Cañaflecha para trenzar la vida
Domingo es trenzador de cañaflecha. Todos los días, compadre, él se trepa en su burrito y cabalga una hora y media para llegar a la ciénaga Buena Vista, donde carga 80 litros de agua en cuatro garrafones plásticos en menos de 10 minutos, y regresa, ya cabestreando el animal, hasta su casa, situada en la entrada a San Andrés de Sotavento.
Apellidado González, es un indígena zenú del resguardo conformado por 177 cabildos. Ajá y después de su rutina del agua, de vaciar los garrafones en las canecas de almacenamiento en el solar de su casa, se aplica, con los demás miembros de su familia -esposa, hijas, yernos y nietos- en la labor de trenzar la cañaflecha para fabricar sombreros vueltiados.
Su casa es una construcción de ladrillos, sostenida con palos de cañaflecha, piso de tierra y tejas de zinc. Estos tejados son los adecuados, compadre, para este pueblo que carece de agua potable, pues toda la que cae en las lluvias es aprovechada, recuperada con canoas y bajantes y almacenada en tanques cuyos depósitos no pueden agotarse.
Sol, barro y vueltas
Ellos, los González, no hacen los sombreros. Los saben hacer, cómo no, pero no tienen máquinas de coser para unir las cintas que ellos forman trenzando las fibras naturales. Como cientos de familias indígenas de San Andrés de Sotavento, venden las cintas, unas negras, otras amarillas, las demás con estos dos colores entreverados, a artesanos de Tuchín, población que desde hace meses adelanta su proceso de separación de San Andrés.
La mayor parte del territorio es del resguardo y escasamente lo cultivan. Sólo las artesanías de cañaflecha, practicadas por los indígenas, mueven el comercio. Los habitantes mestizos viven del rebusque, del transporte en mototaxi, de la venta de agua lluvia por las calles, y de empleos que la administración local pueda brindar. Nada más, compadre.
Mientras una cocá y una gallina dan vueltas por el piso de tierra en busca de lombrices e insectos y un pisco vigila y reniega todo el día, en esa casa trabajan con la cañaflecha de sol a sol, compadrito. Ganan quinientos pesos por cada metro de trenza. A pesar de que el trabajo es arduo. "Casi no rinde", se lamenta Liney, una de las hijas del viejo Domingo. Por eso, no todos se dedican a este oficio. Willinton, el esposo de Liney, maneja una mototaxi.
"Sacamos unos ocho o diez metros diarios", dice ella, apurándose en el lavadero en que lava una tanda de ropa para ponerse con los otros a trenzar. Porque no se trata, simplemente, de tomar las hebras y sujetarlas unas a otras con traba semejante a la de un tejido de macramé. No, compadre. Tras cortar la caña, deben alisarlas hasta obtener el grueso adecuado; tenderlas al Sol de ese pueblo sin río ni quebradas, para que, al cabo de dos o tres días, se decolore, y sumergir una parte de las tiras en una caneca con agua y barro extraído de yacimientos locales para teñirlas de negro. Ahí sí, luego de que las últimas se sequen, trenzarlas con las manos para formar la geometría de esta cultura indígena. Ajá, y éstas son las trenzas que venden a 500 barras el metro.
De ahí que en la casa de Domingo no sea raro ver por ahí, en la sala y debajo del alto televisor que los adormece con telenovelas, las canecas en las que las tiras se embadurnan de barro. Ni a los niños, José Libardo y Willinton, un par de mocosos de diez y cinco años que caminan descalzos y sin camisa, meter las manos en esa sustancia terrosa y tocar las cintas sólo por tocarlas.
Sin lengua propia y con la costumbre de los zenúes de no contar, ni siquiera a sus parientes y descendientes, todo lo que saben de tradiciones, creencias y prácticas, no sorprende que Domingo y los suyos hayan olvidado ya los rituales para atraer una mujer, volar como un pájaro, hablar con los animales y las plantas.
Domingo y los suyos mantienen, eso sí, compadre, la habilidad de su arte y la amabilidad en su trato. Te invitan a pasar a la sala y al patio y la cocina, ver con sus propios ojos lo que se cocina en el fogón de leña y sentarte con ellos a hablar de la vida y de la muerte, de lo divino y lo humano. Y hasta te convidan a ir por el burro que pasta en un prado cercano y encerrarlo en su corral hasta la madrugada del siguiente día, cuando Domingo vuelve a cabestrearlo para que cumpla con su labor de surtir el agua.