Histórico

Amigos muertos

21 de abril de 2009

Hace años, venía de enterrar un amigo, madre me dijo a manera de advertencia contra la mala vida de mi gente que ella empeoró. Vos tenés más conocidos en los cementerios que yo que estoy vieja. Había razones para que la aventajara en experiencia en funerales. En primer lugar, sus relaciones estaban circunscritas a su casa, al círculo familiar de tías remendonas y vecinas insulsas, mientras yo, convertido en poeta precoz, involucrado pronto en lo que llaman la vida literaria entre la santidad y la bohemia rastrera, la indiferencia y el despropósito, era animal de calle, y me codeaba con multitud de personas de toda condición, raza y edad, entre el estrato seis y el cero rayado. Filósofos andantes, malandrines sin hígados, jóvenes rebeldes que acabaron acribillados, pintores, y otras gentes con una intensa conciencia del vacío que a veces buscaron en los riesgos del arte, la velocidad o los malos hábitos un sentido a su vida. Muchos fracasaron en el intento. O hartos de carecer de una buena desgracia que valiera la pena rimar se tiraron por la ventana.

Una cosa es sepultar amigos en la juventud. Entonces la muerte forma parte de la aventura de pasar. Los jóvenes cadáveres sobresaltan, suelen notificar alguna injusticia, una bella pequeña hazaña. Los viejos muertos en cambio son tristes como cosas usadas, los despedimos con fingida resignación.

Esta semana luego de la muerte de Mario Rivero, que me llevaba diez años, me contaron que murió Franco Volpi diez años menor que yo. Franco venía a mi casa en el monte con su novia Indira algunas tardes cuando estaba en Bogotá. Y fuimos amigos el tiempo suficiente para mantener largas charlas sobre nuestros libros predilectos y para reír y teologizar. Una vez descubrimos que Dios es un hecho político. Por un golpe de luz revelada. O por un destello del whisky de buena clase que traía. A mí me gustaba provocarlo. Franco fue uno de los principales propagandistas de la obra de Nicolás Gómez Dávila en Europa, (aunque no había leído los escolios completos los mantenía en el nochero para consultarlos en las madrugadas y alimentar los sueños si se hacían escasos), y yo gozaba traduciendo elementos de la escritura de Gómez que responden a la mala leche proverbial de los cachacos andinos más que al auténtico escepticismo, por animar la conversación.

Tal vez su muerte se debió a un ensimismamiento en una paradoja del escritor bogotano al cruzar una autopista de Milán. O por esa oscuridad insalvable incluso para mí del último mensaje que le envié a propósito de su último libro. Una evaluación del nihilismo poética, erudita y alegre. Donde Volpi hace del peor de los síntomas de la última enfermedad de la cultura occidental cuyo paciente más famoso es Nietszche, menos una desventura que una cura para los falsos consuelos de la inteligencia. El nihilismo no es tan solo un mal odioso que nos convierte en destructores. También purifica el pensamiento de supersticiones y prejuicios.

Era un espíritu religioso. Así me pareció por sus extensos silencios frente a mi jardín de dalias. Silencios contrastantes con mi impetuosidad de diletante que tanto lo divertía, y a mí no me avergüenza, pues como le dije, la falta de una formación académica me salvó de la seriedad, y me hizo desenvuelto en mis búsquedas a la hora de afrentar los errores flagrantes de los sabios.