Histórico

Del patriarcado a la igualdad

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18 de julio de 2011

Todavía hay muchos conflictos conyugales que son producto de las desigualdades entre las mujeres y los hombres.

Aunque las relaciones de pareja de la era patriarcal cambiaron y ya el papá no es un ser supremo ni la mamá su servidora, todavía no se ha logrado el equilibrio ideal, pero no por falta de voluntad.

Los matrimonios de hoy están conformados por adultos que crecieron en hogares en los que aún el hombre era ante todo el proveedor de dinero y la mujer la proveedora de afecto y cuidado.

Por eso, como los hijos fueron criados principalmente por mujeres (mamá, nana, maestra), los niños no aprendieron a expresar el amor, sino ante todo a exigirlo y a recibirlo.

Y las niñas no aprendieron a ser amadas por los hombres, sino ante todo a sobrevalorarlos y a subutilizarlos.

De ahí que, a pesar de que ahora los esposos comparten muchas funciones parentales y domésticas, en sus relaciones conyugales aún hay problemas porque ambos esperan un cambio que apenas está en proceso, y las mujeres buscan un hombre que todavía no es, mientras que ellos buscan una mujer que ya no existe sino en los cuentos.

Vivir en pareja y gozar de una relación ecuánime, respetuosa y constructiva, son lecciones cotidianas que los niños aprenden de las interacciones entre papá y mamá.

Por eso hoy es fundamental que él esté muy presente para demostrarles a sus hijos que los hombres también pueden y saben expresar su amor con ternura, a la vez que colaborar con los oficios del hogar.

Y que las funciones parentales son intercambiables porque ambos atienden, cuidan, disciplinan y juegan con sus hijos.

Los hombres del mañana no deben crecer esperando demasiado de las mujeres porque han aprendido a delegar todas las responsabilidades familiares en las figuras femeninas de su vida ni las niñas deben esperar muy poco de los hombres y privarlos de la satisfacción de participar en el cuidado de su familia.

Hoy lo importante es criar hijas que ayuden a sus esposos a superar el machismo, no a base de combatirlos, sino de apreciar su participación en el hogar.

Y criar hijos que aprendan de su papá a valorar la dignidad de la mujer y a ver en su esposa, no una súbdita, sino una socia.