Diana hace empresa en Sudáfrica
DIANA HOYOS O Didi Ormaetxea, como hoy aparece en Facebook, unió su gusto por el dibujo y el diseño para crear trabajo en África.
¿Está mandado a recoger el término globalización? Vamos a ver: Diana es colombiana, vive desde hace cinco años en Sudáfrica, está casada con un español (vasco, para más señas), les compra telas a los musulmanes en Johannesburgo y Joyce, Nuzis Vusiso, Queen, Carlol, Violet, Amina y Magwala, sudafricanas y de Zimbabwe, pertenecientes a diferentes etnias, bordan las prendas que se venden en Johannesburgo y Ciudad del Cabo bajo el nombre de My Latina. Diana Hoyos llegó a vivir a Sudáfrica por amor. Con la incertidumbre de emprender una vida en un país al que solo la unían referencias exóticas, pero con la certeza de haber hallado al hombre indicado: Unai, el español rubio y cariñoso que conoció en Medellín y con el que compartió un año de noviazgo.
A la permanente pregunta de ¿qué me voy a poner a hacer?, ella le encontró una rápida respuesta: volver a los tiempos universitarios, cuando todos reconocían en sus dibujos de mujeres de ojos grandes y bocas desproporcionadas, trazos influenciados por Guayasamín o Picasso. Empezó a trabajar en mosaicos y dibujos.
Pero en la sala de su casa está la parte más cierta de sus intenciones iniciales: un exhibidor con las prendas de la primera colección de My Latina. Camisetas, faldas y tops, con imágenes y frases dedicadas al amor. Una evocación del sentimiento que la llevó a tomar hace un lustro un vuelo de 23 horas Nueva York-Johannesburgo.
Me quiero, Te doy la luna, Pienso en tí y Tuyo es mi corazón, se leen en hilos rojos, en español y zulu, en los diseños a blanco y negro de Diana.
Una mañana en Diepsloot
Los bordados nacen en las indicaciones en inglés de Diana y adquieren forma en las manos negras y casi toscas de las mujeres de Diepsloot. En ese barrio de invasión, en las afueras de Johannesburgo, encontró mujeres talentosas, necesitadas y comprometidas, dispuestas a trabajar con ella.
Para entrar hay que atravesar una calle polvorienta y en las esquinas, como en cualquier barrio de Medellín, hay jóvenes sin empleo viendo la vida pasar. A un lado está la funeraria, más adelante la peluquería, una venta de teléfonos celulares en una casa desvencijada y un pequeño supermercado recién inaugurado.
Luego de atravesar un campo despoblado, hay una reja metálica y al fondo dos construcciones recientes. En dos salones está Equip, Skills for Living, la fundación que convoca a las mujeres del barrio para que expresen sus habilidades manuales como una forma de vida. Allí tejen, elaboran osos en tela, decoran accesorios de cocina con piedras y hacen muñecos de trapo. Y dejan un pedacito de sus historias en My Latina.
Un pedazo que se traza en un salón amplio. Por la ventana se ven a lo lejos filas de casas y vías sin pavimentar. Se oye el alboroto de un partido de fútbol. Allí han llegado por cientos los desplazados de Congo, Mozambique, Zimbabwe... Los expulsan el odio, la pobreza, el hambre, las sequías y todo lo que se le pueda unir a la aspiración de una mejor vida. Sudáfrica es el E.U. de África, la potencia.
Alrededor de la mesa conversan Magwala, Joyce, Amina, Violet, Queen y Nuzis Vusiso. Visten faldas largas, botas y sacos de evidente talla masculina. Sobre la cabeza gorros de lana y turbantes. Sobre el pecho tienen unas pequeñas medallas. Son las insignias de la iglesia a la que cada una pertenece. Carol es la última en llegar. Todas la miran. Siempre está sonriente, tiene una peluca para cada día y se da pequeños lujos en vestuario. Llega de falda blanca y negra, botas de aguja y chaqueta de índigo con bufanda de colores.
Queen es la única que lleva la camiseta oficial de Sudáfrica. La amarilla de Bafana Bafana parece el uniforme de todos los viernes, desde que el Gobierno declaró éste como el día nacional del fútbol.
Diana llegó a ellas cuando quiso encontrar quién bordara sus prendas. Empezó buscando mujeres en los semáforos, aunque se dio por vencida ante su falta de compromiso.
Luego, para darle tono de empresa a su empeño, aprovechó un viaje a Colombia e hizo un curso en Interactuar Famiempresas. "Hay que saber administrar", dice. Y en ese otro lado de la administración que es el liderazgo, agradece el consejo que alguien le dio cuando empezó a trabajar con las mujeres en Diesploot: "trátalas con afecto, como a niños de siete años". Ellas, agrega, son muy sentidas, no se puede admirar a una sola, necesitan ser reconocidas y el trabajo con My Latina se los ha permitido.
Interrumpen el bordado de una flor atravesada sobre un vestido negro, para filarse junto a las demás compañeras de la fundación. Empiezan a cantar y a bailar Walking the Light , un tema religioso que las hace sonreír y abrazarse. Es su forma de decirles a los visitantes: ¡Bienvenidos!
Y es que cada jornada parece una pequeña fiesta. Sonríen con facilidad mientras conversan en zulu, saben que cada aguja enhebrada para darle color a los pétalos de esa flor de ocho colores, les ayuda a llevar a casa un poco de dinero. Casas en las que no hay baños, en las que la comida se toma con las manos y en las que llevar al hijo al médico o tener una toalla puede ser un artículo de lujo.
El aprendizaje es mutuo. Diana, por ejemplo, ahora entiende que a una embarazada no se le puede preguntar el sexo de su bebé, porque nunca responderá. Mucho menos se le puede ir a visitar antes de tres meses luego de haber dado a luz. Los temores al mal de ojo o a cualquier otro maleficio hacen parte de la cotidianidad. Ellah acaba de llegar y le entrega a Diana un vestido para su revisión, mientras abre el folder que guarda las fichas de trabajo de cada una. Diana le recuerda su promesa de bordar más unidades y le pregunta qué pasó. Ellah baja la voz y le da una explicación que solo oye Diana, pero que su rostro revela que es comprensible. En la pared hay dos bocetos con rostros de mujer, corazones y frases en zulu. Son las indicaciones de color para las bordadoras. Pronto les darán paso a las imágenes de papagayos, palmeras y aires caribeños. Empieza el periodo tropical de My Latina.