Angelino en su sitio
Independientemente de que el Vicepresidente Angelino Garzón, con sus declaraciones y controversias, conecte mejor con el sentir de buena parte de la población frente a la "tecnocracia económica", no puede olvidar que es un servidor público, elegido para un Gobierno cuyo jefe y supremo director es el Presidente de la República. No debe callarse, pero sí saber cuál es su sitio.
No sabemos hasta qué punto la actitud díscola y de rueda suelta asumida por el Vicepresidente Angelino Garzón sea una verdadera novedad para el Presidente Juan Manuel Santos. Ellos dos fueron compañeros de gabinete en la Administración Pastrana Arango, donde tuvieron no pocos desacuerdos, y el conocimiento mutuo de sus respectivos talantes no nos permitiría decir con certeza que Santos haya sido sorprendido por su segundo de a bordo.
Queda la sensación, a veces, de que las declaraciones de Angelino Garzón, casi siempre dirigidas contra los tecnócratas de la Administración a la cual sirve, han sido, no fomentadas, pero sí toleradas por el Jefe de Estado, con el fin de tomar el pulso a las diversas corrientes de opinión frente a determinado tema. Garzón no abandona así su formación netamente sindical, y por ende opositora, y Santos puede permitirse que se aireen las divergencias para medir el grado de adhesión a sus políticas de gobierno.
Con sana lógica, el Presidente ha dicho que el debate sobre los temas de Estado siempre es bienvenido, pero que por elemental coherencia debe hacerse en el interior del Gobierno. Santos sabe muy bien las implicaciones negativas que para la política comunicativa del Gobierno trae el que no se transmitan posiciones unificadas, sino que cada miembro del gabinete vaya dando su libre versión ante el primer micrófono que encuentra.
Se dice, con bastante razón, que a Angelino le toca fácil, pues normalmente sus objeciones públicas hacia el Gobierno al que pertenece, se identifican con el sentir popular. Ya sea sobre el exiguo salario mínimo, sobre la protección a la clase trabajadora, o en el último caso, sobre los criterios de medición de la pobreza, sus dichos comulgan más con los padecimientos del hombre de la calle, que con los inefables dictámenes de los técnicos.
En su polémica con Planeación Nacional sobre los sistemas adoptados recientemente para la medición de la pobreza, esto último se demostró de forma patente. Y así lo manifestamos la semana anterior, al señalar que cómo no se va a sentir más identificado con Garzón el ciudadano que hace mercado con sus magros ingresos, que con los economistas teóricos y sus abstrusas mediciones y parámetros estadísticos.
Pero con lo que tal vez no contaba Santos, y el país tampoco, es que su Vicepresidente haga declaraciones que pretenden ubicarlo como una ínsula independiente de todo el Gobierno. Ayer dijo que el jalón de orejas del Presidente el pasado sábado no iba para él, y que además él no era empleado público. Podría ser solo un desacierto jurídico, ya de por sí insólito, si no fuera, además, un desafío institucional que no puede pasar desapercibido.
Ya los estudiosos del derecho público han señalado, una y otra vez, los vacíos que la Constitución de 1991 dejó en la regulación normativa de la figura del Vicepresidente. Por ejemplo, al decir que el Gobierno lo constituyen el Presidente, los ministros y los jefes de los departamentos administrativos, sin mencionar al Vicepresidente.
Pero aparte de las sutilezas del lenguaje administrativo, no podrá Garzón negar en ningún momento su condición de servidor público ni de miembro del Gobierno para el cual fue elegido, ciertamente que por votación popular, pero en el mismo tiquete del Presidente, quien fija la política de Estado y el rumbo de su Administración.