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Avatar-es

06 de enero de 2010

La palabra "avatar" proviene del sánscrito y significa "encarnación de un dios". Vamos a hablar de una película, no de religión, pero no abandonaremos el campo de la ciencia ficción.

Es la extraordinaria historia de un lejano mundo, en donde todo acontece como en el nuestro. De entrada, el filme nos propone que la historia acontece en el futuro, en un planeta distante en el que viven unos seres fantásticos. Pronto nos daremos cuenta de que eso sucede para que entendamos que se está hablando de nosotros, de cosas humanas, demasiado humanas -como escribiría el autor de "El nacimiento de la tragedia".

Se apela al conocido recurso narrativo de poner lejos en el tiempo y en el espacio, en el futuro, lo que pertenece a nuestro pasado, a nuestro presente. No saldremos de la sala de cine sin entender que James Cameron no ignora los medios para hacer de su producción un objeto digno de ser premiado. Por esto no descuida el recurso pedagógico: es decir, quiere que los espectadores nos demos cuenta, discretamente, de que la película debe hacernos reflexionar.

Aunque para ello debamos sobreponernos al énfasis que pone en la intensidad que tienen que vivir los sentidos: la avasallante música y la visión en 3D.

Puede afirmarse de Avatar, que es el tema del traidor y del héroe -combinación de temas que nos hace evocar al erudito amante de los cuentos fantásticos: Borges-, de un traidor de su propia naturaleza, de alguien que entrega un sueño por otro sueño. De alguien que, para no traicionarse a sí mismo, no tiene ningún problema en volverse otro. El héroe de Avatar pasa por una admirable transición hacia un estado de consciencia, del universo como armonía; aunque el precio de ese cambio sea hacer lo que falta para que ese mundo entre en revolución. Es decir: que para justificar el restablecimiento de la armonía, resulta indispensable romper esa armonía; haciendo necesaria la violencia que se vive en el entretanto. Cameron nos enseña que para proteger su identidad, una cultura -sus miembros- tiene que apelar a los medios de sus enemigos.

Pandora es el nombre del planeta del que se nos sugieren admirables bellezas; que, si la costumbre no nos ha hecho ciegos, no tienen nada que envidiarle -y ciertamente son inferiores- a las sorprendentes maravillas con las que ha sido dotado nuestro planeta.

Sin embargo, no hay que olvidar para qué se nos presentan las formas de la belleza en el universo de Hollywood: para después justificar todas las formas de la violencia.

Avatar nos lleva a comprobar esa tesis. Es el mito del paraíso perdido; que sólo alcanzamos a presentir cuando se nos amenaza con la devastación de lo poco que nos queda de ese sueño.

Por lo anterior, Avatar tiene que pasar por ser una historia de amor; una historia de amor como nos las ha enseñado a ver Hollywood: que para ser real tiene que estar en riesgo, en grave riesgo, de quedarse en tragedia.

Avatar, no obstante el minucioso despliegue de sus fuegos artificiales, nos hace barruntar que nos insinúa una reflexión nada original, que no aportará nada a la consciencia ecológica planetaria. Como la pirotecnia, sólo durará lo que una transitoria fascinación huera.

Nos hace presentir que su alcance no va más allá de ser una maravilla fabricada para ser consumida y desechada, sobre todo porque no conserva en reserva una magia para ser descifrada por el tiempo.

Está hecha para satisfacer la inmediatez de los sentidos. Para ser olvidada, para lo que ha aprendido a empacar, vistosamente, Hollywood sus productos: para los premios de la Academia a los técnicos que hacen realidad lo imposible, pero anodino.

*Psicólogo Universidad de Antioquia, investigador  en temas de cuerpo, arte y salud.