Histórico

Conexión 2.0, revolución y control

LA EXPLOSIÓN DE las redes sociales y las nuevas tecnologías han perfilado otro mundo, en el que hay que preguntarse por el control, como lo hace el periodista Gumersindo Lafuente.

08 de enero de 2012

El 2011, sin duda, fue el año de los indignados y las revoluciones, pero también el de la mayoría de edad de Twitter. Por números, alcanzó los 100 millones de seguidores activos, pero quizá más por su imparable influencia.

Ya de todo nos enteramos antes por Twitter, hasta de la captura y muerte de Bin Laden durante una muy secreta operación del Ejército de Estados Unidos, contada en directo por el paquistaní Sohaib Athar sin saber él mismo lo que realmente pasaba.

También ha invadido nuestro lenguaje cotidiano. Los hashtags (etiquetas que agrupan temas en Twitter) y los trending topics (los temas de mayor audiencia en las redes sociales) invaden los medios y participan con vigor en la construcción de la agenda informativa. Toda la realidad se dota de sus etiquetas para ser reconocida y estas evolucionan buscando la permanencia en la lista de lo más caliente.

Lo que empezó casi como un juego se ha transformado en un arma de acción política y de control social del poder y los medios. Desde la red, desde Facebook o Twitter, ciudadanos de todo el mundo y de todas las procedencias sociales tienen la oportunidad por primera vez en la historia de hacerse oír sin intermediarios.

Pero no todo es tan sencillo en este nuevo ecosistema. El especialista norteamericano Nicholas Carr lo advertía en la gira de presentación de su libro Superficiales . ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?: "Creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous, pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones'.

Una visión inquietante. Cuando empezábamos a creer en la libertad y el poder revolucionario de la red, nos dimos cuenta de que esa misma potencia puede ser empleada en nuestra contra. Lo que se nos presenta como un paraíso para el acceso al consumo a precios bajos se puede convertir en una trampa.

Es la visión del investigador bielorruso Evgeny Morozov, que alerta ante los peligros de negociar con nuestra privacidad: "¿Qué puede competir con el aparentemente infinito almacén de música disponible en servicios de streaming como Spotify? Nada, pero intenta hoy acceder ahí sin una cuenta en Facebook y no llegarás muy lejos: Spotify exige que los nuevos usuarios tengan ya una cuenta en Facebook, que no podrán obtener a menos que estén dispuestos a registrarse en Facebook con sus nombres reales.

De este modo, escuchar música de una manera anónima se convierte en algo anómalo; gradualmente, pudiera convertirse también en algo tecnológicamente difícil y caro. Leer de una manera anónima no parece ser algo anómalo todavía, pero las cosas cambiarán a medida que evitemos entrar en las bibliotecas públicas y empecemos a tomar prestados los libros a través de Amazon y de Barnes & Noble. Aquellas nunca pensarían en vender nuestros datos a terceros; estos últimos no se lo pensarían dos veces".

Y así es como en este vertiginoso mundo digital pasamos de la tecnología como herramienta subversiva a la tecnología como objeto de consumo desaforado. Y allí Steve Jobs es el rey por derecho propio. Su retirada en agosto y su muerte en octubre fueron dos de los momentos más intensos de tráfico en la red en 2011. Nadie como Jobs supo hasta ahora crear un entorno en el que la tecnología pierde su complejidad y se convierte en objetos bellos.

Nadie logró crear una marca, con un grupo tan numeroso de fanáticos que esperan cada novedad, cada lanzamiento, con una pasión y una fe solo comparables a las de los primeros cristianos.

A pesar del retrato afilado que el periodista Walter Isaacson hace en su imprescindible biografía, Jobs era admirado por su entorno más cercano, el que le aguantaba los insultos y las rabietas. En gran medida todos le debemos a su ingenio alguno de los saltos tecnológicos más grandes de la historia reciente.

Jobs señaló el camino a la industria de la música con el iPod y el iTunes, dio la entrada sencilla a la movilidad con el iPhone y remató la faena con el iPad, desatando la guerra de las tabletas y las aplicaciones. Un mundo feliz quizá demasiado perfecto, un jardín cerrado en el que muchos, a pesar de todo y con Tim Berners-Lee (el inventor de la web) a la cabeza, no terminamos de sentirnos cómodos.