De la casa de Julio sólo hay polvo
Sobre las mismas ruinas donde Luisa Fernanda Bustamante, de tres años, cantaba "a, e, i, o, u, mi mamá ya no me pega porque ya me sé la u", don Julio Arias, un abuelo de 63 años, miraba con desconsuelo su casa derruida, el fruto de siete años de esfuerzos, hecho polvo, escombros.
También escuchaba el martilleo de los obreros del Municipio, que golpeaban las columnas y lo que quedaba de los muros de su vivienda, construida con mucho sacrificio, pues "a veces ni mercaba por comprar cemento, varillas, adobe", decía Julio.
Estaba impotente. Sabía que su casa, a pesar de que estaba bonita, bien construida y con acabados bien tirados, debía ser desalojada, pues la montaña donde estaba recostada es una amenaza seria. Tan seria, que el jueves se vinieron otras casas de más arriba sobre ella. Y le tocó evacuar.
"Vivía con mi esposa, dos hijos y la nieta, tocará arrancar otra vez, hay que ayudar a los hijos y tengo alientos, a pesar de esto", apuntaba Julio, a quien le tocó "asilarse" en la casa de su hija, en Bello, donde pasará unos días, no sabe cuántos, mientras llega la solución.
El escenario es el sector Cañada Negra, en el barrio Popular II, al nororiente de Medellín, donde otras 46 viviendas deberán ser demolidas porque la ladera en la que fueron construidas cedió, las lluvias la acabaron de aflojar, le filtraron aguas y allí nadie quedó seguro. La amenaza es de verdad y sus pobladores deberán irse a escarbar futuro a otros lugares.
Juegos de niñas
Como si el asunto no fuera con ella, Carol Alexa Vargas, de cinco años, jugaba con su cuaderno y le hacía rayas. Dibujaba una casita maltrecha, torcida, a punto de caer.
"Mi casa no va a cael, pelo sí las otas", balbuceaba, mientras la pequeña Luisa Fernanda jugueteaba a su lado y entonaba cantos infantiles. Sus tonadas entrecortadas, como si se asfixiara al hacer el esfuerzo de cantarlas, se las robaba el taque taque de los martillos y los cuchicheos de los vecinos afectados.
Uno de estos es Alquíver Marín, padre de cinco hijos y quien llegó al sector hace un año, desplazado de Pensilvania (Caldas). Inconforme con la orden del Simpad de que desaloje su casa de sólo tres metros, decía que no se irá.
"¿Qué hacemos?... no hay un albergue, que buscáramos arriendo cuatro meses, pero no voy a dejar mi casa para que hagan lo que quieran". Reclamaba soluciones de fondo, como Alberto Guzmán, quien habita el barrio hace seis años y recibió una amenaza que lo alteró, "que Bienestar me va a quitar los niños... puedo ser analfabeta, pero eso es demandable, es el único país donde la pobreza es problema".
Añadió que como pobre, ha mantenido a sus hijos. Que si su oficio de vigilante no le ha dado para habitar una casa lujosa, donde reside se siente seguro, así el Simpad le diga otra cosa. Culpa de la situación a que la plata de las ayudas se la roban otros. Y no vacila en lanzar dardos contra la Acción Comunal del barrio.
Más calmada, pero a punto de estallar en llanto, se veía a María Rubiela Pino Aguirre, quien aceptó que ante la amenaza, el único camino es desalojar. Pero la incertidumbre la agobiaba.
"Estamos en un barranco, se viene mucha agua, eso se mantiene remojado y corro peligro. A ver si nos ponen a vivir en otra parte, porque vivo con tres hijos y una sobrina, soy madre cabeza de hogar, no tengo esposo ni trabajo, toca irme a Bolívar a coger café", explicaba esta señora, que llegó a la zona desde que fue desplazada de su pueblo, hace seis años, y no para de sufrir.
Estos días, ella ha dormido en la calle, porque no tiene familia en Medellín ni para dónde coger. La vida se le derrumbó desde el jueves, cuando empezaron a caer las casas de su sector.
Y la orden del Simpad fue tajante: hay que desalojar y demoler 47 casas, confirmó el director de este organismo, Camilo Zapata.
Hay malestar en Cañada Negra. Ayer ya habían sido demolidas 14 casas, unas de madera y otras de material. En lo que antes eran muros y losas, ahora se ven ruinas. Había controles de televisor deshechos, cobijas viejas, pantaloncillos, cajas de cartón, cuadernos ajados, zapatos nonos, tablas, calendarios... mucha cosa. Y entre todo, una cuenta de servicios por valor de 27.942 pesos a nombre de Teresa Cifuentes Henao para pagar mañana 2 de julio. Ironías de la vida.