Dolor de uno que es dolor de todos
El accidente de Diego Ochoa recordó lo clave que es la seguridad social en el ciclismo.
Cuando los auxiliares del equipo lo recogieron tras la caída fueron presa del espanto, porque el rostro de Diego Ochoa se perdió en un mar de sangre.
El pedalista boyacense, que minutos antes había quedado rezagado debido a un enredón, trataba de volver al grupo principal, pero un hueco, a cuatro kilómetros de la meta en Montería, lo recibió cruel, para dejarlo tendido en el piso, casi al borde del nocaut.
Ese fue el comienzo de la historia vivida en el reciente Clásico RCN-Claro, en el que el pedalista de la escuadra 4-72 sufrió un delicado accidente, el que terminó con una operación de reconstrucción facial y la estabilización de la mandíbula, tras sufrir fractura del maxilar superior y del surco del filtrum.
"Fue un golpe terrible el que sufrió nuestro pedalista. Por fortuna no tuvo mayores consecuencias, porque pudo haber sido peor. Fue un golpe muy severo, pero Diego, por su fortaleza saldrá adelante", asegura el técnico Luis Fernando Saldarriaga, quien desde que terminó la etapa de la prueba radial, siempre ha estado pendiente del ciclista boyacense, quien es hijo de Israel el Rápido Ochoa.
Si Diego fue prontamente atendido, tanto en Montería como en Medellín, ciudad a la que fue traído en una ambulancia medicalizada, es porque cuenta con total cobertura médica de su equipo 4-72, que tiene como principio, la afiliación de sus ciclistas a los riesgos profesionales, algo que pocos elencos observan en el ciclismo del país.
"Esta ha sido una familia incondicional, porque mi hijo ha sido atendido en todo momento de la mejor manera desde el momento en que se accidentó", cuenta emocionada María Nubia Camargo, la mamá del corredor que es la esposa del Rápido Ochoa, quien en sus inicios sufrió una lesión muy similar.
Diego salió pronto de la clínica, incluso recibió el alta médica debido a la acelerada recuperación. Ya volvió a Paipa el viernes y tendrá la próxima revisión dentro de 15 días.
Una historia que pone de presente, una vez más, sobre los riesgos del ciclismo, lo duro que es accidentarse, pero lo gratificante que es cuando un pedalista se siente bien atendido y acompañado.