los tipos sueltos ni el olor de la tinta lo que me sedujo, sino darme cuenta de que era muy barato hacer un libro: un ejemplar podía costar dos o tres pesos, incluso en tirajes de más de dos mil, mientras que un libro normal en librería costaba veinte o veinticinco pesos, con un sueldo mío de trescientos pesos al mes. Muchos de los libros que necesitábamos en la universidad ni siquiera existían en español, o llevaban años sin reeditarse. Entonces pensé: ¿por qué no publicar libros?
¿Y ahí nace la idea de una editorial?
Empecé, hacia 1963 o 1964, a imaginar una editorial con mi profesor de inglés, Nicolás Escudero, y con mi hermano Jorge Orlando. Empezamos, como cualquier editor, pensando qué libros queríamos publicar. Yo tenía a Camilo Torres, que escribía ensayos sociológicos muy interesantes sobre la violencia, y fui a hablar con él, que me prometió unos artículos. También le pedí a Nicolás que hablara con un escritor joven que había publicado, por esa época, un libro con la editorial Aguirre aquí en Medellín: “El coronel no tiene quien le escriba”. Queríamos ver si nos daba el siguiente libro. Pero, como diría Freud, fracasamos al triunfar: a Jorge Orlando y a Nicolás les dieron becas para irse a Estados Unidos, y el proyecto se acabó. Yo me retiré de Sociología, me vine a Medellín a dar clases y a ahorrar para hacer una editorial, algo que logré tres o cuatro años después.
¿Cómo se fundó finalmente La Oveja Negra?
En noviembre de 1968 salió el primer libro, aunque las escrituras son de diciembre. Yo había sido activo en el gobierno estudiantil, donde participaban con fuerza muchos compañeros —Iván Saldarriaga, entre otros, de ingeniería forestal, de arquitectura, mis hermanas, varios amigos de Bogotá—, y con ese grupo fundamos la editorial, que llegó a tener catorce socios en la escritura, entre ellos una compañía que armaron unos estudiantes llamada la Promotora de Inversiones Improductivas.
Hay investigaciones, como la de la estudiante María Camila Cardona sobre La Oveja Negra, que señalan que la editorial nació como una forma de divulgar la izquierda en el país. ¿Qué tan exacto es eso?
No es muy exacto. No era una editorial de partido. Que yo hubiera militado en el PRS obviamente apuntaba a que me interesaban los públicos de izquierda, pero lo que me interesaba, y por eso el nombre “La Oveja Negra”, era publicar lo que no se publicaba, lo que estaba por fuera del canon oficial. Había que publicar autores nuevos, conservadores, liberales, comunistas, lo que fuera.
Te retiraste de Oveja Negra muy pronto, a los tres años.
Sí, en parte porque me fui un tiempo a Europa a hacer lo que hoy se llama benchmarking: conocer otras editoriales y aprender de ellas. Fui a las que se estaban formando en España al final de la dictadura de Franco, cuando Fraga era ministro de Cultura y se abrió el espacio para editoriales como Anagrama, de Jorge Herralde, o Ediciones 62; también hablé con los italianos de Il Manifesto y con los belgas de Ernest Mandel. En ese viaje llamé a un amigo por correspondencia, Salomón Kalmanovitz, que trabajaba con un grupo de colombianos en Nueva York en una publicación llamada La Gaceta y me mandaba sugerencias de libros. Como ninguno de los socios quería quedarse manejando la editorial mientras yo viajaba, lo invité a que se viniera. No fue bien acogido por los “barranquilleros” de la editorial —venía de Nueva York, de un mundo distinto—, y para colmo, cuando iba a viajar le dio un derrame cerebral, así que se aplazó su encargo. Al final impuse mi voluntad, porque estatutariamente tenía el derecho de hacerlo, y lo nombré gerente encargado. Ahí empezó una tensión grande con un grupo prochino dentro de la editorial que quería orientarla ideológicamente, algo que yo rechazaba: para mí la editorial no era un partido, sino un espacio de discusión entre distintas tendencias, y fijar una línea significaba excluir a los que no fueran de esa línea.
La editorial terminó siendo conocida, sobre todo, por publicar a García Márquez. ¿Cómo llegaron finalmente a él?
