Comercio y desarrollo agrícola
En la columna de la semana pasada se destacaron los importantes resultados que en materia de desarrollo de sus agriculturas han logrado Nueva Zelanda y Chile. Dichos resultados contrastan, poderosamente, con los conseguidos por nuestro país.
A pesar de nuestra variada riqueza natural, Colombia, antes que tener en sus sectores agropecuario, forestal y pesquero una de las principales fuerzas del desarrollo, ha visto cómo, durante las últimas décadas, la participación de dichos sectores ha venido perdiendo peso, aceleradamente, en el PIB total.
Mientras Nueva Zelanda y Chile han conseguido que el comercio internacional jalone el desarrollo y la diversificación agrícolas, en nuestro país el grueso de las exportaciones sectoriales son las mismas de décadas atrás. Antes que promover el desarrollo agroexportador, se levantan barreras al comercio internacional. Todo esto tiene un costo que se expresa en un uso inadecuado de los recursos naturales, una falta de oportunidades para los habitantes del campo y un alto precio de los alimentos para los consumidores.
Adicionalmente, el ambiente de desarrollo productivo y comercial que se presenta en las diversas regiones agrícolas del país se caracteriza por mantener un status quo que va en contra de la transformación y de la modernización agrícolas. Esto implica una muy baja utilización de información en los procesos de toma de decisiones que están determinados, mayormente, por la tradición. Igualmente, la adopción de nuevas tecnologías y la creación de ambientes innovadores en las unidades de producción son actividades desarrolladas por unos pocos productores.
Nueva Zelanda y Chile han creado todo un enjambre de organizaciones, reglas de juego e incentivos que responden a una visión compartida, entre los diversos actores, del desarrollo de sus respectivas agriculturas. Estas visiones se expresan en políticas, planes y programas de desarrollo sectoriales.
Un eje común de desarrollo agrícola que comparten estas dos naciones es, derivado de su clara vocación exportadora, la necesidad de hacer de sus agriculturas actividades altamente productivas y competitivas. De esto se deriva un interés mayúsculo en el manejo sostenible de la base de recursos naturales; la generación, la transferencia y la utilización de nuevo conocimiento; la formación creciente de capital humano especializado, y la búsqueda y el desarrollo de nuevas oportunidades productivas y comerciales. En otras palabras, lo que estas dos naciones hacen es crear un conjunto de estructuras que soportan un ambiente de desarrollo altamente dinámico que facilita los procesos de modernización y transformación agrícolas.
Lo anterior ha llevado a que en ambos países se promueva, con igual intensidad, el desarrollo de las actividades agropecuarias, como las frutas o la producción lechera, y de las actividades forestales y pesqueras. En todas ellas, la presencia de estos dos países en los mercados internacionales es cada vez más importante. Igualmente, los desarrollos agroindustriales adquieren importancia creciente.
La ampliación de las bases productivas y exportadoras encuentra, en el sector público, su contraparte. En Chile se creó una institución especializada en la innovación agrícola y se dispone de un instituto especializado en el sector forestal. En Nueva Zelanda, el sector frutícola cuenta con un centro de investigación e innovación dedicado exclusivamente a promover el desarrollo del sector.
De otra parte, en las políticas y en los programas gubernamentales, el comercio exterior agrícola constituye un eje estratégico esencial que permea y ordena el conjunto de instrumentos de política.
Es claro que la agricultura colombiana tiene, frente a los TLC, un enorme reto e importantes oportunidades de desarrollo. Los ejemplos de Nueva Zelanda y Chile muestran que, a pesar de las aprehensiones y los temores, el desarrollo y el progreso agrícolas son posibles en un ambiente de apertura comercial, pero para ello se requiere de una firme decisión gubernamental y de un sector privado emprendedor y dinámico.