ALBERTO AGUIRRE, ¡AH FALTA QUE HACÉS!
No le gustaba que lo llamaran maestro. Pero lo era. Nunca se dejó seducir ni entrampar por los halagos. Distante del poder y de los poderosos. Siempre cercano a la gente de a pie. Lo vi caminar por la carrera Junín y saludar, en minutos, a una decena de personajes: al del puesto de revistas, al vendedor de frutas, al mesero del Salón Versalles, al lotero, al farmaceuta, al lustrabotas, a la prostituta trasnochada, al indigente… Pocos han llegado a tocar, tan profundamente, el corazón del centro de Medellín.
Comencé a leerlo la vez que descubrí en un anaquel de la mamá de una amiga la antología "Cuadro", una selección de sus columnas publicadas en los años más vibrantes del periódico El Mundo. Esas opiniones suyas verticales y sólidas que le valieron amenazas y luego refugiarse en España para no caer sobre el pavimento con su cabeza cribada por las balas de aquel paramilitarismo tenebroso de los ochenta.
En las cafeterías y restaurantes en que nos reunimos a conversar, siempre lo encontré con un lápiz rojo de contabilidad, para resaltar datos importantes. Con una pequeña regla que le servía para subrayar y recortar pedazos de noticias del país y del mundo. Lector incansable de revistas y periódicos. Atento, devoraba incluso la publicidad, de la que sacaba datos reveladores de la distancia abismal entre la Colombia opulenta y consumidora y aquella de bolsillos pelados y ranchos hundidos en el barro.
Enseñó la crítica. La inconformidad. El escepticismo. La duda. La pregunta. La rebeldía. El rigor. La conciencia. La precisión. La investigación. La universalidad. El humanismo. Aguirre fue un hombre puro cuyos consejos tocaron a muchos escritores y artistas en formación. Los contagiaba de aquella irrefrenable conducta suya: batallar contra los molinos de una sociedad que muele a los inconformes. Que los persigue y los desdeña. Y que muchas veces, incluso, los mata.
Cuando le fue necesario compuso una prosa bella, por ejemplo, refiriéndose a Gonzalo Arango, así: "Hablábamos de libros, de mundos y de versos. Pero más que hablar de literaturas, el afán callado era ir entendiendo el mundo e ir trabando conocimiento con otro ser humano. Conocer a otro es casi tan rico como conocerse a sí mismo, y un tanto menos problemático. Se da, además, entre los seres humanos, por azares del espíritu, a la primera mirada, una armonía".
Debía recordar al maestro. Ofrecerle un plumazo imperfecto, limitado, a alguien que luchó -sin acreditárselo- por hacer de este país una taza menos rebosada de desgracias, de lacras, de verdugos. Todo para que alguna vez acabe este desastre humano frecuente. Con el maestro Alberto sentí aquella armonía, en la primera mirada. Lástima que no pude robarle más horas a su sabiduría, tan honda y pertinaz.