¡Cuando el infierno es un paraíso en campaña!
Uno de los aspectos más patéticos es observar cómo las alcaldías y gobernaciones se convierten en platos de segunda mesa para aquellos que no lograron la Presidencia en la última oportunidad y deciden escamparse en dichas administraciones parroquiales mientras llega el momento de "clasificar" a la siguiente ronda presidencial.
Un cuento muy agradable nos recrea el "fascinante" mundo de las campañas políticas: "?el infierno tenía la mejor propaganda de los mejores placeres para la otra vida; el lujo sin límites; las exorbitantes comodidades del lugar y todos los menesteres necesarios para el goce de la eternidad completa. Las almas, en la tierra, completamente deslumbradas ignoraban a los escuálidos mensajeros celestiales y sus andrajosas apariencias mientras competían contra los finos atuendos de los pregoneros del sótano del mundo. Llegó la hora de la votación y por unanimidad indiscutible el infierno ganó. Cuando las almas comenzaron a llegar a la bóveda del mundo se encontraron con un vasto desierto de podredumbre y desolación. Inmediatamente le preguntaron al diablo, "¿qué pasó con todo lo que nos prometiste?" Y el diablo les respondió: "mis muy queridas e incautas almas perdidas, es muy simple, ¡Estábamos en campaña!". (Desconozco el autor).
Aunque sea un cuento con una enseñanza ética o moral, cada uno de nosotros lo podría transformar y obtener la realidad nacional, porque -más que un surrealismo hipotético- es estrellarnos tristemente con una situación que ya superó cualquier ficción macondiana; es asistir, y sin escrúpulos, a la compra de almas en las actuales campañas. Sin embargo, uno de los aspectos más patéticos es observar cómo las alcaldías y gobernaciones se convierten en platos de segunda mesa para aquellos que no lograron la Presidencia en la última oportunidad y deciden escamparse en dichas administraciones parroquiales mientras llega el momento de "clasificar" a la siguiente ronda presidencial.
Creo que pocos preparan cabalmente los programas de dichas gerencias; diría que le hacen una somera carpintería al programa que no funcionó para la Presidencia y se lo mostramos al pueblo como un trabajo ávido de muchas noches de insomnio, porque ante todo, "¡amo a mi ciudad!, ¡amo mi departamento!" Luego, como el diablo, "¡Estábamos en campaña!".
Pero ahí no estamos ni en la mitad del cuento en las infernales y carnavalescas campañas que se ven en el "país del Sagrado Corazón". Despertamos con las nuevas alianzas de aquellos que hasta hace poco se odiaban pero ya son capaces de prometer mucho más que el diablo; en el bombardeo de encuestas todos son favoritos.
Presenciamos también el juego de injurias para calentar urnas de aquellos que no le ganan ni al voto en blanco pero que echan mano de todo para hacerse notar. Calumnias, trapitos al sol, destapes, maquiavélicas coaliciones y todo tipo de denuncias están al orden del día en primera página de todos los medios y a esta altura todo tiene un espeso y novelesco tinte de reality televisivo. ¿Llegaremos al día en que verdaderamente las campañas se conviertan en insulsos realities?
La vergüenza que realmente me cercenó todos mis orgullos patrios en París corrió por cuenta de un pintoresco alcalde de la ciudad que llegó como el ejemplo de corrupción ante una de las conocidas frases de Céline. El profesor comentó que en Medellín se había construido la ciclorruta más onerosa del mundo, un adefesio y monumento a la corrupción que costaba menos haberlo edificado en mármol negro, mientras que en París la misma vía para las bicicletas es un delineamiento blanco a la derecha de la calle.
Pues bien, allí estaba yo esperando que mi tutor me señalara para testificar su argumento como uno de los nativos de aquel lugar. Y en esa clase de literatura -que nada tenía que ver con la política- asumí la verdad casi como una culpa para engrandecer la obra de Céline cuando afirmó: "Felices quienes fueron gobernados por el caballo de Calígula". (Muy citado también por estos días de campañas).