Yo ya había salido de Oveja Negra, y después del Tigre de Papel y de La Carreta —donde edité la revista de ciencias sociales “Cuadernos Colombianos”—, tuve una quiebra personal y me fui a Bogotá a trabajar, porque habían nombrado a una amiga mía, Amparo Sinisterra de Carvajal, en la Dirección de Cultura. Ella me nombró director de Comunicaciones en Colcultura, que en ese momento se dividía en Patrimonio Cultural, Comunicaciones y Artes; la parte editorial quedaba a mi cargo. Cuando terminó el gobierno de Belisario Betancur, su esposo, Adolfo Carvajal, presidente del Grupo Carvajal, me propuso irme a trabajar a Norma —aunque el nombramiento final dependía del gerente de Norma, que me hizo tres entrevistas porque me veía como un intelectual que no entendía de negocios. Le dije que cómo no iba a entender de negocios, si todos los meses tenía que pagarles a los empleados de La Oveja Negra y el arriendo, y que esa editorial había tenido un éxito económico enorme: ningún libro que publicamos en los primeros tres años se demoró más de un año en venderse.
Ya en Norma, una de mis primeras misiones fue hablar con Carmen Balcells, la agente literaria de Álvaro Mutis, García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa y muchos más. Le dije que quería publicar a García Márquez, y acordamos empezar por una de sus colecciones, “Cara y Cruz”. En ese momento, García Márquez seguía siendo publicado en Colombia por La Oveja Negra, que después de mi salida se había encargado también de la distribución de la revista “Alternativa”, de García Márquez, y de otras distribuciones con editoriales españolas y argentinas. Pero la editorial, que había dado un vuelco ideológico hacia lo prochino y publicaba autores que nadie leía, empezó a fallar económicamente y no pudo pagarle ni a Alternativa ni a los españoles; terminó pagándole a Alternativa con participación en la editorial, y así García Márquez terminó siendo socio de La Oveja Negra.
Carmen Balcells, ya siendo muy amigos, me contó qué pasó después: cuando no le pudieron pagar a Alternativa, García Márquez le dijo que se fuera a Bogotá a liquidar tanto Oveja Negra como Alternativa. Ella miró las cifras de las dos y decidió que había que salvar a La Oveja Negra y dejar morir a Alternativa. Así lo hizo, y convirtió a La Oveja Negra en una editorial distinta, que abandonó la literatura china y vietnamita para dedicarse a publicar grandes novelistas de la literatura universal, con colecciones que ella misma desarrollaba a través de una compañía llamada RBA. Con el tiempo, las relaciones se complicaron por temas de derechos de autor —corrían incluso rumores de que Oveja Negra hacía ediciones piratas para poder pagarles a sus trabajadores—, y Balcells decidió mover a García Márquez: en España lo publicaba Grijalbo Mondadori, en Argentina Editorial Sudamericana desde “Cien años de soledad”, en México otra editorial tradicional, y en Colombia seguía siendo Oveja Negra.
Cuando se iba a publicar “Del amor y otros demonios”, que ya negociábamos para Norma, hubo dificultades y en algún momento ella quiso echar atrás el acuerdo por los riesgos que representaba la situación de Oveja Negra. Le dije que no había problema, y ella me lo agradeció enormemente: a partir de ahí, arregló las cosas con Oveja Negra y me entregó a García Márquez y sus últimos libros. Desde ese título en adelante los publiqué yo, e incluso cuando ya me había ido de Norma, la editorial hizo un contrato conmigo para que yo siguiera manejando a García Márquez.
Contame de esa colección escolar que hiciste en Norma.
Cuando me nombraron, la tarea era fundar la editorial de Literatura y Ensayo de Norma, que tenía su fuerza en el sistema escolar, así que pensé en empezar con una colección para estudiantes: “Cara y Cruz”. Recordé que una de las hijas de mi esposa estudiaba en el Colegio Francés y tenía unos libros infantiles de la colección Folio, con dos libros en uno, uno por cada cara. Se me ocurrió aplicar esa idea porque me molestaba que, en los libros escolares, antes de llegar al texto uno se tropezaba con un prólogo, una cronología y un montón de ensayos que en general decían pendejadas sobre el libro. Entonces hice el libro por un lado y el material de apoyo por el otro, para que los estudiantes escogieran por dónde entrar. Detrás había una reflexión pedagógica que venía desde mi época en Colcultura, donde me habían puesto a hacer un seminario sobre por qué era caro sacar un libro en Colombia en relación con los ingresos de la gente, y por qué era importante que los libros llegaran a más gente.
