Cuando la vida se multiplica por tres
EN LA CLÍNICA de la UPB nacieron trillizas. Mariana, Melisa y Salomé llegaron al mundo para la alegría de sus padres, una pareja de sanvicentinos que se sometieron a un tratamiento de fertilidad después de haber perdido dos bebés.
Hace cinco años, Gladys Elena Sánchez Quiceno perdió su primer bebé. A finales de junio pasado, otro más.
"Ahora le llegó ese primer bebé, el segundo y ya el tercero vino bien", le dice Olga Lucía Aguirre a Gladys Elena, una mujer de 26 años que este lunes dio a luz trillizos.
Olga Lucía es una de las muchas trabajadoras de la Clínica Bolivariana que han estado pendientes de la familia Cardona Sánchez y sus tres pequeñas.
Aunque el centro médico se especializa en embarazos múltiples, los nacimientos crearon una alegre revolución. Los pasillos del hospital por los que cruza Gladys Elena se convierten en espacios llenos de sonrisas, miradas cálidas, suspiros.
Como un embarazo triple requiere de cuidados triples, desde hace un mes Gladys Elena se trasladó desde San Vicente, oriente antioqueño, hasta la Clínica de la UPB.
Siendo habitante "permanente" del hospital, enfermeras, camilleros y doctores se habían acostumbrado a verla pasar con su vasta barriga.
Desde antier en la mañana, Gladys Elena está más ligera y mucho más contenta. A eso de las 8:00 a.m. nacieron Mariana, Melisa y Salomé.
"¡Cómo se va a marear si va a ver estos angelitos!", le dice Édgar Cardona a su esposa, a unos cuantos metros de la incubadora en la que descansan las tres niñas.
Édgar es otro que no cabe en la ropa de la felicidad. En la Unidad de Terapia Intensiva Neonatal, donde se reencuentra con sus hijas por segunda ocasión, este padre primerizo se deshace en mimos.
Le besa la frente a Melisa, le toca los pies diminutos a Salomé, calma la rabieta de Mariana. Es la primera vez que Édgar y su esposa ven los ojos de Melisa y Salomé.
Mariana, siempre adelantándose a sus hermanitas, salió primero del vientre de su madre y abrió los ojos al mundo desde las primeras horas. Son unos ojos negros, que todo lo ven, que todo lo buscan, perfectamente formados a pesar de las escasas 32 semanas de gestación.
"Uno siempre quiere tener un hijo... ¡pero mi diosito me dio tres!", dice con júbilo este agricultor fuertemente afectado por la ola invernal que ahora confía el futuro de sus tres hijas a la Providencia.
Así lo ha hecho su familia con esas descendencias que se multiplican de repente. Édgar tiene dos hermanos, un par de primos, cuatro sobrinos y otra pareja más de parientes que nacieron mellizos.
Él apenas está cayendo en la idea de ser padre "múltiple". Cuando a punto de salir de la unidad neonatal una enfermera le informa que tiene que adjuntar una serie de documentos -todo un legajo de copias y originales si se le multiplica por tres-, él, extrañado, abre los ojos.
"¡Ay mijo!", le dice la enfermera, como advirtiéndole sobre su vocación paternal que apenas comienza, "usted sabe que de ahora en adelante todo es triple".