Histórico

A los 93, la Famosita sigue campante en la oficina

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28 de junio de 2009

Cuando Manuel Restrepo, ese hombre "tan atrevido" saludó por primera vez a Ana Isabel Pérez, en 1938, comiéndole a besos la mano, ella ya llevaba años trabajando.

Esta carolineña se criaba entonces en Gómez Plata y, además de atender el estudio y sus compromisos marianos, atendía la tienda de sus padres. Y ese hombre "tan atrevido" se enamoró de una vez de la chica, le rogaba, cada vez que la veía, que volviera dejarse tomar la mano para saludarla, pero ella no lo consentía...

Sin embargo, se casó con él a sus 22 años, sin un noviazgo largo, cosa que a ella, sentada ante su escritorio en Distribuidora Tropicana, donde trabaja en el área de cartera, le sorprende todavía.

En su casa, sus padres admiraban que Manuel fuera un hombre trabajador, serio y responsable. Era el encargado de traer a Medellín, apenas en compañía de un policía, el oro que producía una mina del lugar.

Vivieron varios años en Don Matías y sin saber por qué siempre la llamaban La Famosita, fue aprendiendo a coser. Con tantos hijos que fueron naciendo, 17, no era raro que aprendiera ese menester, que perfeccionó tras su traslado a Medellín, más precisamente en La América, donde ella atendía un almacén, en el que incluía los servicios de peluquería y modistería.

"Nadie me enseñó a coser -cuenta, con una voz pausada que al decir de Consuelo, una de sus hijas, y Mario, uno de sus 37 nietos, no varía jamás-. Fui trazando, cortando y cosiendo por intuición. Y durante muchos años cosí ropa ajena".

"Me iba muy bien -dice-. Qué más que podía sostener a los hijos y tenerlos bien vestiditos".

En esa singular tienda atravesó los años sesenta y setenta, hasta que alquiló esa casa con almacén y todo.

Fue tras la muerte de su esposo cuando ella, para no quedarse sola en casa -"bueno, sola no, con Dios y la Virgen"-manifestó a sus hijos su deseo de seguir trabajado. ¿Y qué otro lugar podría ser mejor para ella que en Distribuidora Tropicana, una empresa familiar? Entró a los 62 años de edad. Y desde entonces ha trabajado en el área de cartera.

"Un hijo me dice: 'quédate en casa, mamá, que yo te doy lo que necesites'. Pero no, no hay como trabajar y ganarse la platica de uno. No tener que estar diciéndoles a los hijo: 've, se me acabó el jabón..."

Antes sumaba los cheques que entraban por los pagos. Ahora, organiza las facturas por orden numérico, antes de pasar a archivo. Y en los pocos ratos libres, llena revistas de sopas de letras, que le encantan.

Si dependieran de ella, los médicos morirían de hambre. No toma medicamento alguno, lee sin gafas, oye muy bien sin que nadie deba hablar en voz alta y camina sin ayuda de nadie ni de nada, muy erguida.

Entre los oficinistas de Tropicana, es la primera en llegar cada mañana. A las siete, su figura atraviesa el umbral y sube las escaleras hasta el segundo piso.

Ella no sabe cuál es el secreto de su bienestar, pero Consuelo sí: "ella nunca se enoja ni se exalta; siempre es así, como la ve, serena. ¡Ha vivido en una paz!"