Histórico

CON AVE MARÍAS AJENAS

12 de octubre de 2013

Clasificamos al mundial. Después de 16 años volveremos a la máxima cita del balompié mundial. Además será en Brasil, cosa que permitirá a muchos colombianos viajar a ver a su selección jugando.

Para los gobiernistas, por ejemplo el editorial del El Tiempo, "es una poderosa señal de que hay muchas cosas que en el país están cambiando. Y para bien". ¿Alguien quiere explicarme por qué la clasificación de la selección al mundial es "una poderosa señal de que las cosas están cambiando, para bien"? ¿Cuál es el síntoma, la muestra, el testimonio de semejante cambio? Los santistas parecen estar desesperados por mostrarles a los ciudadanos, que son tan torpes y tan ciegos y tan mal califican al gobierno, lo bien que está el país, "las muchas cosas que están cambiando". Pero como hay tan poco para mostrar en el Ejecutivo, la clasificación al mundial, tan popular, tan cercana a los corazones de la gente, es buena oportunidad para despertar el optimismo ciudadano, para insuflar esperanza.

Pero ni el Gobierno puede adjudicarse méritos ajenos ni los santistas deben darle créditos que no tiene. No hay en la clasificación merecimiento alguno de este Gobierno o de los anteriores. Ni siquiera tiene crédito la Federación de Fútbol, de suyo tan oscura, excepto por el hecho de haber despedido al Bolillo Gómez cuando le dio por repartirle ídem a alguna moza bailadora, y por haber nombrado a Néstor Pékerman.

Pékerman sí es parte fundamental del éxito. Sereno, cerebral, discreto, trabajador, consiguió, por un lado, recuperar la mejor tradición del juego colombiano, con toque y manejo del balón a ras de suelo, y, por el otro, devolverles la confianza a los jugadores. Sin su trabajo mental el equipo se hubiera desmoronado después de ese tres en contra del funesto primer tiempo contra Chile. Yo, confieso, me temí una goleada aun mayor. Los australes son de lejos el equipo suramericano que mejor viene jugando y así se lo habían demostrado a España, campeón mundial, en un partidazo que los de la Madre Patria rescataron, como nosotros, a última hora.

La otra clave son los muchachos, los jugadores. Con mucho roce y experiencia internacional, esta camada tiene clase, técnica, disciplina, vocación de sufrimiento, y una formación ética y futbolística más sólida que la de generaciones pasadas. En semejante situación, en lugar de venirse abajo se crecieron y empataron un partido que parecía irremediablemente perdido. Ese resultado es un refuerzo a la confianza de enorme valor, prueba de que, hasta el pitazo final, ganado solo se puede llamar a las vacas.

Ahora, el primer tiempo enseña muchas lecciones de lo que no debe hacerse. Colombia no puede renunciar a manejar el balón ni dedicarse a defender. Esa táctica termina, más temprano que tarde, como en Montevideo y ahora en Barranquilla, con un par de goles en contra. Para nuestra selección, la mejor defensa son el control del balón y el ataque. Ambos partidos ilustran también que no se puede perder la concentración ni un segundo. En un mundial perder un partido puede ser fatal y el calendario no da espacio para recuperarse. Ojalá, además, aprendamos que no debemos caer en triunfalismos. ¡Aún cargamos con la estela que nos dejó aquel cinco a cero a la Argentina…

A propósito, hoy se corre la maratón de Chicago. Y viene a mi memoria Hernán Barreneche, un risaraldense de 73 años, sí 73, que varias veces ha ganado su categoría en la más exigente y difícil de las maratones, la de Boston. El año pasado corrió los 42.2 kilómetros en 3 horas y 19 minutos, un tiempazo que ya quisiéramos aquellos que somos treinta o cuarenta años más jóvenes. Barreneche es un monstruo, sí, pero demuestra que la edad no es obstáculo y, como con la selección, prueba que con trabajo, esfuerzo y mucha disciplina, se alcanza cualquier meta. Esa, y no la de los gobiernistas buscando indulgencias con ave marías ajenas, es la lección de la clasificación.