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De oficios varios a alimentar a quienes trabajan en la mina

Sandra Hernández convirtió un pequeño emprendimiento en una oportunidad de empleo para 14 mujeres.

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hace 3 minutos

Sandra Hernández habla despacio. Es reservada. Mientras cuenta la historia de El Guadual hace pausas, recuerda momentos difíciles y seca con rapidez algunas lágrimas. Habla de los años de trabajo, de las deudas que tuvo que asumir y de las veces en las que pensó que no podía más. Pero luego sonríe cuando recuerda todo lo que ha conseguido. “Trabajo, trabajo, trabajo”, dice como si repetir tres veces esa palabra resumiera su camino.

Cuando compró el terreno donde hoy funcionan el restaurante y la tienda El Guadual Pinguro solo había dos habitaciones, un baño, una cocina y un espacio pequeño para una tienda. El acceso era difícil por cuenta del barro, así que comenzó a echarle tierra al camino. Para poner en marcha el proyecto pidió un préstamo de $1,7 millones, pero un ventarrón que se llevó el techo la obligó a endeudarse nuevamente.

Antes de emprender su negocio, Sandra ya sabía lo que era trabajar duro. En Medellín fue vendedora y decoradora, y durante varios años se desempeñó en oficios varios.

El Guadual surgió después de que se separara del padre de su hija y decidiera regresar a Giraldo. En 2020, cuando le propusieron prestar el servicio de alimentación a los trabajadores de la Mina Buriticá durante la cuarentena, El Guadual era un negocio pequeño; pero luego los contratos empezaron a aumentar y el negocio creció tanto que hoy cuenta con 22 empleados, 14 son mujeres, y en el que prepara cada día desayunos, almuerzos, cenas y refrigerios.

El crecimiento trajo la formalización. Sandra registró su negocio ante la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia y hoy mantiene vigente su registro mercantil. Para ella, ese trámite hace parte de tener en regla lo que ha construido con los años.

De todas sus trabajadoras habla con especial cariño. “Yo sin ustedes no soy nada. Ustedes son mi motor, mi esencia”, les dice, y reconoce que ellas son una pieza fundamental de una empresa que comenzó en una cocina pequeña y que hoy requiere dos turnos y refuerzos para atender el trabajo diario.

Además del negocio, durante cinco años estuvo al frente de la Junta de Acción Comunal de Pinguro, el corregimiento donde vive. Este año decidió dejar ese cargo para recuperar el tiempo que no ha tenido para ella y su familia. También piensa en la jubilación, aunque todavía le cuesta imaginarse lejos de El Guadual.

A veces siente que ya ha hecho suficiente. Entonces mira a las mujeres que trabajan con ella y recuerda que aún es necesario continuar con su labor: “Todavía nos falta hacer muchas cosas con estas muchachas”.