Adiós a un encantador de serpientes
EL ESCRITOR Y PERIODISTA CORDOBÉS era un contador de historias nato, además de un prolijo productor de novelas, cuentos, fábulas, historias para niños y testimonios escritos y grabados de viva voz. Le dio universalidad a su entorno caribe.
Si ha habido un escritor auténtico en Colombia, ése es David Sánchez Juliao. Porque su literatura no quiso ser nunca lejana al testimonio, a la tradición oral. Ni siquiera en sus ficciones.
Lo conocí en Bogotá, cuando este siglo nacía, pero es como si lo hubiera conocido de toda la vida. Así de cálido era su trato. Tomando café en un bar de la capital me habló de El Flecha y de El Pachanga, personajes que él decidió llevar a vivir en sus libros y discos, pero que ya tenían residencia en la tierra y habían hecho parte de la cotidianidad en su juventud, cuando trasegaba por pueblos de la costa, como un etnógrafo, o no, más bien como un pescador de historias llenas de gracia y que daban cuenta no de la forma de vida de un individuo sino de un pueblo.
Para Sánchez Juliao, literatura era sinónimo del simple y complejo verbo contar y se valía de cualquier recurso para que los cuentos sedujeran al lector o al escucha.
Y con el mismo vozarrón de locutor que se oye en la literatura grabada y derrochando un talento sin par de buen conversador -lo cual debería ser considerado un arte verdadero y pleno- me explicaba, por ejemplo, su método para sacar dos días de uno. Diariamente, escribía en las mañanas, no con prisa, sino levantándose de vez en cuando del escritorio para tomar aire o café, como si fuera dueño de todo el tiempo que hay, y no destinaba, como los más de los escritores, ocho horas seguidas en la misma obra, sino dos horas en el avance de la escritura de un cuento; dos en el de un testimonio; otro tanto en el de una novela, porque "en cuestiones de literatura, también en la variedad está el placer". Después de las dos de la tarde hacía una siesta de obispo: se empiyamaba y oscurecía la habitación cerrando a tope las cortinas de las ventanas para fabricar su noche y dormía cubierto con cobija y todo durante dos o tres horas, para levantarse renovado y, después de un baño, tener otro día hasta muy tarde en la noche o temprano en la madrugada.
Recordaba con alegría que estudió parte de su bachillerato en un internado de Medellín. Experto en elefantes porque fue Embajador en la India en los noventa, sabía que a estos animales los ocupan allá hasta en los matrimonios para que entreguen las flores a la novia con su trompa a través de la ventana de la casa.
Y así él, durante conversaciones interminables en la sala de su apartamento comiendo galletas dulces -conversaciones en las que siempre estaba Lorica-, empataba una historia con otra, lo cual hacía que su interlocutor no sintiera fatiga, frío, hambre ni sed, como si pudiera alimentarse de esas historias que él contaba con deleite, como saboreándolas.
En medio de esa cordialidad llena de humildad, se enojaba amablemente conmigo porque no lo trataba de tú, sino de usted. Solía interrumpirme para lanzarme a modo de insulto:
-¡Déjame decirte que más usted serás tú!