Grandes historias mujeres empresarias Occidente

Convirtió su legado campesino en una empresa exitosa

A través de la educación y la formalización, Leydi se ha preparado para mantener viva su herencia cafetera.

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hace 11 minutos

El día que Leydi Bedoya recibió la primera bolsa de café con su marca impresa, lloró. “Eso fue maravilloso, inolvidable”. Durante décadas, el grano que su familia cultivaba en San Jerónimo salía de la finca para la venta, pero esa primera bolsa fue la prueba de que el trabajo de los Bedoya en el campo podía tener nombre propio.

Cuando era niña, en su casa se hacía café todos los días. Era un café comercial, porque el grano que cultivaban su abuelo y su padre lo vendían. Años después, cuando Leydi tuvo la oportunidad de acercarse a las catas de café se enamoró. No podía creer que una semilla pudiera transformarse en una bebida con tantos matices. Sin pensarlo mucho, se alió con dos amigos caficultores y creó Café El Abuelo, un homenaje a su padre, puesto que así lo apodaban en el pueblo.

El primer obstáculo no fue la inversión ni el tiempo, aunque el proceso exigió de ambos. Lo que más le costó fue sentir que no era capaz con la consolidación del proyecto. Su padre la animó y le ayudó a no rendirse. “Si todavía no lo tiene resuelto, en el camino lo vamos solucionando. Hágale que usted puede”, le dijo.

El registro en la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia fue uno de los primeros pasos, y desde entonces la entidad la acompaña con formación y herramientas para sostener y expandir el negocio. “A toda invitación que me hacen, ahí estoy”. Participó también en una subasta de café en la que aprendió a calcular costos y a presentar su producto.

Hoy Leydi estudia barismo en Medellín y sus prácticas laborales las está haciendo en Juan Valdez, así que los aprendizajes diarios los aplica también en su negocio.

En sus clases o cursos, siempre encuentra satisfacción en lo que hace, y en especial cuando ve un cliente llevarse uno de sus productos y regresar por más. En esos momentos, también se conmueve al recordar el orgullo de su padre porque ella continúa con la tradición cafetera. “Cada día quiero aprender más, mantener este legado, que la caficultura nunca se acabe, que mis hijos puedan heredar esto”.

De hecho, Thiago, el menor, espera con ansias cumplir 14 años para ir a vivir a la finca. Ella también sueña con vivir allí de manera permanente, pero tiene claro que por el momento lo más importante es enfocarse en sus estudios y más adelante aplicar todo lo aprendido. Su meta es crecer en lo comercial, con una producción limpia y un café que pueda demostrar su trazabilidad, de manera que mantenga viva y en alto la tradición de su familia y de la región.