Por eso, en Cara y Cruz, los ensayos que comentaban cada libro eran al menos dos, con puntos de vista distintos, para no autorizar al profesor a decir que había una única manera correcta de leer. En mi época en Cali hicimos más de ciento veinte títulos —después llegaron a ciento cincuenta— y fue un éxito enorme en toda América Latina. García Márquez vendía muy bien, pero el título más exitoso de todos, el que más ponían en los colegios, fue “La guerra de los mundos”, de H. G. Wells.
Decías que ya en esa época veías que el mercado del libro se estaba contrayendo en Colombia. ¿Por qué?
El mercado funcionaba con librerías que compraban directamente a editoriales argentinas, mexicanas y españolas, que tenían agentes viajeros recorriendo el continente; esas compras eran en firme, había que pagarlas. Pero a los editores colombianos les proponían comprarles en consignación, y eso explicaba un fenómeno que yo veía siempre: en las vitrinas de las librerías nunca estaban los libros colombianos. Los que exhibían eran los que habían comprado, porque tenían que venderlos para pagarlos; los colombianos los ponían en un rincón y, si alguien los pedía, los vendían, pero sin ningún esfuerzo particular, porque esos no les habían costado nada. Por eso decidí no vender nunca en consignación, y lo mantuve los más de cuarenta años que estuve editando. En Norma, cuando me pusieron a manejar el negocio en Colombia —rotábamos entre los gerentes el manejo de distintos países—, eliminé la venta en consignación; fue un proceso complicado porque los libreros se resistían.
El otro fenómeno fue que las editoriales españolas empezaron a abrir oficina aquí y a traer solo veinte o treinta títulos de su catálogo, cuando en España circulaban ciento cincuenta. Eso contrajo la oferta y, con ella, la lectura: hay que tener la mayor cantidad de títulos posible circulando para que los libros dialoguen entre sí; si nos limitamos a unos pocos, dejan de circular. Recuerdo el caso de Alianza Editorial, una editorial magnífica que en Colombia costaba entre veinticuatro y treinta y dos pesos, hasta que un grupo local compró la distribución para el país y Alianza dejó de enviarles los libros directamente a los libreros. Eso bajó las ventas y subió los precios. Hice un cálculo, cuando ayudé a dotar la Biblioteca Julio Mario Santo Domingo con más de cuatrocientos millones de pesos en libros: si los hubiéramos comprado en España, habríamos gastado trescientos millones, con todo y el viaje de alguien a comprarlos en Madrid. Las distribuidoras aquí liquidaban el precio del libro español más un seguro sobre la devaluación, y así un libro de veinticuatro pesos terminaba costando ochenta. Eso acaba con los lectores: disminuir la oferta y subir los precios no beneficia a nadie, ni siquiera a quien hace ese negocio, porque cada vez hay menos clientes. Y si a eso le sumamos una educación deficiente en lectura, como muestran las pruebas Pisa, vamos al fondo del barranco.
Hoy vemos una cantidad enorme de libros y autores publicándose, muy distinto a lo que a vos te tocó, cuando había menos escritores pero se hacían muchas ediciones de un mismo título. ¿Qué opinás de eso?
Ese fenómeno ya lo conocía desde esa época: había un estudio en Francia, de finales de los sesenta, que mostraba que de diez libros publicados, seis no cubrían los costos de edición, dos o tres empataban, y uno o dos producían utilidades. Eso pasa siempre, porque los libros son muy difíciles de vender y hay que trabajar para lograrlo. Voy a confesar un pecado: cuando publicaba a García Márquez vendía entre cien y doscientos mil ejemplares en el primer año. Pero una vez publiqué una colección de sus escritos de prensa y, confiado en que como era García Márquez no necesitaba ningún esfuerzo de mi parte, no trabajé el libro; vendí apenas seis o nueve mil ejemplares, cuando otros títulos suyos vendían veinte o treinta veces más. Por eso, cuando iba a publicar un libro de García Márquez, mandaba copias sin encuadernar a los medios, o los invitaba a mi casa a leer los originales para que no hicieran ediciones piratas, y pasaban veinte o treinta críticos literarios sentados todo el día en mi casa leyéndolo, para que hubiera reseñas listas cuando saliera el libro. Hablaba con libreros, con vendedores, con todo el mundo. Si uno no hace ese trabajo con un libro, es muy difícil que tenga éxito.