"Aquí no ha pasado nada"
A medida que me adentro en los recovecos, en las zonas grises de nuestro conflicto armado interno. A medida que descubro sus entresijos y sus lógicas criminales, me quedo más perplejo. Pero incluso me asombra más recordar que en casi todos lados del país, durante los últimos 15 años, ha operado una especie de anestesia social para cada uno de esos episodios de sangre y sacrificio humano que nos avergüenzan como nación.
Hay dos testimonios recientes que me estremecieron y que me pusieron a pensar en la destrucción de vidas y experiencias individuales, familiares y comunitarias que desataron la guerrilla y los paramilitares estos años.
Estuve en Bojayá en la Semana Santa y pude constatar que después de la explosión de un cilindro-bomba, en el templo de esa localidad, que provocó 119 muertos, han fallecido otras siete personas más de cáncer, infecciones e incluso de infarto. La guerra dejó su huella en las células de las víctimas de tanto horror.
Además de esa destrucción de seres humanos, me asombró el testimonio que me dio el pariente de un testigo de excepción de la tragedia (un misionero): "un día después de que explotó la bomba en el templo, con tal cantidad de muertos y de gente mutilada, el jefe de las Farc que estaba en el área, al que apodaban Chucho, le dijo a los habitantes de Vigía del Fuerte (ubicado al frente de Bojayá, sobre la otra orilla del río Atrato) 'prendan los equipos de sonido que aquí no ha pasado nada'. Era impensable que en medio de ese desastre la gente se pusiera a beber y a bailar como si hubiese fiesta popular".
El otro testimonio acaba de publicarse ayer en los periódicos y demás medios informativos: Salvatore Mancuso, quien en otra época fungió de paramilitar culto y refinado ("estrato 6"), confesó en una corte de Washington que sus hombres construyeron hornos crematorios para desaparecer totalmente a las víctimas de las ejecutorias de las autodefensas.
La orden de disponer de medios tan eficaces de desaparición la dio Carlos Castaño y la idea, según Mancuso, se las dieron a las Auc dirigentes políticos y jefes militares. Esos consejeros observaron que así no se incrementaría el número de cadáveres por ahí regados.
El efecto era el mismo que buscaba el jefe guerrillero en Bojayá, con las cantinas encendidas: hacerle creer a la gente que aquí, en Colombia, "no pasaba nada".
Esa práctica que Mancuso explicó en una corte de E.U. también se replicó en otras regiones del país, como en Antioquia. Conocí, hace menos de un año, que los integrantes de la llamada Oficina también tuvieron sus crematorios. Uno clandestino entre el municipio de Caldas y el corregimiento San Antonio de Prado, a media hora de Medellín, y otro privado y moderno que les servía a las funerarias de la ciudad, pero también a las operaciones de limpieza de la gente de "don Berna".
Eso ocurría con la sensación -inyectada con anestesia por los verdugos- de que "aquí no ha pasado nada". Ay, Dios.