Dragone, el hombre de los hilos del show
Dos noches seguidas lo vi con la misma bufanda gris a cuadros, amplia y larga, cubriéndose parte del cuello, los mismos lentes reposando en su cabeza que, a las claras, denotan la miopía. Igual, dos noches lo vi impecablemente vestido con un traje oscuro, negro, su color preferido hasta en la tarjeta de presentación.
Es afable, pausado, tranquilo y siempre, para responderle algo a su interlocutor, se dirige a él por su nombre y mirándolo a los ojos. Trata, en su conversación, no dejar cabo suelto alguno, por eso le da vueltas y vueltas a los temas, tomando historias, dando ejemplos, haciendo una que otra comparación. Las charlas son extensas porque tiene mucho que contar y, además, porque vive con intensidad todo lo que hace y le rodea. Y ni se cansa.
No habla español, pero si le preguntan algo en este idioma, uno de sus asistentes interviene para decir "si le habla despacio, él entenderá". Domina, sin embargo, seis idiomas: italiano, francés, inglés, belga, griego y hasta la vieja lengua latina.
Siempre lo vi acompañado de su asistente, una especie de mano derecha que no lo desampara, que carga libros, folletos y hasta intenta explicar las cosas que lo rodean o proyecta. Y de Luca, su hijo, un agradable y sonriente muchacho, de melena larga, que se encarga de crear la música para cada obra de su padre.
Franco Dragone es un personaje universal. No menos que las majestuosas obras teatrales que el mundo conoce de él y que comenzaron cuando se vinculó, en 1982, a la sociedad del Cirque du Soleil tras emigrar de Bélgica, donde se crió y formó desde muy corta edad, a Canadá, base de la compañía creadora, entre otras piezas magistrales, de Alegría, Nouvelle Experience y Mystère.
Dos noches seguidas pude apreciar, en Las Vegas, una pequeña parte de la obra de Dragone, representada en dos piezas increíbles, fascinantes, llenas de luces, colorido, personajes, música: "O" -cuya puesta en escena por primera vez fue en 1998- y Le Rève -El Sueño-, que se ven, en funciones diarias en los teatros especialmente construidos en dos hoteles de Las Vegas: Wynn y Bellagio.
Ese Dragone, creador de su propia empresa productora de espectáculos, que se sienta a manteles a charlar con todos, que escucha y responde, que tiene la capacidad para imaginar un mundo desconocido para él, es quien se inspira para poner en escena una obra, igual de espectacular a todo lo que hace, en Medellín con motivo de los Juegos Suramericanos. Con él sucede algo singular: no conoce a Medellín, pero la siente. Y quiere ser arropado por su gente, su calor, sus montañas y flores, dice, mientras respira profundo, como si estuviera oliendo algo de esta ciudad.
¿Cómo puede alguien inspirarse en una ciudad si no la conoce?
"Yo soy como una esponja, una esponja que si tu la pones en un líquido, la esponja se toma el líquido. Hay una frase de Bruce Lee que me gusta muchísimo para explicar eso. Él dice, que si pones agua en un vaso, el agua se convierte en el vaso; si pones agua en una jarra de té, el agua se convierte en la jarra de té; si pones el agua en una botella, el agua se convierte en la botella. El agua puede fluir, el agua puede también estrellarse... ¡sé agua mi amigo! Yo voy a Medellín, me convierto en el agua, hago parte del agua. No tengo nada, no sé nada, soy un ignorante, soy estúpido, soy como una esponja. Yo sólo tomo lo que pueda ofrecer, con mi experiencia y con la gente de Medellín voy a tratar de hacer algo eficiente y que la gente pueda decir ¡ah, esto es nuestro orgullo!".
¿Qué busca para ser agua?
"No buscamos ni ganar mucho dinero, ni el éxito personal. Algo que sea correcto, que sea lo acertado en el lugar adecuado. O sea que durante estos dos meses voy a comer, beber, respirar, dormir en Medellín".
¿Qué ha hecho en este tiempo pensando en Medellín?
"Empecé a desocupar mi mente de mis experiencias pasadas y ahora me dedico a Medellín. Todos los días conozco algo más de esa ciudad, de su gente, sus cosas y trabajo sin descanso. He conocido a muchos colombianos en este tiempo y cada vez me siento más feliz porque estoy aprendiendo de la cultura colombiana. Vivo para Medellín estos días".
Al igual que en otros trabajos, lo movió la curiosidad para hacer algo bueno en Medellín?
"He viajado por todo el mundo, incluso por Suramérica, pero nunca por Colombia. Entonces me dije, qué bueno ir allá, y acepté porque siempre, en efecto, mis trabajos me mueven por la curiosidad, el deseo de conocer gente y hacer cosas nuevas. El riesgo que corro, como siempre sucede, es enamorarme de Medellín".
Es decir, ¿usted concibe una idea y la va transformando a medida que conoce el cuento?
"Algunos directores tienen una idea en mente y luego la llevan a cabo. Son como un arquitecto que, cuando quiere crear una casa y tiene una montaña, va a la montaña y construye una casa donde estaba la montaña. Yo soy del tipo de director que cuando veo una montaña y quiero hacer una casa, no corto la montaña, yo construyo la casa alrededor de la montaña. En realidad no tengo una idea. Primero observo lo que tengo sobre la mesa y en el caso del proyecto de Medellín no comenzó con decir ¡ah, tengo una idea!, primero miramos donde está la montaña, para tratar de ser iguales y responder a lo que me han dado. Realmente, empezamos de la intuición y de una pequeña idea".
El montaje será gigantesco, empezando por el estadio, pero, en el fondo, ¿qué elementos utilizará?
"No lo puedo revelar porque acabaría con la magia. Sólo puedo decir que en el show utilizo algunos símbolos icónicos muy allegados al tipo de espectáculo que yo monto. Entonces, habrá muchos elementos en los que los colombianos se reconocerán de una manera subliminal. Allí veremos una pareja que buscará el amor y superará varios obstáculos para encontrar la felicidad. Espero que la gente se conecte con la obra".