Altavoz Antioquia
Vistas desde Medellín, las nueve regiones que componen nuestro departamento son por lo general observadas con cierto desdén por quienes vivimos en la capital… lo mismo que hacen con nosotros quienes viven, por ejemplo, en Bogotá. Esas lejanías, esas distancias que guardamos y mantenemos consciente o inconscientemente, dan pie a un montón de prejuicios absurdos, de ideas equivocadas sobre quiénes son y qué hacen los otros.
Creemos que esto por aquí es primer mundo, y eso por allá lejos es el tercer mundo. Creemos que habitamos una cultura y un estilo de vida superiores, mientras estamos metidos en un taco de 45 minutos o enfermos de estrés por el trajín y afanes propios de la “gran ciudad”.
Hace pocos días, gracias al Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, tuve la oportunidad de hacer parte de una tripleta de jurados que calificaron más de 80 proyectos musicales contemporáneos que hacían parte de la convocatoria Altavoz Antioquia.
Fue mi oportunidad dorada para hacer a un lado esas preconcepciones dañinas que, por lo general, nos impiden avanzar; nos impiden entender las potencialidades, virtudes y visión de una serie de artistas jóvenes, inéditos quienes, a pesar de cierta precariedad en los medios a la mano para grabar sus demos, fueron capaces de plasmar canciones poderosas, ancladas en este tiempo…
Canciones que dejan claro que esos músicos entienden los géneros, que hay virtuosismo en la ejecución de instrumentos, que es posible imaginar que en algún lugar de esas nueve regiones, va a salir, un día cualquiera, una generación de relevo, capaz de inventar nuevos caminos para el sonido.
Ese encuentro con una Antioquia musical que está más allá de los estereotipos, es una lección de humildad, de mística y pasión de artistas en formación y otros con una carrera ya importante, plagada de logros y hallazgos. Ese encuentro con una Antioquia musical que expresa sus miedos, inquietudes, reclamos y esperanzas a través del rock, el punk o las diversas fusiones con los más encontrados sonidos e instrumentos, me dejó convencido de que esta iniciativa del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia bien vale la pena ser potenciada, multiplicada y sostenida en el tiempo.
Ya tengo claro que en Zaragoza, Caracolí, San Pedro de los Milagros, Fredonia o Caldas hay una fuerza callada que empieza a reclamar ese protagonismo que ya merecen por mérito propio.