Histórico

DE LAS BARRAS BRAVAS A LAS REDES SOCIALES

22 de junio de 2014

Algunos individuos se sienten con pleno derecho a desahogar sus aborrecimientos en Facebook y Twitter y trasladar la vulgaridad primitiva de las barras bravas a las llamadas redes sociales. Hacen del fútbol un instrumento de agresión y discordia, cuando el deporte debería ser fraternizador y unitivo. Primero tuvieron el pretexto de las elecciones y ahora el del Mundial, para agredir a diestra y siniestra, a troche y moche, sin medir sus palabras ni el daño que pueden infligirles a los demás usuarios a los que deberían respetar, si no como amigos, al menos como copartícipes de un medio de expresión abierto y democrático.

Herir los sentimientos y creencias religiosos, políticos, nacionales o de cualquier tipo es una falta proscrita por todos los códigos de ética y de buen comportamiento. Pero lo que a veces vuelve antisociales las redes sociales es la virtual imposibilidad de control normativo. Restringir su utilización mediante leyes tiene todos los visos de necedad, arbitrariedad y disparate. Está probado que en la complejidad supranacional de la red de redes puede haber incontables puertas falsas y válvulas de escape que hacen de cualquier norma coactiva un ejemplo de ineficacia o de eficacia sólo simbólica.

¿Qué podemos hacer, entonces, cuando aparece en la pantalla el mensaje irritante de una persona que insulta a los hinchas de un determinado equipo y los manda al infierno (por así decirlo) y les acomoda los epítetos más ultrajantes que encuentra en su torticero diccionario personal de emociones? ¿Cómo aceptar que ese falso amigo de Facebook no se dé cuenta de que en su propia lista, en su entorno particular, incluso en su lugar de trabajo, hay quienes puedan ofenderse e indignarse con tales manifestaciones de hostilidad, porque tienen hijos y nietos entrañables, abuelos, colegas y allegados del país rechazado por el hooligan que se cree brincando y gritando en la gradería del estadio o en la cantina que frecuenta?

A mis alumnos en los cursos de pre y posgrado de Ética de la Comunicación y el Periodismo he venido proponiéndoles este tema de discusión. Partimos de rehusar la censura y cualquier disposición legal prohibitiva. Tengo la certidumbre de que hay modos efectivos de autocontrol para evitar o reducir conductas antisociales en las redes y marginar a los infractores. La sola exclusión puede servir de castigo. El caso archiconocido de la señora Nicolette van Damm es ejemplarizante, así la reacción de protesta la haya dejado apabullada. Agredir los sentimientos de los demás seres humanos es un acto de barbarie que no puede quedarse impune. La sanción por el daño moral es posible. A los energúmenos radicales y sectarios que llegan de las barras bravas, hay que denunciarlos, a ver si al menos les da vergüenza.