Clamor solidario para 125 perros
FRANCO RIPOLL, UN desplazado que consagró su vida a salvar perros callejeros, está a punto de quedar con sus animales en la calle. Pide que le donen dos guadañas para poder trabajar por ellos.
Si Calderón de la Barca escribió que "La vida es sueño", la frase muy poco aplica en Franco Ripoll, para quien la vida son sus 125 perros, por los que lucha, se desvive y llora.
Esto último le pasa cuando siente que el destino lo va a separar de sus mascotas o cuando a algún irracional le da por envenenarlos para que se mueran. Le pasó dos veces en 2008, cuando en 20 días le mataron dos tandas: una de 5 y otra de 15. Y aunque lloró como niño sobre sus cadáveres y aún echa lágrimas por sus recuerdos, se repuso de los golpes. Tanto, que esa vez tenía 70 animales y hoy tiene 125.
Pero sobre ellos pesa una nueva amenaza: este campesino desplazado de Mutatá que habita en un lote en El Poblado con sus ejemplares, pronto tendrá que desalojar el sitio porque allí la Alcaldía construye el parque La Frontera y, para el caso, Coca- cola mata tinto: primero el progreso y luego las vidas de unos "simples" perros callejeros a los que Ripoll protege, cuida y alimenta.
"Sé que debo desocupar, pero necesito ayuda para no quedar tirado con mis animalitos. Si me los quitan me roban la vida, ellos son todo para mí", comenta Ripoll. Y el llanto inunda su rostro.
Es un hombre sencillo al que hace 10 años la guerra entre paramilitares y las Farc lo hizo huir de Mutatá con su esposa y tres hijos, luego de que uno de los grupos le asesinara a dos de sus hijos.
Allá dejó 37 hectáreas de tierra, más de 100 reses, plataneras y su historia. Pero hubo algo que se trajo con él como un tesoro: 5 perros.
Un día llegó a Medellín y después de mucho rodar y sufrir desprecios, insultos y amenazas, Ripoll fue a parar a un lote de un amigo en El Poblado, en la calle 18 Sur con la carrera 43, donde cuidó varios años el lugar y lo convirtió en refugio de animales que él recogía heridos y moribundos en las calles para salvarles la vida.
Eso se lo han reconocido en el sector, donde en unidades residenciales y fincas le valoran su trabajo y su lucha.
"No los tengo sufriendo. Trabajo reciclando para alimentarlos, me ayudan bastante en la clínica EVI y varias personas de por acá", comenta Ripoll, que pese a su aspecto sencillo, es amante de la lectura y hasta pintor.
Incluso tiene hijos estudiando y a punto de graduarse. Pero pese a ello, él eligió la vida al lado de los perros. Y pareciera que no necesita nada más... fue la misión para la que llegó al mundo.
En verdad sus perros están bien alimentados, sanos y ninguno es feroz. Son animales salvados del dolor y de la muerte y eso hay que valorárselo a Ripoll.
Él sólo pide una cosa: que quienes aman los animales le donen dinero para comprar dos guadañadoras. Con ellas él se ganaría la vida arreglando jardines en El Poblado y el dinero lo destinaría a pagar en Guarne una finca para vivir allí con sus perros.
"Ya me han ofrecido trabajo en varias unidades, porque me conocen y saben de mi honestidad. Yo no quiero que me donen un bulto de cuido porque se me acaba ¿y después qué? Pero con las guadañadoras trabajo y puedo subsistir con dignidad".
Ripoll necesita el empujón. En los almacenes Tierragro se reciben ayudas para este buen hombre, un desplazado que no cobró la plata de sus hijos, "porque ningún dinero les devolverá la vida".