Aquí también, señor Presidente
Las estrategias militares tienen sus fracasos, ocasionan enormes costos económicos y humanos, y en la medida en que se prolongan generan círculos de violencia cada vez más degradados y difíciles de romper; los ejércitos se convierten en pesados cuerpos sin control que demandan cada vez mayor esfuerzo para su sostenimiento y se van convirtiendo en sí mismos en el objetivo último, opacando y hasta desvirtuando con sus actos cualquier noble propósito que los hubiera impulsado al campo de batalla.
La salida de las tropas de Irak, la visita del presidente Obama a El Cairo y el acuerdo de los presidentes de Estados Unidos y Rusia para disminuir su arsenal nuclear reflejan una importante variación en la política internacional del país más poderoso del planeta, que por demás ya nos tenía acostumbrados a su clásico estilo belicista; de allí se puede extraer lo que tal vez sean los pilares de una nueva era para la humanidad, el reflejo del pensamiento de nuevas generaciones fastidiadas con tanta barbarie inútil: las diferencias no se tramitan a balazos ni precisan la eliminación del contradictor, y la mejor colaboración no se obtiene con imposición violenta o amenaza, o por lo menos no son la mejor ruta para crear lealtades que la hagan sostenible.
Este viejo esquema de pensamiento nos tiene atrapados en una espiral ascendente de efectos nocivos: El país se debate ante la inminencia de un nuevo impuesto de guerra en medio de la crisis económica y el inequitativo sistema tributario, la Fuerza Pública enfrenta la vergüenza de falsos positivos y vínculos con organizaciones criminales, la clase política y el empresariado están cada vez más penetrados por dineros y prácticas ilegales, la insurgencia está siendo absorbida por el narcotráfico y asume prácticas que contradicen su anunciado proyecto político, nuestras ciudades y campos se están llenando de nuevas expresiones armadas que son verdaderas empresas del crimen, dispuestas a vender sus servicios al mejor postor; y como si fuera poco, ahora discutimos sobre la posibilidad de que nuestro país se convierta en la plataforma militar de una guerra tan fracasada como la lucha contra el narcotráfico, no sólo por el crecimiento y la extensión de los cultivos sino además por el incremento en el mercado de los fármacos sintéticos y la ampliación de las redes mafiosas a nivel mundial.
También aquí debemos operar un cambio en la metodología para el tratamiento de los conflictos, permitirnos explorar nuevas vías para acabar con esta guerra y superar el flagelo del narcotráfico, mejorar la relación con nuestro vecindario y dejar de ser una amenaza para el continente. Los pasos que estamos dando nos conducen de manera inequívoca hacia mayores niveles de confrontación, hacia un conflicto que ya traspasa nuestras fronteras; precisamente por eso necesitamos del acompañamiento de la comunidad internacional, y en especial de los países de la región; máxime en un tema como el del narcotráfico, que posee dimensión universal y que hoy afecta a casi todos los países de América Latina.
En lugar de convertir nuestro territorio en una enorme base militar para intimidar al vecindario o persuadir a los enemigos del Estado, deberíamos liderar un gran diálogo regional para la superación del narcotráfico y la paz en las fronteras, abrir los espacios para tramitar nuestros conflictos internos y lograr la reconciliación nacional. Para este propósito necesitamos el apoyo de los Estados Unidos como líder indiscutible de la política continental, y por eso hay que pedir al Presidente de esa nación que también aquí se inaugure la nueva era de su política internacional. Aquí también necesitamos de su nuevo enfoque, Presidente Obama.