A Salinger
Querido Jerome David (o J. D.), ha muerto usted en silencio. Después de un silencio largo, de más de 40 años. Este silencio nació de la publicación de su novela, Un guardián en el centeno , convertida hoy en uno de los clásicos de la literatura norteamericana. El éxito de la novela lo hizo a usted famoso, pero su interés no era ser famoso. Por eso huyó de entrevistadores, estudiosos de su obra y de gente que quería coger fama a su lado (oportunismo de algunos que Kundera narra muy bien en La inmortalidad ). No se dejó, entonces, seducir usted por la fama, asunto este que genera más incomodidades que placer, en el caso de una persona inteligente. Ser famoso (ese afán de ser conocido, no reconocido) es una enfermedad del siglo XX que se extiende hasta hoy con una virulencia terrible. La fama, como un bisturí, entra, raja, corta, muestra vísceras. Y luego nada, por exceso de anestesia o de momificación.
El guardián en el centeno (el más controvertido porque lo citan criminales), es una historia de la adolescencia, de ese momento en que somos una confusión porque no logramos entender el mundo ni los cambios hormonales que se dan en nuestro cuerpo. En la adolescencia nos creamos, dándonos contra toda clase de paredes invisibles, como hombres y mujeres que no entienden bien qué pasa. Y de esa creación salimos en estado nervioso, con las preguntas intactas porque las respuestas que nos dieron tocaban con códigos positivistas y no con la vida en estado de vibración. Este libro contiene la energía (diría que empaquetada en cuantos) del episodio que acontece entre la niñez y la edad adulta, que es más una guerra perdida. Y usted, Jerome David, narró sin prejuicios lo que sucede allí.
Usted, mezcla de judío y de escocesa, asume el silencio y se encierra. Quizá aplica aquello del Talmud: si la palabra vale una moneda, el silencio vale dos. O lo que se dice en la cabalá luriana (de Isaac Luria): cuando decimos todo con conciencia de que es así, quedamos llenos de palabras indescifrables. Y esas palabras no se pronuncian sino que se sienten vibrar. Detrás de ellas está la razón del nombre, eso que los físicos, al tratar de entender la creación del mundo, llaman los 3 minutos iniciales, que tocan con el entendimiento del silencio y de la acción de D's provocando la creación. Sea como sea, querido Jerome David Salinger, su silencio atormentó a quienes quisieron saber más de usted. Fue terrible que a usted hubiera que inventarlo en lugar de reventarlo.
Jerome David Salinger (New York 1919, New Hampshire, 2010), fue soldado de infantería en la invasión a Normandía y después escritor. Además de El guardián en el centeno, escribió nueve cuentos y otras obras menores. No permitió que se le hiciera una biografía. Prefirió ser nada a ser un objeto.