Histórico

Cuando la política es una fiesta

19 de enero de 2009

Que la gente ría, cante, se abrace, llore, se vuelque a las calles y sienta un especial júbilo ante la posesión de un presidente, no es usual, o por lo menos no lo ha sido en los últimos diez años cuando la política ha tenido muy poco brillo y los liderazgos en el mundo se mudaron a otros campos: el empresarial con Bill Gates o el religioso con Juan Pablo II; y la popularidad se la disputan por igual los mimados de la farándula o del deporte.

El milagro lo ha hecho Barak Obama, un hombre que hasta hace cuatro años era un desconocido. La explosión de alegría que despertó su elección no ha cedido, al contrario se ha vuelto más intensa. La fiesta ha empezado con anticipación. Lo que transmitían todos los periodistas apostados en Estados Unidos, este fin de semana, era la extraña euforia de un pueblo que espera el advenimiento de una nueva era.

La mayor demostración de la expectativa que ha despertado Obama será este martes cuando dos millones de personas se tomen a Washington para presenciar la ceremonia de posesión y los televisores de todo el mundo capturen una audiencia inesperada para un certamen político.

El fenómeno es aún más insólito si se piensa en quien lo produce. Un hombre negro hijo de inmigrantes, que hizo su gran debut hace apenas un poco más de cuatro años con un discurso en la convención del Partido Demócrata que proclamaba a John Kerry.

Le han ayudado enormemente las circunstancias. La gran tragedia en que se convirtió la guerra de Irak, la crisis económica mundial y la vergüenza inocultable en que terminó el gobierno de Bush. El cambio se convirtió en una verdadera obsesión para la opinión pública norteamericana.

Pero los méritos de Obama están mucho más allá de las realidades del momento. No es fácil reunir un gran carisma, una habilidad sin igual para la palabra, una disposición a la renovación, un reconocido compromiso ético, una serenidad especial para encarar momentos difíciles.

Por lo pronto todas estas virtudes le han servido para transmitir un sueño y rescatar la esperanza en un mundo descreído de los políticos y angustiado por una conjunción de miedos e incertidumbres económicas.

Tanta es la ilusión que ha despertado que ni siquiera quienes están en una orilla ideológica y política contraria se atreven a augurar el fracaso. Los racistas, los más recalcitrantes exponentes de la derecha y los propulsores de la guerra y las medidas de fuerza están a la defensiva. Han perdido una batalla decisiva en el centro de la política mundial.

No la tiene fácil, en todo caso, Obama, en los próximos meses. Será realmente difícil alcanzar grandes resultados en medio de un panorama tan adverso. Si como dicen los analistas estamos ante una debacle económica parecida o más dura que la de los años treinta, la recuperación implicará no sólo cambios profundos sino tiempo, bastante tiempo, para volver a encarrilar los negocios y la sociedad.

La terrible agresión de Israel a la Franja de Gaza le agrega un ingrediente más a la dura confrontación que se desató ante las amenazas terroristas del fundamentalismo musulmán y la errática y sangrienta respuesta de Bush. Pasará mucho tiempo hasta que se encuentre un camino de dialogo y reconciliación verdadera entre occidente y los musulmanes, una salida para los conflictos en Irak, Afganistán, Pakistán, Palestina y una disminución de las tensiones con Irán, Rusia y Corea.

Es muy probable que al cabo de un año las enormes expectativas que ha despertado Obama hayan disminuido un poco y hayan empezado a aparecer las primeras críticas a su gestión. Quizás el desmedido entusiasmo empiece a ceder con el paso del tiempo.

Pero la historia no será igual de ahora en adelante. La cultura profunda del mundo ha cambiado con la elección de un negro a la presidencia en el país más poderoso de la tierra. Así mismo la política se ha tornado en una fiesta de la que disfrutan por igual los de abajo y los de arriba y eso es un acontecimiento insoslayable.