COLONIZADOS POR LA TELEVISIÓN
Hay un creciente desinterés de los colombianos por la lectura y las actividades culturales. Somos uno de los países que, en promedio, lee menos libros en Latinoamérica. Eso es paradójico, pues Venezuela ocupa un envidiable lugar, razón por la cual son rentables las empresas editoras en ese país.
La televisión tiene mucho que ver en ese desinterés colombiano por las historias escritas y las tertulias que, en torno a estas, se promovían. Hace unos años era frecuente que esos encuentros se realizaran en espacios privados como el hogar, entre amigos. A principios del siglo pasado, la concurrencia en los bares no era aceptada; y a pesar de eso los intelectuales de la época empezaron a romper con ese paradigma. En Bogotá existió la Gruta Simbólica, un círculo o tertulia literaria cuyos integrantes eran continuamente sorprendidos y conducidos a guarniciones militares.
Algunos de estos escritores y poetas usaron como eje de sus novelas tramas con personajes bohemios y de vidas desesperanzadas. Ahora, muchos años después, las nuevas generaciones de colombianos han dejado de interesarse por esas lecturas y por asistir a las bibliotecas de manera voluntaria. Esos lugares se ven atiborrados de estudiantes que consultan, obligados, una tarea. Y no falta que terminen charlando sobre el programa de mayor rating en la televisión, que por lo general es el que le hace apología al narcotráfico, como “El Capo”, “Los Tres Caínes” o “Escobar, el patrón del mal”.
Nos hemos entregado a las sensaciones que producen estos programas de la televisión y que, por la vía del control emocional, han aportado para que perdamos cada vez más nuestra autonomía crítica. El ocio y el tiempo libre fue colonizado por la televisión, que desplazó las actividades culturales, la lectura y la educación y, como si fuera poco, importantes espacios de tipo familiar.
Tan grave es la situación, que muchos padres de familia han optado por tener sólo un televisor, que es ubicado en la sala de la casa. La razón es que sienten un vacío tremendo cuando llegan del trabajo y sus hijos están encerrados, cada uno, en su habitación. Por lo menos un solo aparato, logra congregarlos. Y eso sin contar que la televisión también se convirtió en un mecanismo de sanción o premio, según el comportamiento de los muchachos.
Hoy la televisión ha salido de casa, ha llegado a los carros, a los aviones, los bares y los teléfonos móviles. Nadie se escapa de esa masificación. Lo triste, sin embargo, es que la televisión educativa es cada vez más escasa y aburrida para muchos. Así que el intento del General Rojas Pinilla, en 1954, de que fuera un medio para el fomento de la cultura y la educación, se atomizó.
El descontento de muchas organizaciones de ciudadanos que se manifestaron por el cambio brusco e inesperado que dio la televisión colombiana para volverse un emporio comercial, no fue suficiente. Hoy, ese cambio significa la concentración del poder de dos familias que no han permitido la democratización de este medio, pues se oponen al nacimiento de otro canal.
Vale, entonces, recordar las palabras de Gonzalo Arango en su libro Providencia: “la televisión enceguece la mente y la visión. Apague y vámonos a ver nubes de aves, alas de luz en el cielo”.