Histórico

Aquí no huele a muerte

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31 de agosto de 2010

Sin abandonar el café y las heliconias, el departamento del Quindío optó por el turismo. Tiene con qué. Los tiempos de esplendor del grano le dejaron carreteras tersas, en medio de plantaciones subrayadas por casas de dos pisos, balcones con macetas e íntegros los colores del aire.

Cada centímetro cuadrado del pequeño pero abigarrado territorio está ofrecido al deleite y la ilustración. Hay parques y atracciones renombrados, que ya fatigan de tanta molienda e imitación. Pero surgen iniciativas particulares para paladares exquisitos.

Un hacendado decidió abrir su finca a un recorrido por la cultura cafetera, pero tuvo la poca fortuna de bautizar su iniciativa con el acrónimo 'Recuca'. Luego de las cavilosas miradas de picardía masculina, los visitantes penetran en un sendero donde son cultivadores, fumigadores, recolectores, chapoleras, lavadores, trilladores, secadores, tostadores, moledores y expertos en el preparado exacto.

Un joven guía atrapa de inmediato el sentido del humor del grupo ocasional y mezcla la historia y sabiduría de los ancestros, con ocurrencias alrededor de la 'bogadera', bebida fría de panela, café, canela y limón, consumida deprisa para multiplicar las fuerzas de la peonada.

En lo alto de Salento, tras el sobresalto de un viaje parado sobre el platón de un 'yipao', vuelan bajo la niebla del bosque las aspas de las palmas de cera. El árbol nacional es un limpio trazo vertical signado por los dioses con una regla regulada por plomada. Siempre más arriba, más rectas, más deseosas del cielo, las palmas surcan las montañas y rayan las retinas.

Encima de una colina de Circasia, donde el cielo se abre en 360 grados, aparece blanquísimo el lívido Cementerio Libre, única franja de Colombia donde son enterrados con dignidad los suicidas, ateos, masones y demás seres que no temen.

No hay cruces ni imágenes ni flores. Un césped impecable, unas escuetas tumbas con un nombre y una fecha, rejas y muros que parecen recién hechos. Aquí no huele a muerte.

El Quindío, todo él, es un mirador perpetuo, un balcón sobre profundas cañadas abanicadas de guadua. Sus ciudades y pueblos se dejan observar de noche como luceros terrestres, de manera que uno piensa que aquí hay un laboratorio de planeta.

Sus gentes saben lo que tienen, sonríen al mostrarlo, pintan de corazón sus paisajes imposibles.