Cáncer que
se traga la selva
La catástrofe es silenciosa. Por cada gramo de cocaína que se consume en el exterior, cuatro metros cuadrados de bosque colombiano son destruidos.
El efecto destructor no se detiene. Más de 2,2 millones de hectáreas de bosque han sido taladas para producir coca en los últimos 25 años en Colombia, lo que equivale a media Dinamarca, a toda Eslovenia o a casi tres veces el País Vasco.
Y para prevenir su detección y los controles del Estado, los narcotraficantes cada vez llevan sus cultivos y laboratorios a selvas vírgenes donde los daños al ecosistema son casi irreversibles.
Por eso el consumo de drogas dejó de ser un problema individual. Y así lo consignó la semana pasada en Londres (Inglaterra) el ministro de Medio Ambiente, Carlos Costa, quien en una exposición ante autoridades ambientales sostuvo que el inconveniente va "mucho más allá del asunto personal consistente en decir: yo me drogo y es mi problema".
Así lo entiende, lo aplica, y quiere hacerlo comprender en el mundo, el Gobierno Nacional, quien desde la Vicepresidencia de la República trabaja en el programa de Responsabilidad Compartida para que en el exterior se den cuenta de que el flagelo no es solo una carga que se tiene que soportar de un solo lado.
"Responsabilidad Compartida busca abrirle los ojos a los ciudadanos del mundo y de Colombia sobre los efectos ambientales de los cultivos ilícitos, y por ende, del consumo de cocaína. Poco sirve reciclar, usar transporte masivo, rechazar el desperdicio, si una persona consume cocaína, aunque sea una vez al mes. Proteger esta selva es un deber de toda la humanidad", sostiene el vicepresidente de la República, Francisco Santos Calderón.
Según el ministro Costa, las zonas de bosques más impenetrables afectadas por la siembra y la producción de los cultivos ilícitos están en el pacífico nariñense, el Putumayo fronterizo con Ecuador, la Serranía de La Macarena, Los Montes de María y el piedemonte del Amazonas.
La basura química
El daño al ecosistema está marcado en la andanada de precursores químicos que depositan los productores de narcóticos sobre cuencas hidrográficas y suelos vírgenes en su mayoría de bosques.
Según la Dirección Nacional de Estupefacientes, debido a que el suelo selvático es inadecuado para la agricultura, para maximizar sus cosechas, los cultivadores de coca usan 10 veces más agroquímicos que los que emplean los cultivadores de cultivos legales.
Así son necesarios 550 kilos de pesticidas, herbicidas, fertilizantes, gasolina, amoníaco y ácido sulfúrico para procesar una hectárea de hoja de coca. Y para producir 7,4 kilos de cocaína callejera, se promedia que cada hectárea es tratada con 647 kilos de cemento, 912 litros de gasolina, 8 litros de ácido sulfúrico, 11 litros de amoníaco y unos 271 kilos de otros precursores químicos sólidos. La producción de cada gramo de cocaína requiere 84 gramos de cemento, 0,12 litros de gasolina y 35,2 gramos de otros precursores, que luego son arrojados en los ríos y en la tierra.
"Este tema es de trascendencia global. El 20 por ciento de las emisiones de gases que están generando el efecto invernadero tienen su origen en la deforestación. El narcotráfico está destruyendo la biodiversidad amazónica", agrega Costa.
El Gobierno continúa con su trabajo en las zonas de siembra y producción con programas como Familias Guardabosques, que desde 2003 ha logrado mantener más de 4,1 millones de hectáreas libres de cultivos ilícitos y ayudó a 107 mil familias.
La asistencia también está marcada con iniciativas como Proyectos Productivos, que desde 2003 benefició a 600 mil familias.
Y en lo que se refiere a control, en lo que va de 2009, han sido destruidas, por los grupos de erradicación manual, 27 mil hectáreas, que se suman a las 204 mil hectáreas erradicadas desde 2006.
Sin embargo, todos los esfuerzos no serán suficientes si en el exterior no se dan cuenta del daño que se hace al ecosistema con la producción y el correspondiente consumo de droga. Así lo entiende el Gobierno y por eso lleva su programa de Responsabilidad para que el mundo se dé cuenta de la catástrofe silenciosa.