Crisis y vicios privados
Mandeville proclamó en el siglo XVIII que los vicios privados hacen la prosperidad pública. Y el siglo XIX convirtió el egoísmo en el resorte de todas las actividades humanas. El acrecentamiento de la riqueza social depende de algunos individuos dispuestos a sacrificarse en el altar del becerro de oro, el sentimiento amoroso responde al gusto por la compañía y la necesidad de aliados, se da para ganar honor, afecto, o confianza. Yo te rasco, tú me rascas, es el mandamiento inconfesado del altruista.
Los filósofos del anarquismo, discípulos de Kropotkin, el más puro de los profetas del movimiento, que tienen tanto de ángeles a pesar de los impulsos destructores, oponen sin embargo el instinto solidario a la idea de la sociedad de clases de la ortodoxia darviniana, en lucha perpetua por los espacios del poder, donde triunfan los aptos, los más fuertes e inescrupulosos. Pero la experiencia enseña que sin el pábulo del beneficio personal la comunidad tiende a la parálisis.
El extremo desprendimiento se da en las congregaciones de los monjes contemplativos cuyas reglas permanecen más o menos invariables hace mil años. La búsqueda de la felicidad negativa por el silencio, el anonimato y la quietud es para seres estrambóticos, demasiado razonables o demasiado enfermos según se mire. La montonera está hecha para la acción y el movimiento desde los años de la envidia de Caín, fundador de ciudades. Y las ciudades son lo que son, alborotadoras, excesivas, brillantes y confusas, como metáforas del espanto del primer homicida.
En contra de Mandeville y sus seguidores también son obvias otras cosas. Cuando se hipertrofian las cualidades que predisponen a la especie humana a la construcción de bienestar, y los negocios, plagan la vida de infelicidad, destemplanzas, dificultades, y desorden. Y es lícito creer que el desarreglo alcanza a la economía de la Naturaleza. Ahora parece que la exacerbación del ánimo de lucro, la alienación del Ser en la idolatría de las cosas y los espejismos del éxito, empobrece al mismo tiempo el medio ambiente, que a medida que aumenta la obnubilación interior contagia las cosas. Y los volcanes, el tumulto de los ríos desbocados, las furias del mar y los aguaceros del cielo pierden el ritmo y la melodía mientras cesa el flujo de dinero en los bancos, y la depresión de los mercados corre pareja con la depresión de los corazones. Estos formidables basureros modernos, incapaces de digerir los desechos de los afanes urbanos, ¿no serán una fétida imagen de la perversión de las costumbres y la tiranía del libro de contabilidad?
Hace días entrevistaron en la televisión, en el canal de negocios, a un grupo de jóvenes ejecutivos yanquis, ricos y poderosos. La cámara mostraba sus autos millonarios a la puerta del edificio fulgurante mientras explicaban sus ambiciones. Espantaba la arrogancia. El apego a los lujos. La sed de fantasías. Tanta eficiencia en tan poco discernimiento. Y sobre todo la amenaza.
Detrás de la impostada seguridad había mucha angustia de perder sus privilegios. Pero lo peor fue la decisión de mantenerlos a cualquier precio, que expresaron con el impudor y la inocencia de unos candorosos animales de rapiña. Después, vino la crisis.