Olga construyó una comunidad en Bello gracias al voluntariado
Olga Patricia Uribe convirtió una iniciativa, nacida durante la pandemia, en una red que alimenta y acompaña.
La cocina de la casa donde funciona la Corporación Social, Ambiental y Empresarial Sembramos Futuro no es una cocina cualquiera. De unas ollas grandes sale el olor del almuerzo que más tarde llegará a la mesa de niños, madres, adultos mayores, personas con discapacidad o algún habitante del barrio. Mientras las mujeres se encargan de la sopa, del arroz o de la ensalada, conversan y se ríen.
Así transcurre buena parte de los lunes, miércoles y viernes en París, Bello. El comedor nació durante la pandemia, cuando a Olga Patricia Uribe le propusieron cocinar para personas que se habían quedado sin empleo. Un extranjero que quiso vincularse le ofreció lentejas, arroz y sal, pero ella debía conseguir dónde cocinar y algunos ayudantes. Pensó que era una locura, pero la necesidad de las personas no daba espera.
Al principio, las mujeres prestaban sus ollas y todo lo que tuvieran en sus casas. Cuando los fogones ya no alcanzaron, cocinaron con leña. Primero llegaron 35 personas, luego 50, después 70. Así nació la Corporación Social, Ambiental y Empresarial Sembramos Futuro, que hoy tiene más de 180 afiliados.
Olga coordina este trabajo junto a 40 personas que no reciben salario. Cada almuerzo cuesta $2.000 y, si alguien llega sin dinero, también come. “No soy capaz de decirle que no”.
Sembramos Futuro no termina en el plato. Hay un ropero para quienes necesitan prendas de vestir, procesos de reciclaje, una huerta, actividades para adultos mayores y acompañamiento a jóvenes. También hay espacios en los que las mujeres voluntarias comparten sus historias. El comedor se convirtió en un punto de socialización para una comunidad que encontró allí distintas maneras de ayudarse.
“Si no es por ellas, nada de esto existiría”, dice Olga, orgullosa al ver los frutos del trabajo conjunto. Ella misma ha tenido que aprender sobre la marcha cómo gestionar una corporación, buscar recursos y convertir las necesidades del barrio en proyectos. En ese proceso, la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia ha sido una aliada con capacitaciones y programas de fortalecimiento. Además, con el apoyo a la huerta y el acompañamiento en el desarrollo de una página web, que esperan usar para facilitar las donaciones.
Olga sabe que todavía hay mucho por construir y, aunque no ha sido fácil, reconoce que la corporación debe seguir existiendo porque tiene claro que las redes de apoyo sostienen comunidades. “Yo sigo buscando recursos, y trato de involucrar a la comunidad porque siempre he creído que nadie es tan pobre que no tenga nada para aportar”.