Histórico

Cumplir órdenes

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17 de noviembre de 2010

Si algo duele en " El sueño del celta ", la última novela de Mario Vargas Llosa, es que la crueldad del ser humano es ilimitada. Claro que esto no es una novedad en el mundo, lo sabemos bien nosotros los colombianos, quienes a raíz de este conflicto vicioso e infinito, hemos padecido la imaginación macabra de los grupos armados para torturar y asesinar.

Pero no me detendré en el conflicto colombiano que de una u otra forma los medios denuncian, sino en cómo a raíz de esos viajes de Roger Casement por el Congo y la Amazonia, verificando lo que hacían con sus trabajadores las factorías que se dedicaban a la extracción de caucho, se ve en profundidad la irracionalidad del hombre.

Dice Joseph Conrad que lo que más lo afectó cuando estuvo en el Congo fue, más que las enfermedades, "la corrupción moral, la corrupción del alma que lo invade todo en este país". Es por eso que Alice Stopford Green, historiadora irlandesa, gran amiga de Roger y quien inspiró fantásticas tertulias con importantes intelectuales de la época, entre ellos, W. B. Yeats, Arthur Conan Doyle, Bernard Shaw, etc., dice que el libro de Conrad, " El corazón de las tinieblas ", es una "parábola según la cual África vuelve bárbaros a los civilizados europeos que van allá".

A esa "corrupción del alma" y a la "barbaridad de los civilizados" yo pienso que podríamos agregarle la "negación del individuo", porque si hay algo que queda claro mientras Roger Casement describe las torturas cometidas en sus minuciosos informes para el Imperio británico, es que siempre hay una justificación para ser ese bárbaro que caza indios en la Amazonia, que le corta las manos a los negros del Congo, que tortura con el cepo y el chicote, que les mete ají molido al sexo de las niñas para oírlas chillar con dolor y después violarlas, que aplasta los testículos con una piedra de amasar yuca y los remata a garrotazos, que corta orejas y narices, que tortura y asesina a la mujer y a los hijos del mismo trabajador que no cumplió con la cuota mientras los cadáveres son arrastrados al bosque para que se los coman los animales.

Las torturas se justifican diciendo simplemente que "cumplía una orden para?". Puestas las cosas así, el individuo se suprime, la responsabilidad individual desaparece y por lo tanto no hay culpa porque se actúa en nombre de otro. La culpa es de aquel que ordena, no del que ejecuta a ese indígena, a ese negro que "no es un ser humano propiamente hablando", como dice alguien cuando justifica sus acciones, y por eso "era legítimo explotarlos, azotarlos, secuestrarlos, llevárselos a la fuerza a las caucherías, o, si se resistían, matarlos como a un perro que contrae la rabia".

Lavarse las manos siempre es una buena opción, inventarse un efectivo método para aprender a pasar la página y seguir viviendo sin cargo de conciencia es una artimaña que el hombre ha pulido a lo largo del tiempo para no medir las consecuencias.

De alguna forma Roger Casement rompe con este paradigma de "obedecer" porque lo que hace entre viaje y viaje es reconocerse como individuo que tiene un sueño difícil de cumplir y carga así mismo con sus consecuencias mientras lo intenta.