Amenazas de las Farc dejan a 250 hombres sin empleo
La empresa reforestadora Silvotecnia tuvo que dejar el norte de Antioquia por la presión del frente 36. En Llanos de Cuivá se sienten las consecuencias.
Carlos* tiene un bebé precioso: los ojos verdes, cabellos rubios, cachetes colorados rozagantes. Tiene dieciocho meses y su mamá lo carga en la sala de la casa, en toda la carretera que va de Santa Rosa de Osos a la Costa, en Llanos de Cuivá. En la sala hay un pesebre en una esquina con las desproporciones normales: los pastores, las ovejas, la familia, todos son más grandes que ese mundo; hay un árbol de Navidad coronado por Papá Noel; desde la sala se ve un letrero rojo que cuelga en una pared de la alcoba matrimonial, dice te amo.
—A uno le preocupa es el niño, porque uno solo cierra la boca cuando no hay mercado —dice Natalia*, mientras lo carga.
El 5 de diciembre Carlos maniobraba la máquina Bell, una especie de pala mecánica, una garra que separa la madera, en la finca Alpina de Angostura, cuando llegaron tres hombres y una mujer con maletines y armas de largo alcance con mira. Se identificaron como guerrilleros del frente 36 de las Farc y dijeron que venían a quemar la maquinaria, le pidieron que se bajara del tractor, lo volcaron con una retroexcavadora, lo llevaron a la estación de gasolina del proyecto y quemaron todo ahí, y a Carlos y sus compañeros les pidieron que sacaran las Sim Card de sus celulares y los entregaran.
Este hombre, de mediana estatura, pelo rubio y que le gusta gastarse la plata en buena ropa, sus zapatos Puma y sus jeans a la moda, llegó de Salento, Quindío, a Llanos de Cuivá hace cuatro años, porque allá trabajaba con otra reforestadora y guerrilleros del frente 50 de las Farc presionaron a la empresa, los trabajadores y se llevaron la maquinaria. Todos sin empleo.
Mientras el bebé come compota, seguro en brazos de Natalia, Carlos cuenta que la suya es una entre las historias de los 250 hombres que se quedaron sin trabajo porque las Farc presionaron a la reforestadora Silvotecnia en el Norte de Antioquia.
—Uno quedarse sin trabajo en esta época, porque aunque la empresa nos liquidó bien y ha sido buena con nosotros, nos quedamos sin trabajo, todo porque los bandidos aparecieron.
Carlos tiene otro hijo de nueve años al que hace unos meses un médico sin ningún examen en mano le dictaminó leucemia, porque no lograba curarle el continuo sangrado por la nariz. Carlos les contó a sus jefes, les dijo que necesitaba irse o hacer un préstamo o las dos cosas. En Silvotecnia le ayudaron con las consultas y especialistas dictaminaron que eran parásitos, un caso especial. Ya está bien. A ese hijo Carlos le prometió para diciembre una Tablet, Tablet que no tendrá porque la plata de la liquidación, la prima y la última quincena, hay que estirarla.
Al frente de la casa de Carlos hay dos hombres sentados, tienen las manos sucias del trabajo, de la grasa de los motores, y ahí le sacan conversación al desocupe, miran con tedio el pavimento que no trae el trabajo de otros días. La vida de tantos: esperar la oportunidad, la plata. Uno de ellos manejaba un camión y sacaba la madera de Silvotecnia del monte, pero como la empresa cerró, decidió que no va a poner en riesgo la vida de nadie por cuenta de las 12 mil toneladas de madera que sacan al mes del norte antioqueño, se quedó sin nada. El otro hombre es mecánico, arreglaba los camiones viejos que se metían por las trochas imposibles de las zonas madereras, pero ya no hay camiones, están en los parqueaderos esperando un negocio que quién sabe.
Carlos los saluda por última vez, este domingo se devuelve para Salento a vivir con sus padres, como el adolescente de 33 años que no es, con su esposa, con su bebé precioso que hurga en el frasco de una compota.
*Nombres cambiados