Contra un viejo prejuicio
Alejandro de Humboldt, según cuenta en su Viaje a las Regiones Equinocciales, conoció en Arenas, Venezuela, un hombre de treinta y dos años, llamado Francisco Lozano, que daba leche bastante para amamantar a un hijo de cinco meses, dos o tres veces al día, mientras su mujer estuvo enferma. Su leche era consistente y fuertemente azucarada, dice Humboldt, que no le hizo el asco. Y Bonpland examinó el pecho del hombre y lo halló arrugado como en las mujeres que acaban de criar.
Humboldt, siempre tan erudito, recuerda los chivos de Córcega y Lemnos que los antiguos reputaron más productivos que sus cabras; al macho cabrío de Hanover que era ordeñado cada dos días, y a los anatomistas de Petersburgo que observaron que entre la plebe rusa eran más frecuentes los hombres lecheros que en las razas meridionales sin que fueran débiles o afeminados. Alejandro Benedicto, de Verona, a fines del siglo XV, refirió la historia de un sirio que como Lozano daba leche. Y como Lozano alimentó a un hijo huérfano con sus beneméritas tetillas de viudo.
El Ente Elucidado, Tratado de Monstruos y Fantasmas, de fray Antonio de Fuentelapeña, publicado en 1676, trae otros ejemplos de esta descuidada costumbre viril. Recuerda que Aristóteles menciona a un compatriota suyo que se sacaba de una sola vez leche suficiente para un buen queso. Y a Manuel de Faría que trató hombres que criaron sus hijos con sus pechos. Lorenzo Volf, cuenta Juan Conrado, cuenta Fuentelapeña, era tan fecundo con su licor que apretando los suyos rociaba a los circundantes.
En Cumucayata, Brasil, hubo una nación cuyos hombres amamantaban sus críos. Los senos de las mujeres eran en cambio pequeños y secos. Puro adorno. Humboldt los vio y concluye que es vano el asombro de los filósofos ante los pezones masculinos, y que los antiguos se equivocaban al creer que la naturaleza había rehusado al sexo masculino la facultad de alimentar sus camadas por estar desacuerdo con la dignidad del varón.
No es cierta la antigua presunción de que las tetas de los hombres no sirven para nada. Y es posible que un día próximo se conviertan en un alivio para las familias con problemas de liquidez, pero plagadas de hijos, tan comunes entre nosotros. Y para paliar el desempleo, si las cosas siguen como van, los varones desprejuiciados sin hijos mamones podrían arrendarse como padres de leche, depuesto el falso orgullo machista, mientras les sale algo mejor.
De cualquier modo, la leche de hombre debe ser tan nutritiva como la de tarro. Y más económica que la de vaca. Es más barato alimentar un hombre que una vaca. Y ocupa menos espacio, con cuernos y todo.
La fisiología moderna afirma que basta una adecuada y sostenida estimulación de los pechos de los varones para volverlos productivos. Y en todo caso, pienso que la vida sería mucho mejor, y más segura la Tierra que pisamos, si los hirsutos pechos masculinos generaran más nutritiva leche azucarada y consistente, como la de Francisco Lozano, el amigo de Humboldt, y menos furores patrioteros, agrios enredos de deshonores, y alardes heroicos.